lunes, 12 de agosto de 2013

JIRAFAS

De chico tuve un solo sueño recurrente: yo adoptaba la perspectiva de un bebé y desde afuera de la cuna se asomaba un rostro inefable que me advertía: "¡Cuidado con la jirafa, la jirafa, LA JIRAFA!", de modo cada vez más veloz y con tono cada vez más enojado, despertándome finalmente cuando ni la velocidad de las palabras ni la furia podían ser mayores. Muchos años después un psiquiatra me preguntó con qué relacionaba esa pesadilla y lo primero que me vino a la cabeza fue un cuadrito que había en mi casa en mi primera niñez, en el que se representaba a una jirafa cuyo cuello salía por fuera de los límites del marco. Esa imagen llevaba una leyenda: "Larguísimos años de suerte y alegría". El psiquiatra me hizo advertir que, si lo expresado en la leyenda era un deseo, esto quería decir que los años no solían ser ni largos, ni plagados de suerte y alegría: sólo se desea lo que no se tiene. La jirafa de la que el rostro del sueño me precavía, era entonces ni más ni menos que mi simbolización personal de la muerte.




jueves, 9 de mayo de 2013

¡QUÉ MAL QUE LA ESTOY PASANDO!

Confirmado: Soy el Gastón Gaudio del doctorado en filosofía.


domingo, 7 de abril de 2013

PERDONAME, POCHO


Tengo una sensación de soledad. No de la soledad que viene acompañada con la calma, sino una soledad que convive con la inquietud, con los nervios. Estoy nervioso y a la vez me siento absolutamente solo. No sé bien por qué. Porque en realidad están todos: los nenes, que ya están mejor, aunque a cada rato les agarra de nuevo el llanto; Ivana, que pasa del escándalo desubicado en una situación tan triste (porque ella también se sentía mal y yo no lo abracé o algo así), a darme todo su apoyo y su amor.  Pero esta sensación me viene como de adentro: me siento solo por adentro; desde adentro. No importa lo que pase fuera de mí. Desde mí, desde mi ahuecado lugar de adentro, me siento como alejado del mundo, distante de lo que me rodea. No incorporado. 
Capaz que tengo que atribuirle este estado a la falta de sueño. Porque me terminé acostando a las tres, tres y pico. Y no pude seguir de largo a la mañana, porque los chicos tienen que ir al colegio igual; a pesar de la tristeza de que se les haya muerto Pocho. Cualquiera que me hubiera visto habría pensado que soy una especie de proteccionista, de esos locos que depositan las ganas de molestar manifestándose en contra de todo mal que se le haga a los animales. Ojo, que en un punto está bien. Pero exageran: porque una cosa es estar en contra de la crueldad gratuita, sin sentido, y otra muy distinta es ponerse a chillar porque la naturaleza es como es. Con ese criterio, no se puede ni siquiera comer carne, porque pobre el animalito. No importa, la cuestión es que había salido a darle de comer al pobre Pocho y lo encontré tirado en el suelo, inmóvil, en una posición rara, demasiado rara como para que se tratara de una simple pose decidida. No me sentí demasiado impactado igualmente, porque ya venía mal. Cada vez peor. Se había quebrado la cadera hacía meses, yo creo que una vez que saltó desesperado para anticiparse a Gulli con el alimento, justo en el mismo momento en que yo abría de golpe la reja que da al jardín y lo empujé en el aire haciéndolo caer mal, con un movimiento torpe. Sin querer, claro. La cosa es que venía deteriorándose, poniéndose cada vez más achacoso. Hasta estaba medio ciego, los ojos estaban en camino de convertírsele en dos bolitas lecheras. Aunque la verdad es que no sé si era  tan viejo. Tenía sus años ya con nosotros; eso seguro. Pero como lo agarramos de la calle no puedo decir exactamente si pasaba o no los doce años. Así que por ahí no era tan extraño verlo así tirado; un poco yo ya me la veía venir.
Lo más impresionante era la patita de adelante. Estaba hinchada y colocada en una posición antinatural. Para mí que se había quebrado al caer. Y puede ser, porque aunque no se lo escuchaba hacer ningún ruido más que el de su lenta respiración, se notaba que estaba muy dolorido. No le podía ver la cara - que había quedado apuntando para el interior de la cucha - más que de costado. Y ese perfil mostraba la misma sonrisa delfinesca de siempre, pero con una tensión antinatural en la mirada, en sus ojos translúcidos que miraban fijo hacia el fondo de su casita. La verdad es que no sabía cómo hacer para levantarlo, porque además de ser un perro enorme y pesado, no quería lastimarlo más. Y además porque estaba todo sucio, manchado con su propia mierda, que había salido negra y sanguinolenta. Así que entré a la casa, nervioso, y busqué y rebusqué entre las porquerías del garaje, sin saber qué cosa quería encontrar, yendo y viniendo mientras revisaba estúpidamente una caja o levantaba alguna cosa para dejarla otra vez al instante en el mismo lugar. Fue Ivana la que entró desde la cocina y me dijo que por qué no lo ponía el plástico ese que había usado Sebastián cuando vino a pintar las piezas y lo entraba. Le pedí unos guantes, igual. Lo alcé y lo puse encima de ese nylon gigante, de esa alfombra berreta que habíamos improvisado. Y lo entré arrastrándolo un poco. Y quedó en el garaje después de pasar su cuerpo cansado - como quien cruza una vía en auto - superando el escaloncito de la parte de abajo del marco de la puerta.
Ivana llamaba a un par de veterinarios mientras yo lo acariciaba con los guantes de goma puestos y le tiraba unos chorritos de agua a ver si abría la boca, que mantenía rígida como si estuviera epiléptico. Ya digo que la verdad es que no puedo decir que me sintiera particularmente conmovido, porque ya me la veía venir. Pero tampoco me causaba ninguna gracia toda esa situación, obviamente. Ese distanciamiento fue lo que permitió que la jugara de sabio, que actuara como un yo-sé-lo-que-hay-qué-hacer; que asumiera esa actitud de ahora-que-todos-se-quedaron-paralizados-yo-me-hago-cargo-de-todo tan propia de mi viejo y tan lejana a mi incapacidad para resolver cualquier problema. Les pedí a todos que se alejaran, que no miraran, que era un momento duro y que iba a ser yo el que lo enfrentara. Me quedé tranquilizando a Pocho tirado yo también en el suelo, sorprendido por la reacción de Gulli, su compañero, que desde el jardín rasgaba la puerta y lloraba como intuyendo que algo andaba mal.
Doscientos pesos después llegó un veterinario a casa. Era suave, le hablaba a Pocho como si se dirigiera a un nene, lo tocaba con gestos de resignación. Me informó que estaba mal, bastante mal. Que el cuadro no era prometedor. Le tomó la temperatura, que estaba muy baja para un perro. Me explicó qué era la bradicardia, qué la respiración basal. Y dijo una serie de palabras que fueron las mismas que le escuché decir al médico jovencito ese en la escalera del Hospital Francés, antes de que operaran a mi hijo del corazón cuando era un bebé. Otra vez la frase maldita: “Su condición es incompatible con la vida”. Pocho se iba a morir.
El veterinario se fue, porque era viernes y porque un perro no es un tipo. Pero me dejó un papelito con la dirección de una clínica para mascotas abierta toda la noche: “Es la única ahora”, me dijo. Tuve que subirlo a la camioneta y fui tan torpe para hacerlo que no quiero contar los detalles. Pero ahí quedó Pocho, en la parte trasera. Y ahí yo manejando, cruzando la ciudad entera mientras cruzábamos también al sábado. Y llegamos, lo bajé a upa como pude. “Cuidado con la cabeza”, me dijo la veterinaria cuando crucé la puerta, que tenía la cortina metálica hasta la mitad. Y lo puse en la camilla: casi no reaccionaba, respiraba profundo y lento, muy lento. La mina me preguntó sarlísticamente: “¿qué pretende Ud. de nosotros?”
-  Saber si se puede hacer algo.
- Pero mire que este perro está muy mal.
- Ya sé.
- Algunos vienen acá pensando que le pasamos un suerito y listo. Pero mire que el suerito no es la panacea, eh.
- Ya sé.
Ella se tomaba su tiempo. Ajustaba la máquina afeitadora como buscando que funcionara perfectamente. No sé para qué. Iba, preparaba una aguja, un medicamento. Lenta. Me enojé. Decidí ya no hablar. No contestarle a esos comentarios vacíos que me hacía. El perro estaba frío, cada vez más. Le tocaba las orejas y estaban tan heladas que se le quedaban erguidas, como un doberman. El bueno de Pocho un doberman. Igual ahí me di cuenta de que era cierto, en realidad era una especie de doberman, un doberman de la calle, aunque demasiado bueno, demasiado tranquilo. Cuando estábamos en casa, medio ciego como estaba, todavía me seguía con la mirada. Pero ahora no. Ya no. La vieja le peló la pata de un modo tan lento que faltaba que cantara como Heidi mientras lo hacía. Yo tenía la esperanza de que si le pasaba el suero rápido levantaría temperatura y la cosa cambiaría. Pero me equivoqué, porque finalmente las gotas empezaron a caer y la manguerita a llenarse y Pocho a recibir la panacea, pero nada. Me agaché y lo abracé, para acompañarlo, para solidarizarme con esa injusticia que estaba padeciendo. Lo acariciaba y le decía palabras de ánimo al oído. “No lo despeluche que me ensucia la camilla”, me dijo la vieja. “¿Y qué le dan de comer?” Le dije que balanceado, porque le dábamos balanceado. Pero no le pude decir la marca, porque en realidad le dábamos cualquier cosa, cualquier marca barata. Recién ahora, los últimos días le habíamos comprado una marca nueva, no excelente, pero mejor que lo que comía hasta ahora. Yo me di cuenta que ella quiso decir que la caída del pelo era una consecuencia de una falta de preocupación con el tema de la comida. Y desde ahí me empezó a atacar con preguntas muy amables.
- ¿Hace cuánto que tiene la verruga esa en el ojo?
- Y… hará un par de meses.   Le mentí.
La verruga llevaba obstruyéndole la vista hacía como dos años. Siempre lo estaba por llevar al veterinario, pero al final siempre lo postergaba por otra cosa. El dinero nunca nos sobraba en casa y por eso siempre decidía que no era el momento. Lo mismo con el tema de la cadera: yo sabía que Pocho estaba sufriendo con eso, lo sabía. Pero también sabía como te fajan los veterinarios y por eso preferí tirarle un ibupirac cada tanto que llevarlo a que lo revisen.
- Lo que no entiendo es por qué no le revisaron la cadera antes. No estamos en el 1900. Hay rayos X, hay más de cuatrocientos profesionales en la ciudad…
No contesté. No podía contestarle nada. Tenía razón. Tenía que haberlo llevado. La mina se dio cuenta de que Pocho no tenía que estar tan mal como estaba. Se dio cuenta de que su estado no respondía a la natural evolución de la vejez. Pocho no estaba tan viejo: estaba descuidado. Yo sabía que estaba sufriendo, pero creí que el dolor de perro era menos que las necesidades nuestras. Un perro no es un tipo. La solución de sus problemas siempre podía esperar. Pero ahora lo veía ahí tirado, con el suero, con las mangueras.  Invadido por la ciencia a través de una sonda infinita que la veterinaria le metía por el pito y sin siquiera fuerzas para quejarse. Pocho se moría; yo lo estaba descubriendo en ese momento, pero Pocho se moría hace meses. Y yo concentrado en mi trabajo, yo decidiendo sobre la prioridad de las cosas, muy convencido.
Se me empezó a arrugar la cara, lo empecé a abrazar más y más fuerte. Él nunca vio una película, por eso su vida se me empezó a proyectar a mí en la cabeza: me acordé cuando llegó a casa, de cuando lo retábamos por hacer pis adentro, de como corrió loco de contento esa vez que lo dejamos suelto en el parque municipal, que hasta parecía que iba riéndose a carcajadas. Me acordé cuando se escapó y como se puso de excitado cuando lo encontramos. Una atrás de otra, vi un collage de sus caras tiernas a través del tiempo. Me acordé de sus ladridos a la noche: él se preocupaba por nuestra seguridad. Él se hubiera jodido la vida por mí o por los chicos. A cambio se llevó un jardín frío y nuestra total indiferencia.
Pocho se quedó en un canil a pasar la noche, con el suero y casi sin reflejos. Puteé cuando me cobró la vieja mucho más de lo que me había dicho al principio: quinientos pesos. Por ahí lo hizo para que me pudiera sentir un poco mejor. Me fui a casa, eran más de las tres de la madrugada. Me tiré un ratito. Antes de llevar a los chicos al cole, sonó el teléfono. El paciente había fallecido. No le dijimos nada a los chicos hasta la tarde. Lloraron mucho. Por eso Ivana propuso que los dos se fueran a la cama grande con ella y yo me vine acá a la pieza del nene.
No estoy solo; la familia está ahí nomás. Pero me siento solo. Es una soledad que me viene de adentro. Por ahí así se sintió Pocho cuando se vio tirado en el jardín, despatarrado y moribundo con medio cuerpo adentro de la cucha. También él estaba manchado de su propia mierda. 





lunes, 4 de febrero de 2013

IT´S A WONDERFUL LIFE


Aplausos quiero dar a la humana criatura que, perdida en el laberinto de los efectos y de las causas, va haciendo lo que puede, sin saber bien para qué.

Por hacer el intento de la esperanza, cuando el final ya está cantado.
Por el ingenio, que permite reproducir la sorpresa en un Universo aburridísimo.
Por las que están buenas e igual estudian.
Por el que, contando con las dos cosas en el menú, termina eligiéndola porque estudió.
Por el que se lleva bien con la gorda y eso le basta para salir con ella aunque le dé un toque de vergüenza.
Por el dotado, que igual siente vergüenza en el vestuario.
Por el que no está dotado y dejó su carrera promisoria como futbolista para no pasar vergüenza en los vestuarios.
Por el que se piantó porque se había equivocado de destino, pero nunca dejó de sentirse culpable por su huída.
Por Schopenhauer, que soportó lo de las uvas.
Por la que nunca gozó con él, pero se la banca porque lo ama.
Por la que regaló sexo por piedad.
Por los jugadores brasileños, que gambetean pero también patean al arco.
Por los que nunca estuvieron enamorados, pero son capaces de vivir una vida que no quieren con tal de no lastimarla a ella.
Por los malos que creen que están haciendo el bien.
Por los que se pasaron la vida buscando “el” latiguillo.
Por los shows de televisión que mutiplican por millones las sonrisas.
Por el que se enferma de modo terminal y no le reprocha a los demás su alejamiento.
Por el que no cree que haya que reivindicar nada.
Por el que sabe que la justicia no le devuelve al muerto.
Por el que vuelve a contar cómo fue lo de la fea; una y otra vez, sólo porque sus amigos se lo piden.
Por los amigos que en vez de contarse proezas, se inclinan por exagerar sus miserias.
Por los perdedores que se cansan y deciden que es estúpido hacer siempre lo mismo.
Por el que compra pastillas de menta con la esperanza de que en cualquier momento conquista una mina.
Por las anécdotas del Bambino Veira.
Por aquel que usa peluca y está convencido de que no se nota.
Por el humor, que viró a Cha-Cha-Cha.
Por los que se hacen de Boca, para ganar siempre.
Por los que mueren de Racing, porque creen que hay mérito en la derrota.
Por los que van al Uritorco a esperar el fin del mundo y urden excusas cada vez más creativas al tener que volver sin novedades.
Por los que ante cualquier objeción responden, “¿dónde está escrito?”
Por los que hacen de su cuerpo un templo: sacro, puro y limpio.
Por los que hacen de su cuerpo una fiesta, porque creen en la Libertad.
Por los que saben que lo que importa es el camino y no la meta: porque sin ellos el mundo sería imposible.
Por los que apuntan al resultado: porque sin ellos el mundo sería imposible.
Por la televisión, que multiplica mis ojos en el mundo.
Por el capitalismo, que lleva a una abstracción sencilla una serie de relaciones complejísimas.
Por las doctrinas igualitarias, que intentan corregir los efectos colaterales del capitalismo.
Por las mujeres urgentes, turgentes, hinchadas, groseras, obscenas, prominentes, curvilíneas, sinuosas, explosivas, impactantes, ilimitadas, poderosas, intensas, calóricas, ardorosas, vehementes, exaltadas. Porque así debe ser una mujer.
Por los antidepresivos, sustitutos químicos de reacciones filosóficas.
Por internet, que llegó para nivelar injustos status.
Por el código binario, cifra de que todo es más elemental de lo que parece.
Por los e-books
Por la evolución de la moral sexual, que implica un regreso al origen.
Por los Pin Point Impression, que esconden alguna clave filosófica.
Por las charlas TED.
Por las tangas.
Por el tango.
Por el Porsche absolutamente cromado de Justin Bieber.
Por el peronismo.
Por los aeropuertos.
Por el instinto.
Por Superman.
Por las pruebas de la idealidad del tiempo y del espacio de Kant.
Por la pizza.
Por los ateos que rezan cuando están desesperados.
Por Almodóvar y Woody Allen.
Por la última escena de Toy Story 3, cuando los juguetes se toman de la mano.
Por el pequeño Shakespeare mexicano.
Por la vaca, que se hace asado para reunir amigos.
Por la que se casó con el lindo pero extraña al feo.
Por el que no canta el himno, porque desconfía de todo ritual colectivo.
Por Dale Carnegie, que acaso descifró el Universo.
Por los que mueren por una causa, porque ponen sus ojos en la perspectiva de la humanidad, que es la única
que cuenta. 
Por los que buscan desesperadamente salvar su propio pellejo, porque ponen su mirada en la perspectiva del individuo, que es la única que cuenta.


lunes, 26 de diciembre de 2011

UNUM

Me esforcé por ser único: esa era mi ambición. Y al llegar creyéndome victorioso, me di cuenta de que a mi alrededor estaba lleno de personas festejando también la supuesta exclusividad de su triunfo. Todos igual de únicos.

jueves, 14 de octubre de 2010

FORK

HABLANDO, HABLANDO... ME PASÉ. NO PUDE AGARRAR EL CAMINO QUE QUERÍA. AL PRINCIPIO NO ME PREOCUPÉ DEMASIADO, PERO DESPUÉS ME DESESPERÉ AL NOTAR QUE YO HABÍA DESAPARECIDO, QUE YO NO ERA MÁS YO. QUE EL QUE MANEJABA ERA OTRO.

jueves, 7 de octubre de 2010

RUIDOS INTERGENERACIONALES

Yendo a la escuela. 8:45 a.m. . Abuelo (83): Tienen que levantarse más temprano. Si no, no llegamos. . Padre (33): Es que a este le cuesta levantarse. . Hijo (7): (bosteza) . Padre (33): Mientras esté Tinelli nos vamos a seguir acostando a la 1 a.m.... . Abuelo (83): El nene no debería mirar Tinelli. . Padre (33): ¿Por? ¿qué tiene de malo? . Abuelo (83): Aparecen mujeres semi desnudas, haciendo movimientos demasiado sugerentes. Nada edificante. . Padre (33): (con sarcasmo) ¡No vaya a ser que le terminen gustando las minas y se haga heterosexual! . Hijo (7): ¿Qué querés que mire, abuelo? ¿A un pibe disfrazado de maní que canta el abecedario?

miércoles, 8 de septiembre de 2010

FIDELIDAD

SOY HOMBRE DE UNA SOLA MUJER: ME FASCINA SU BLONDA CABELLERA LACIA Y CORTA, Y LOS RIZOS NEGROS QUE CAEN SOBRE SU ESPALDA DE COBRE. ELLA ES BLANCA COMO EL MARMOL, CASI TAN NEGRA COMO EL PETRÓLEO. QUIERO MORIR ACARICIANDO SUS SUAVES MANITAS, PEQUEÑAS COMO SUS LARGOS Y FIRMES BRAZOS; Y CON SU PEQUEÑA TALLA, QUE LA HACE ÍNFIMA, MALEABLE. SI PARECE QUE UNO LA PUDIERA HACER CABER EN SUS PROPIAS MANOS COLOCADAS COMO UN CUENCO DEL QUE ASOMAN SUS LARGAS PIERNAS DE CERA. ESAS PIERNAS QUE LE DAN LA GRACIA NECESARIA PARA SU DANZA LEVE, VOLADORA, QUE ME SEDUJO DESDE EL PRIMER MOMENTO QUE LA VI. PORQUE ASÍ ES ELLA; NACIDA PARA PASEARSE SÓLO POR EL MUNDO DE LAS IDEAS, SIEMPRE QUIETA COMO SI NO PUDIERA MOVERSE.
LA AMO: SON DOS AÑOS LOS QUE HACE QUE LA HISTORIA DEL MUNDO SE JUSTIFICARA POR NUESTRO ENCUENTRO; 1231 DÍAS INOLVIDABLES. FUE MI PRIMERA MUJER, PERO EL HECHO DE QUE HUBIERA HABIDO OTRAS ANTES NO HACE MÁS QUE HACER SOBRESALIR SU BRILLO ANTE MIS OJOS.
AQUÍ ESTOY, SERÉ TUYO PARA SIEMPRE MI BELLA VERÓNICA. NADA NI NADIE PODRÁ SEPARAR NUESTRAS INICIALES: F Y G QUEDARÁN MARCADAS A FUEGO EN NUESTROS CUERPOS PARA NUNCA BORRARSE.

jueves, 10 de diciembre de 2009

RUSSELL, EL ATANATÓSOFO, ENFRENTA A HEIDEGGER

"HEIDEGGER SOSTIENE QUE LA MUERTE ES LA MÁS PERSONAL DE NUESTRAS . POSIBILIDADES, PERO NO QUEDAN CLAROS LOS MOTIVOS. PORQUE SI BIEN ES CIERTO . QUE NADIE PUEDE MORIR MI MUERTE, LO MISMO ES CIERTO QUE NADIE PUEDE REIR . MI RISA O LLORAR MIS LÁGRIMAS"

martes, 8 de diciembre de 2009

POR LAS NUBES

WORDLE es una aplicación on-line que permite la creación de hermosas nubes de palabras confeccionadas con el texto que uno provea. El criterio para la prominencia visual de las palabras tiene relación con su frecuencia de aparición en la selección utilizada. Aplicado a la labor de los literatos puede convertirse en una suerte de censo visual de sus obsesiones. Seguro a Uds. se les ocurren otras aplicaciones interesantes. Aquí un ejemplo realizado con mi texto ENTREVISTA A MÍ MISMO: Wordle: ENTREVISTA A MÍ MISMOQ

viernes, 2 de octubre de 2009

CUANDO SILVA CONOCIÓ A WALLY

Todas las parejas tienen una historia. Esta es la nuestra.

martes, 11 de agosto de 2009

PROMOCIÓN 1979

Cuando me descubro riéndome solo por algo que pasó hace un rato, me río de mi propia risa pero ya en voz alta, como para hacerme ver a mí mismo que me di cuenta de ese acto inconsciente. Como en el pasillo de la casa de Carlitos Espósito, dejando atrás el quilombo del comedor, sonriendo por el recuerdo de esa anécdota con la de química. Igual, sin tanta cerveza yo no sé si me hubiera reído tanto: las anécdotas del secundario causan gracia solamente en las reuniones de egresados como esta y después de tomar mucho. Y ni siquiera en las solitarias excursiones al baño uno deja de reírse.
.
Y ahí estaba yo, tanteando la perilla de la luz y con la otra mano ya en la bragueta, con la expresión boluda de un Budita alegre. El baño dice mucho de la gente de la casa. Este era prolijito y limpio, como Espósito. Como Espósito ahora, que es abogado. ¡El tipo más quilombero de la escuela, abogado! ¡Increíble! Pero también había algo sospechoso, no sé qué, algo raro. Por ahí ese potus, tan abrazado al toallero. O esos cobertores de sanitarios tan peludos, tan celestes. O esa ventana tan enorme para un baño y tan ahí en el medio. Me daba miedo por sí misma esa ventana: no podía estar ahí. Pero más miedo me dio cuando se asomó ese viejo. Él también se asustó, me parece. Y se acercó para verme con la misma curiosidad con que yo, de forma grosera y muy rara en mí, me le arrimé para mirarlo en detalle. Es que me causó una impresión repelente. No era viejo del todo, pero había perdido mucho pelo, y lo poco que le quedaba estaba grasoso y con unas pocas canas. Tenía unas arruguitas alrededor de los ojos que retenían toda la atención de la vista, no sé por qué, porque eran mínimas; pero era como que decían que el tipo estaba entrando en un tobogán hacia la muerte, que no tenía salida. Fue un segundo, pero pude ver todo eso. Hasta sus manos adultas que también se cerraron dos o tres veces mientras yo apretaba a la vez las mías como poniéndome en su lugar despreciable desde el gesto. Cuando volví del embrujo me eché hacia atrás aterrado y él reaccionó de la misma manera. Me apuré para abrir la puerta y salir de ahí volando; y entre mis maniobras torpes y rápidas como el latido de mi corazón, pude ver de refilón como también el viejo tanteaba la manija de la puerta con una expresión de susto calcada a la mía. Antes de salir, el asombro por ese momento tan raro me llevó a clavar mis ojos una vez más en su rostro derrotado, pero no pude aguantar la angustia que me daba verlo. Nos sacamos la mirada de encima violentamente y al mismo tiempo en una coreografía impensada. Lo vi escaparse como yo me escapé, pero no me importó entender por qué no apareció en el pasillo.
.
Volví lo más rápido que me dieron las piernas para el lado del ruido, haciendo fuerza para olvidarme la sensación de pensar que yo podría llegar a ser como ese hombre alguna vez, rezando para recuperar el ánimo y seguir contando anécdotas y divirtiéndome con mi ex compañeros. Porque al fin y al cabo no todos los días se festejan treinta años de egresados. .

sábado, 1 de agosto de 2009

ENTREVISTA A MÍ MISMO

(cortina del programa se va en fade out – Locutor con tono entusiasta)

Bienvenidos a… ¡“¿A quién le ganasteS” ! Con su anfitrión… ¡Walter Doti!

(aplausos del público)

(Intro Jazz – banda en vivo)

WD: ¡Sí, sí, sí, amigos! Nos encontramos una vez más en “¿A quién le ganasteS”, el único programa en que se puede descubrir el alma de los que se creen mucho, pero son…

(el público a coro)

PÚBLICO: ¡NAAADAAAA!

WD: ¡Eso es!… ¡NAADAA! Y hoy tenemos la presencia de uno que verdaderamente no le ganó a nadie. Se trata nada más ni nada menos que de… ¡WALTER DOTI!

(aplauso tibio – el invitado entra por la izquierda de la pantalla y se acomoda en el silloncito rojo de las visitas, al lado del escritorio del conductor)

WD: Bueno Walter, menos mal que existe este programa porque si no nunca te iba a entrevistar nadie.

WD2: (Sonríe) Es verdad. Hace unos años, siempre que caminaba iba pergeñando respuestas ingeniosas para salir airoso y dejar una buena impresión si alguna vez me llagaban a hacer alguna entrevista. ¡Pero…!

¡Igual no me quejo, eh! Me parece absolutamente justo.

WD: ¿Justo?

WD2: Sí, absolutamente. Yo tengo el don de opinar sobre las cosas siendo muy objetivo. Yo veo a la gente protestar por algo sólo cuando les afecta a ellos y apoyar ideas únicamente si de algún modo los benefician. En cambio a mí me pasa distinto. Cuando estoy de acuerdo con algo no me interesa si salgo bien parado con esa idea: la apoyo y ya. Por eso no suelo estar de acuerdo con la queja y la protesta, porque me parece que hay en esa actitud mucho de tendenciosidad. Por eso creo que es justo que nunca nadie se haya interesado en preguntarme qué pienso. Yo me creo interesante, pero ¿soy interesante? No lo creo.

WD: Bueno, decir eso y venir a este programa es un poco un ejercicio de soberbia.

WD2: Sí, por supuesto. Es que coexisten en mí estas dos cosas: mi perspectiva egoísta y mi mirada fría y objetiva sobre las cosas, sobre todas las cosas, incluido yo mismo. Pero me parece que la clave está en algo que una vez me dijo un empleado al que eché de mi negocio: “¿Y por qué te admiraría la gente?” Terrible, ¿no?. Pero yo creo que cierto. ¿Por qué me admiraría la gente?... Siempre quise ser reconocido, pero nunca encontré una virtud a exhibir. O más bien nunca hice un esfuerzo sistemático para aprender nada acabadamente.

WD: ¿Por pereza?

WD2: Por pereza, sí. Un poco. Pero un poco también porque mis intereses funcionan en zoom out. Desde lejos, cubriendo todo de una sola mirada. O sea, me interesan las cosas pero en su aspecto general, no en sus pormenores. A ver: supongamos que considero fascinante una postura filosófica; el idealismo, por decir algo. Yo me entero de qué se trata y me deslumbro. No me pasa como a otros que se encuentran con que el autor dijo algo que toda la vida supieron. Para mí cada idea es un descubrimiento: tengo capacidad de asombro y curiosidad, capacidad para identificar cuando algo es realmente interesante, pero a mí no se me han ocurrido hasta ahora ideas demasiado deslumbrantes. Es como que puedo jugar bien el juego que sé jugar y encontrar en él las fallas y las virtudes, pero no se me ocurren juegos nuevos.

Pero me fui. ¿Qué te estaba diciendo?...

(Hay una pausa larga. El conductor mira a Walter y sonríe invitándolo a seguir con un gesto de sus manos. El entrevistado se rasca su cabeza gacha y retoma la palabra sonriendo por su laguna)

Ah, no. Bueno, te decía. Suponete que me veo sorprendido por el idealismo. Me cuesta horrores entenderlo porque me saca del juego que conozco con precisión: la idea de que el mundo exterior existe de modo obvio. A mí nunca se me hubiera ocurrido pensar otra cosa. Leo y releo, me peleo con el que me presenta la idea y termino siendo el primer promotor de la nueva forma de mirar las cosas. Y me interesa su estructura general. Después, si hay una contradicción en tal cosa que dijera Berkeley, o si tal o cuál término de Hegel debiera ser interpretado así y no asá, eso ya no me importa en lo más mínimo. Y creo que es un poco eso lo que me impide ser un especialista, saber de algo en particular y convertirme en un referente de alguien.

WD: ¿Esto de concentrarse en una cuestión terminológica o conceptual de un cierto autor es lo que marcás siempre como una actividad de infelices?

WD2: Yo digo que la filosofía es para infelices. O sea, para tipos que no pueden ser felices y también infelices en el sentido de inútiles, de pusilánimes. Como cuando uno dice, “¡qué va a poder, este infeliz!” Yo me descubrí tardíamente siendo esa clase de infeliz por partida doble. Y deploro esa parte de mí, quiero alejarme de esa imagen que ahora me parece ridícula, patética. Triste, sobre todas las cosas.

WD: Pero, ¿no hay algo un poco contradictorio en esto de querer abandonar el papel del filósofo y por otro lado querer brillar, ser conocido y reconocido por tus creaciones, por tu forma de ver el mundo?

WD2: Durante un tiempo muy largo creí que sí. Que había una gran contradicción. Pero esto me pasaba porque realmente no concebía que pudiera hacerse mucho más con la filosofía que justificar complicadamente conjeturas la mayoría de las veces muy simples, en un ejercicio académico deprimente y hasta decadente, te diría. Entonces pensaba que aquello en lo que tenía más capacidad, que aquello en lo que podía generar un deslumbramiento, era a la vez algo en lo que no creía para nada. Algo que despreciaba profundamente.

WD: ¿Y es ahí donde entra Rozitchner?

WD2: Me leés la mente. Eso iba a decir. Un poco de carambola lo descubrí al tipo. Digo un poco porque la verdad sabía de su existencia desde hacía mucho; desde que estaba con Pergolini. Mucha gente no se lo banca porque estuvo con Grondona y lo califican automáticamente de facho. Y a mí la verdad que ciertas opiniones que tiene también me parecían un poco intragables. Pero fui a escucharlo porque siempre me pareció un tipo muy creativo, una persona muy ocurrente y vi una identificación con él por ese lado. Y también vi que muchas veces la antipatía que causaba tenía que ver con el hecho de que siempre se metió con temas que estaban como sacralizados en el lugar común de la corrección política. Y que un poco de razón tenía. El tipo es un padre de familia ejemplar, que siempre exhibe una fascinación por sus hijos que otras personas supuestamente buenas no tienen de ningún modo. Y alguien que puede sentarse con Grondona pero a la vez decir que Videla hubiera merecido la pena de muerte. Me gusta esa posibilidad que tiene de pensar los temas en el plano de los conceptos, sin necesidad de que lo que dice tenga un correlato con la realidad. Eso para mí es el ejercicio de pensar. Si la palabra que decís me deja lugar para hacer una rima chusca que te involucra, la hago jugando con las palabras, sin necesidad de que lo que digo se tenga que corresponder con lo que pienso de vos. Son como dos planos separados, ¿se entiende?

WD: ¿Y entonces qué es lo que te aportó Rozitchner?

WD2: Una respuesta a una pregunta que me había hecho durante mucho tiempo sin encontrar respuesta. ¿cómo es posible dedicarse a una actividad que uno deplora? Bueno, como Rozitchner: reconvirtiéndola, sacando a relucir lo que nos hizo acercar a ella primeramente. Buscándole el punto en que nos entusiasma. Yo creo que el tipo realmente es un maestro en eso.

Mi búsqueda ahora, mi posibilidad hasta ahora siempre frustrada de brillar, va a venir de la mano de una reconversión de este tipo.

WD: Se te nota entusiasta, Walter.

WD2: Yo nunca mencionaría el nombre de mi interlocutor

(Se ríen los dos. Continúa el entrevistado)

WD2: Tengo momentos. Momentos en que creo decididamente en mí y empiezo cincuenta mil cosas; y momentos en los que se me da por pensar en que todo es inútil y me detengo por unos días. Soy muy irregular, muy inconstante.

WD: Bueno, ahora vamos a ir a una pausa y después me vas a contar por qué mencionás tan frecuentemente la palabra frustración.

¡Señor director: VAMOS A UNA PAUSA! Y no se muevan de ahí que hay más… ¡“¿A quién le ganasteS” !

(Una cámara aérea deja ver el estudio completo, los cameramen, el público y a los asistentes. El director activa la cámara uno en plano abierto. El animador se muestra feliz y bromeando con todo el mundo. El entrevistado, en cambio, apenas esboza una sonrisita jactanciosa)

WD: Aquí hemos vuelto señores y vamos a preguntarle a Walter sobre la palabra frustración.

WD2: Mirá, como te decía en el corte y como suelo decir siempre, la frustración es como un perro que te muerde las canillas constantemente. Por ahí podés avanzar unas cuadras olvidándotelo, pero el tipo vuelve siempre e insiste y te vuelve a morder mil veces. Cuando aparece ese perro es que paro y dejo de hacer lo que venía haciendo. Pero eso a la vez crea más frustración, hace que aparezca otro perro. Y cuando te querés acordar tenés una jauría atrás tuyo.

WD: Atrás de vos (Lo corrige)

WD2: Tenés razón. Atrás de vos. Yo siempre fui una gran promesa mientras duró la etapa de mi preparación, pero cuando llegó la hora de los bifes no pude mantener tanta expectativa. Una expectativa que los otros tenían sobre mí, pero que también yo tenía. Por eso siempre digo que si pudiera decirse que mi vida entera, estos treinta y pico de años que viví hasta ahora, pesa cien kilos, yo los repartiría así: cincuenta kilos corresponden a mi niñez, hasta los doce años. Treinta kilos pesa el tiempo desde que empecé la secundaria hasta que terminé de cursar filosofía, más o menos a los veintiséis. Y de ahí para adelante hasta ahora se reparten los veinte kilos restantes.

WD: Es muy curioso. Sentís livianos, intrascendentes casi, los años en que fuiste padre, en los que más o menos encontraste el equilibrio económico a través de un trabajo soñado en una librería, en los que desaparecieron los problemas en tus relaciones sentimentales.

WD2: Sí, es cierto. Pero no por eso. Si esa época pesa veinte kilos en mi historia, si pesa veinte y no cinco, es por todo eso que mencionás. El problema está a nivel de mi desarrollo personal. La gente que revolucionó el mundo lo hizo entre los veinte y los treinta y cinco. Y yo estoy llegando a ese límite sin haber logrado nada. Empiezo a tener la sensación de que perdí un tiempo irrecuperable. Que nadie me avisó y que yo tampoco me di cuenta de que el tiempo desde los veinticinco pasa mucho más rápido. Que la juventud se acaba enseguida y que parado desde este lugar se ve muy poco tiempo hacia delante. Cuarenta años más, en promedio y si tenés suerte. Es poco. Y sobre todas las cosas es un tiempo en que uno debería empezar a gozar de lo que logró antes. No un tiempo de seguir preparándose.

WD: ¿Qué hubieras querido?

WD2: No sé bien qué. Eso es un problema. Es difícil saber qué era lo que uno quería, la imagen que tenía de sí mismo. Pero yo tengo un recuerdo que me ayuda para eso. Recuerdo siempre el día 8 de agosto de 1988. El ocho del ocho del ochenta y ocho. La maestra de sexto grado anotó la fecha en el pizarrón y reflexionó sobre la alineación de fechas. Y nos dijo que eso no volvería a suceder hasta el día 9 de septiembre de 1999. Y cuando dijo eso yo pensé en el años dos mil. El dos mil era el futuro por excelencia. Y recuerdo cómo me imaginé mi futuro ese día. Pensé que tendría veinticuatro años, que sería alto y fuerte. Y abogado, probablemente. En esa época creía que iba a ser abogado. Me imaginé un adulto. Un hombre con todas las letras. Y hoy me siento más un adolescente tardío que un real adulto. Cuando me dejo la barba no siento que se trate de algo natural. Me siento como disfrazado; como un nene ridículamente disfrazado. Como si tuviera el bigote dibujado con un corcho quemado. No me realicé.

WD: ¿Y qué sería estar realizado?

WD2: Una vez me dijo un amigo que cuando uno corre el velo de la realidad y descubre su lado terrible, ya no hay vuelta atrás. Lo que ves queda grabado para siempre en tu memoria y ya no podés no ser pesimista. Yo creo que es cierto. Pero también creo que lo contrario es verdad.

Yo tuve la suerte de espiar un poquito el otro lado de la vida, el lado paradisíaco. Pude caminar varias veces entre la gente que da cuerda al mundo. Y cuando ves eso, tampoco hay vuelta atrás. Viajar te da esa lección, por ejemplo. Cuando estás en un aeropuerto te das cuenta de que mientras vos pasaste años en un fino laburo de acostumbramiento a tu vida pequeña de barrio también pequeño; mientras pasaste tiempo aprendiendo a valorar las pequeñas cosas, como te enseñó desde siempre la propaganda de las criollitas, otros aprovecharon ese mismo tiempo para salir a conquistar el mundo.

A mí me resulta increíble ver cómo mientras uno vive sus pequeñas rutinas pensando que de eso se trata la vida, otros están literalmente dándole cuerda al mundo, yendo de acá para allá, organizando cosas, firmando contratos, creando lazos inimaginables, vinculándose con gente importante; viviendo la vida como dándose cuenta a cada momento que no hay más que una oportunidad. Eso me sorprende de los viajes y por eso me gusta viajar. Por eso, y no por la torre Eiffel… aunque también está buenísima.

WD: Pero escuchándote seguro muchos estarán pensando que lo que decís es frívolo, materialista. Que surge de un aburguesamiento…

WD2: El tema es quién lo piensa. En una parte de la Opereta Criolla de Dolina el personaje aparece en una parte de un barrio donde “el río del tiempo es torrentoso”, donde el tiempo pasa velozmente. Los personajes que hablan con un vecino del lugar; lo ven pasar de la niñez a la vejez en el transcurso de una charla. Y este vecino, viejo y sabio al final, les aconseja: “La vida es breve amigos. Disfrútenla. Yo la malgasté hablando con estúpidos”. Y un poco ahí está la clave: ¿quiénes son los que hablan de superficialidad? Yo me pasé la vida escuchando a los que se acostumbraron a vivir en el barrio, a los que se aprendieron la filosofía “criollitas” de memoria, a los que hablan desde su triste mediocridad apenas eficiente.

Ahora aprendí a quién hay que escuchar. Tal vez haya sido siempre demasiado influenciable y me equivoqué en ser demasiado respetuoso de todos. Incluso de los menos capaces. Como si un ingeniero siguiera las indicaciones de un tipo cualquiera que pasa por ahí para hacer un puente colgante. Le di bolilla a los que me hablaban de que la ambición era mala, a los que me hicieron creer que el lujo es vulgaridad, como dicen los redondos; que alzar la voz y decir lo propio es soberbia. Pero el mundo más o menos cómodo en que viven los que piensan eso fue construido por los otros. ES construido por los frívolos, por los materialistas. Creo que aprendí eso, básicamente. A no desatender el aspecto material de las cosas, a dejar de tener una mirada “buenista” y prejuiciosamente espiritual. Me parece que escuché demasiado. Me tendría que haber escuchado más a mí. Tendría que haber creído más en mí.

WD: ¿Estarás madurando?

WD2: Estaré. Dentro de veinte años. (sonríe). Creo que madurar a veces es volver atrás. Es sacarse de encima un montón de obstáculos acumulados, sacar del garage un montón de porquerías que nunca vamos a entender para qué compramos. Hacer una limpieza general y volver a escucharse uno mismo. Recuperar la espontaneidad.

WD: Espontáneamente te avisó que nos están por sacar del aire. Te agradecemos Walter. No le ganaste a nadie, pero puede que de ahora en más alguno se deje ganar…

WD2: Por fuerza propia o por condescendencia ajena. (se ríe)

WD: ¡Y nosotros nos despedimos señores… hasta la próxima semana! Cuando Federico Liste los reciba y se pregunte a sí mismo con ustedes… Y vos, ¡“¿A quién le ganasteS” ! ¡Chau! ¡Hasta la próxima!

martes, 7 de julio de 2009

LA FÓRMULA 1

Disfruta como si fueras a morir mañana. Planifica como si fueras a vivir eternamente.