lunes, 29 de diciembre de 2008

UNA VEZ RETIRADO DE VENTANILLA NO SE ACEPTAN MÁS RECLAMOS.

Voy a dejar de lado el hecho de que yo, personalmente, jamás me sometería a una práctica que sé de antemano dolorosa. Y no voy a considerar tampoco el desagrado estético que, por lo general, me provoca el resultado de esta extraña costumbre. Estas son cosas personales, en todo caso. Mi rechazo de los tatuajes anclará en un aspecto vinculado a la incapacidad de crecimiento personal.
Quien imprime en su piel una marca simbólica cualquiera, no hace más que ritualizar su dogmatismo. Tatuarse es afirmar de modo artístico una certeza. Y en un mundo que es devenir constante e interminable, creerse poseedor de verdades indubitables – ya sean estéticas, devocionales, éticas, o lo que fuere – parece demasiado imprudente. Una aguja penetrará mi dermis para que un sello visual declare para siempre que yo creo tal o cual cosa, que gusto de esta o aquella cuestión, que adhiero a un pensamiento u otro. Y la consciencia de este rasgo de perennidad no será más que el reflejo de la incapacidad de aceptar los cambios y las modificaciones que son las condiciones de la evolución y el crecimiento.
Cuando actúo regido por principios fijos, cuando supongo que mis preferencias serán eternas, no hago más que poner palos en la rueda de la ampliación de mis terrenos espirituales. Quien, por el contrario, acepta la mutabilidad como el rasgo necesario del mundo, se adapta a gobernarse por ideas, preceptos dúctiles y maleables que pueden ser reemplazados por otros nuevos tantas veces como sea necesario. Y de tal modo no podrá aceptar huellas que lo acompañen mientras viva: sabe que no hay nada tan duradero.
Tatuarse involucra un aspecto religioso, ortodoxo, sumiso del carácter. La verdadera heterodoxia, la rebeldía radical, la no sumisión a estandarte alguno, está en no hacerlo nunca.

domingo, 28 de diciembre de 2008

LA SEMANA INEXISTENTE

Los días que separan a la Navidad de la Noche Vieja no existen.
Son un agujero negro en la memoria de los años. Nadie puede
decir qué hizo durante esa semana en el pasado.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

DEL ARTE DE REGALAR

Tomar la decisión de hacer un regalo es siempre un ejercicio anárquico para el que no parecen existir reglas claras. Podría pensarse entonces que el espacio de libertad en que se mueve esta actividad da lugar a posibilidades todas positivas, como ser la de poder poner en juego la creatividad y el entusiasmo.
Sin embargo, las más de las veces, ir en procura de un presente se convierte en una faena pesada e insoluble que nos obliga a pasearnos de aquí para allá, para terminar adquiriendo algún objeto sin un convencimiento pleno acerca de nuestra decisión. El único esbozo de un criterio para hacer regalos es negativo: está muy mal visto el hecho de obsequiar cosas teniendo en cuenta el gusto del dador. Pero esto nos limita en nuestro hacer, sin otorgarnos una guía real.
Propondré entonces una norma activa para el arte de regalar: la idea tendrá que ver con hacer entrega de aquellos objetos o servicios que típicamente pudieran complacer a los arquetipos ideales que – según nuestro ojo atento – el homenajeado tiene como desideratas en la formación de su persona. Así, por ejemplo, habrá quienes desean ser (aunque este rasgo no tenga nada que ver con su personalidad real actual), digamos, intelectuales. Frente a este tipo de personas tendrá uno que elucubrar qué tipos de objetos estereotipan a quienes dedican sus esfuerzos a las labores del pensamiento: cierto tipo de anteojos, cierta clase de objetos anticuarios, etc. En cambio, si quien será obsequiado es alguien que se queja de su vida abúlica y triste, será posible inferir que tal individuo querrá como deseable una vida hedonista y gozosa y así convendrá buscarle presentes que denoten este aspecto dionisiaco: buenos vinos, alimentos gourmet y otras cosas por el estilo.
Se cumple con lo dicho la prerrogativa de escuchar a los demás, siempre. Escuchar sus deseos y sus frustraciones, prestar la oreja generosamente. De tal modo, al llegar el momento de regalar, el presente ya estará elegido de antemano y su resolución no implicará esfuerzos. Y todos evitaremos recibir más medias y calzoncillos.

domingo, 7 de diciembre de 2008

NO PUDIERON ENCONTRAR A NADIE

- Murió Rey.
-¿¡Cuándo!?
- Recién.
- Me dejás helada.
Enterada de la muerte del perro de su padre, ella se acercó a su antigua casa familiar donde ahora vivía su hermana, con su marido y con su hijo. El patriarca llevaba ya cinco años fallecido y la desaparición de Rey, que había sido entrenado y cuidado por él, fue sentida como la pérdida del último vínculo con un objeto sobre el que aquél tuviera influencia directa.
Llegó y su hermana le abrió la puerta. En el living, sin mediar saludo, le contó cómo había sido todo:
- Empezó a tener como convulsiones. Llamé al veterinario pero al rato lo volví a llamar para suspender: se tiró ahí en la camita y al ratito se quedó duro.
Con las manos en los bolsillos traseros del jean, sin nada para decir, su mirada vacía se escapó hacia el marco de la puerta que llevaba hacia las habitaciones. Apoyada allí, como ajena a la situación, la figura nítida e inesperada de un hombre que empezó a caminar hacia adentro la dejó atónita.
- ¿Viste lo que yo vi? – Dijo a su hermana.

- ¡Sí, era papá!
Corrieron detrás del milagro. Pero los milagros no existen: no pudieron encontrar a nadie. .
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La mujer que me contó la historia que relato (y de que es protagonista) es atea y descreída respecto a cuestiones sobrenaturales. Y, por sobre todas las cosas, es alguien que merece mi absoluta confianza No puedo mencionar haber vivido una experiencia similar, por lo que me costaría creer en ella si no me hubiese llegado de boca de quien me llegara. Pero así las cosas, no dudo que esto ha ocurrido. ¿Han tenido ocasión alguna vez de vivenciar algo similar?, ¿conocen alguna explicación para este tipo de fenómenos?

domingo, 30 de noviembre de 2008

LA BATALLA DE LAS BARRANCAS MARMÓREAS

-¡Molgork!, ¿qué es eso? ¡Molgork! ¡Ahí en lo alto! Levanta la cabeza, Molgork. Deja tu maldita carga y mira a lo alto.
Una sombra negra y densa comenzó a avanzar sobre el grupo, quitando la luz que guiaba la faena. El frío y la oscuridad lo cubrieron todo y la larga fila se convirtió en un tumulto desordenado. Gritaban desesperadamente y arrojaban los bultos que cargaban sobre las espaldas corriendo sin dirección fija. Uno de los gigantes Mountháhn se acercaba para mirar a todo el grupo y de su enorme nariz se desprendía un viento huracanado y pestilente que hacía volar a todos por los aires. Enormes gotas de transparente mucosidad envolvían los cuerpos de algunos, paralizándolos, no dejándoles hacer más movimientos que los necesarios para morir. Y a veces su potente voz hacía estallar literalmente la cabeza de otros.
Rápidamente Kuringhamm domeñó el pánico y gritando enfervorizado ordenó las filas. No era la primera vez que tenía que comandar el enfrentamiento con los gigantes. Inmediatamente su mente se llenó de las imágenes de aquella antigua batalla en la que vió morir a su padre, Balzharighamm, junto con miles de los suyos, en esa embestida asesina. Recordó los cuerpos destrozados, los miembros desperdigados por toda la aldea: brazos y piernas flotando por los ríos. Se llenó de odio y de coraje y se decidió a no permitir que esos jóvenes pacíficos y trabajadores vivieran lo que él había vivido.
Ordenó a Molgork que reuniera a los más débiles y organizara con ellos la atención de los heridos: debían trasladar a sus camaradas para esconderlos en las cuevas. Y mientras tanto, él mismo haría todo para lograr la defensa de la comunidad.
Kuringhamm trepó por la sagrada superficie blanca de la región del frío para poder planear una estrategia observando todo el campo de batalla desde la altura. Al nivel de los ojos brillantes del coloso Mountháhn, pero a una prudente distancia, cayó en la cuenta de que la única desventaja de esa bestia asesina era la lentitud de sus movimientos. Y conociendo la saña que esa raza demoníaca tuvo históricamente con su pueblo, no le quedó duda alguna de que había que atacar primero; que dar el golpe antes, sería darlo dos veces. Gritó desesperadamente a Molgork para que delegara la protección de los más débiles y crease el flanco que atacaría la pierna derecha del Mountháhn; y, a pesar de verlo aterrado, consideró que nadie sería tan bueno como Galdagom para armar el batallón que embestiría el enorme pié izquierdo. Y desde lo alto se lo ordenó.
-¡Tomen piedras y palos! Busquen todo lo que pueda servir de proyectil… ¡vamos, vamos! ¡Destruiremos a ese monstruo! – Se desesperaba Galdagom, intentando ocultar su temor.
Poseídos por un instinto de supervivencia que siempre estuvo canalizado hacia el trabajo comunitario, todos los individuos se mostraban enérgicos y entusiastas. Sabían que en la figura demencial de la bestia podría estar el fin de la aldea y ese pensamiento era el combustible para avanzar sin dilaciones. Kuringhamm se sintió orgulloso. Vio los rostros de los suyos llenos de una ira que demostraba el honor de pertenecer cada cual al clan de sus antepasados. Vio a los comandados por Molgork con las quijadas apretadas, pletóricos de fuerzas, ordenándose para partir hacia esa columna de carne pestilente que servía de sostén al enemigo. En sus caras encontró la venganza por las guerras de otros tiempos, vio a la dignidad tomar con fuerza las rudimentarias armas que el árido y frío suelo había regalado.
Antes de dar la voz de ataque temió y dudó: no había espacio para fallar en la estrategia de asalto. Quizás sería mejor provocar una retirada general. Pero sabía que hacer aquello era postergar lo inevitable; y era sucumbir a una cobardía que no era digna de su estirpe. Sin embargo, de repente apareció el enorme felino blanco, y Kuringhamm entendió que esta era una señal positiva de los dioses. Entonces bajó rápidamente de la sagrada superficie blanca de la región del frío y llegó hasta el animal, colgándose de uno de sus pelos y, logrando subirse a su lomo. Lo mordió con todas las fuerzas de que fue capaz para provocar que la bestia saltara hasta la plana superficie superior de las barrancas marmóreas y poder desde allí gritar – como gritó – la frase que iniciaría la guerra, como lo había hecho desde hacía centurias:
- ¡Un Leviatán invencible, con el coraje y con la alianza!
Hordas de miles comenzaron a avanzar gritando a viva voz, quemándose la garganta con gruñidos marciales, blandiendo los troncos, las ramas y las piedras. Los jefes de los batallones con igual entrega, avanzando con tanta decisión como el resto del grupo, con el honor en la mirada y caminando con la fuerza de la euforia. Molgork y su batallón hacia la pierna derecha y Galdagom, hacia la izquierda.
Después de una corrida desesperada, los guerreros se apretaban contra el grueso cuero de las botas del Mountháhn y se subían unos a otros para trepar desde allí al coloso. La embestida era violenta y los gritos de guerra se confundían con los de aquellos que se ahogaban en la batahola o eran pisoteados por sus propios congéneres. Los fluidos corporales abundaban y muchos morían sin que ninguno hubiera podido aún despegar del suelo.
Cuando Kuringhamm advirtió que los dos batallones habían ascendido por las piernas del gigante trepando a través de las gruesas costuras de su calzado, sonrió porque sintió que su determinación había sido acertada. Y aún cuando veía a decenas caer durante la ascensión, nada le quitaba la sensación dulce que vivía, en mezcla de altivez, satisfacción de su venganza y regocijo por el triunfo. Sin embargo, su rictus duró lo que dura una burbuja de jabón. Al sentir a esos diminutos seres sobre su piel, el Mountháhn, reflejamente, golpeó con un par de movimientos pesados y torpes de su mano derecha, sus propias piernas, aplastando a la mitad del ejército. El cuerpo de Galdagom fue triturado instantáneamente y, un segundo después, antes de que Kuringhamm pudiera comenzar a lamentarse por esa muerte injusta y violenta, cruzó la vista con la mirada aterrada de Molgork, que caía al vacío estrepitosa e inevitablemente.
Los pocos que se pudieron aferrar a las piernas estaban demasiado malheridos como para seguir peleando: la estrategia de Kuringhamm se pulverizó en segundos. Miles corrían sin rumbo, en círculos, sorteando cadáveres y chocándose los unos a los otros. Intentando escapar, pero aturdidos por la masacre. Torsos, miembros superiores e inferiores sueltos. Cabezas con rostros desfigurados, gritos, llantos, olor a muerte.
El improvisado comandante, desde la distancia de las barrancas marmóreas, no podía reaccionar: el recuerdo de aquél holocausto pasado en que muriera su padre se solapaba con las imágenes que ahora veía. Por eso descendió con esfuerzo hasta el campo de batalla y caminando con decisión y aplomo por entre el caos, elevó su cabeza con mirada inquisidora para darle a entender al monstruo que estaba dispuesto a dirimir la contienda de modo personal.
Temblando de temor, pero no por eso menos decidido, Kuringhamm bajó la mirada al suelo. E inmediatamente observó que la sombra que estaba a su alrededor crecía con lentitud. No tuvo que volver a mirar hacia arriba para darse cuenta de que el Mountháhn estaba elevando su pié, ni para inferir que la reducción súbita de la sombra que vino justo después marcaría su fin: el gigante repitió mil veces sus pisotones en una danza frenética y macabra. Los órganos internos de los que, todavía llorando, daban vueltas por la zona, volaban a cientos de pies del resto del cuerpo. Las voluminosas superficies corporales de los esforzados aldeanos se amontonaban a ras del suelo. El mundo era un grito de dolor.
Con su último aliento, intacta su cabeza para sentir el sufrimiento de un cuerpo aplanado y comprimido, Kuringhamm miró al gigantesco ser que le estaba dando muerte, y de sus grotescos labios escuchó una frase que moriría sin comprender y que tal vez – fue su último pensamiento – le hubiera permitido dar una razón a la incomprensible guerra, al dolor, a ese holocausto sinsentido:
“¡Tge, Bqwsaioypx, rewaolmo, iul boptnesa lo bierpyn tresa was jurtiden ca sa olun, h vasc yui das pote buñesa ju bagt re sa olitee!,… ¡boptnesa lo bierpyn!” * .
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*NdelT: “¡Che, Marquitos, barreme las hormigas de mierda éstas que quedaron en el piso, y hacé que ese gato mugriento se baje de la mesada!,… ¡hormigas de mierda!

miércoles, 19 de noviembre de 2008

7 MARES

En la habitación del fondo, en el placard, dentro de una prolija funda naranja que antes fuera mantel. Allí guardaba mi abuela la Noblex 7 Mares. Botonera, seis bandas, oronda antena telescópica y tapa protectora con elegante mapa de usos horarios. “¡No toque, eh!” Tarde de torta negra, té y pedidos de silencio: “¡Shhh!” El cuerpo reclinado sobre la mesa y la oreja pegada al parlante para encontrar entre interferencias y ruidos molestos el eco de una voz que la transportara de nuevo a su tierra, lejana en el espacio y en el tiempo. El indicador largo recorriendo el dial de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, timoneado con habilidad, con la puntita de la lengua afuera para lograr precisión. Dos centímetros de trayecto podían llevarte de viaje por seis países europeos y dos distantes territorios asiáticos. El asunto requería cuidado y precisión.
- ¡Slishno!, ¡Eto ruski! Noticiero.
En el momento en que se lograba la sintonía no se podía pensar en hacer ni un solo ruidito. Nada. Yo dejaba de jugar: comprendía el ritual y su importancia. Me parecía suficiente fortuna poder ver a mis abuelos escuchar la radio. El crepitar que aparece cuando no se logra sintonía me lo imaginaba como el fluir de un líquido espeso; y las voces que iban apareciendo pálidamente, me traían las imágenes de una persona saliendo de aquella agua turbia y revuelta.
Una vez al mes, mis abuelos viajaban hasta la ciudad vecina para cobrar su jubilación y aprovechaban para quedarse un par de días en lo de la tía Olga. Aunque yo me quedaba en casa con mamá, esos días mis viajes eran más largos. Descubrí que antes de irse, la abuela guardaba la llave del placard dentro de una cajita de música que a su vez ocultaba debajo de un par de medias de nylon hechas un bollo en el cajón de la cómoda. Entonces esperaba con impaciencia la llegada de la noche; que papá se pusiera a ver la tele y mamá a cocinar. Y como si fuera una misión de espionaje, me metía en la habitación de los abuelos y revolvía la cómoda para dar con esa llave. Abría el placard despacito y allí estaba, en su funda naranja, la 7 Mares prohibida. El truco de ponerla bajo una campera de seguro no era tan efectivo como subirla hasta mi cuarto mientras no hubiera cortes publicitarios en la tele. No me dejaban enchufar cosas, pero no tenía forma de conseguir las doce pilas grandes que la radio necesitaba. Con cuidado constataba que se encendiera y corría a apagar la luz.
A oscuras, con la única luz del led indicador de encendido, comenzaba mi aventura. Primero seleccionar la onda adecuada, descartando las que me devolvían palabras que podía entender. Después ponerme cómodo en el piso, acostado boca abajo apoyándome en los codos. Y como si necesitara aún más oscuridad, cerrar los ojos y disponerme a imaginar: entre silbidos de interferencias y truenos de descargas eléctricas, palabras extrañas con entonaciones aún más extrañas. Sonidos que se adivinaban música y desaparecían pisados por una voz en alemán, o en sueco, o en húngaro. La BBC imponiéndose sobre todas las demás, con un inglés tan claro que casi se podía comprender sin saber nada, pero nada, nada de inglés. De pronto silencio abrupto. De pronto, los ensordecedores motores de una nave espacial y tener que tantear rápidamente la perilla del volumen, confundiéndola casi siempre con el regulador de graves que estaba al lado. Buscaba algún misterio, uno cualquiera. Era tan raro todo que seguramente en cualquier momento surgiría algún hecho inexplicable. Y esa sensación me llenaba de un miedo indescriptible, un miedo que me conectaba con la raíz profunda y verdadera del miedo. Que me hacía entender cómo sentían el miedo las personas antes de haber podido dar alguna explicación al amenazante mundo: el miedo que pudo haber sentido un hombre desamparado ante un trueno en el principio de los tiempos. Y esas voces imposibles, lejanas, sonando preocupadas, serias; dándome dimensión de las distancias, de las diferencias, de la inmensidad del mundo y de mi pequeñez.
La luz anaranjada de la mañana se filtraba por entre las cortinas y me acariciaba la cara. Me levantaba dolorido después de varias horas sobre la alfombra. La radio ya no estaba. No me atrevía a preguntar qué había pasado con ella, quién se la había llevado: si no había sido mamá, podría quedar en evidencia. Lo cierto es que todos los meses la Noblex volvía a estar ahí, en su cárcel naranja de tela, esperando mi rescate.

EL HOMBRE INVISIBLE

Parece ser (estas noticias nunca citan fuentes) que un grupo de científicos (que seguro imaginaremos muy parecidos al profesor ese que aparece en Los Simpson) de la Escuela de Ingeniería Electrónica e Informática de la Universidad Purdue (¿en que otro país podría ser que en los Estados Unidos?) ha desarrollado un nuevo diseño teórico (la aclaración de que es teórico anuncia que el invento de seguro no funcionará) que nos pondría en posesión de la tantas veces anhelada invisibilidad*.

La crónica cuenta que el modo de lograrlo supone la construcción de una especie de cepillo de mano (el periodista que realiza la nota seguro da este dato sin haber visto nunca ni siquiera los planos) que al ser pasado por encima de una superficie de color rojo curva la luz alrededor de los objetos cubiertos, a través de un sistema de nanoagujas (es probable que después de leer esta frase hayamos tenido la “sensación de comprender”, pero les aseguro que lo mismo hubiera sido para nosotros que en vez de decir “nanoagujas” hubiera dicho “polineutrones”) que nos hace ver los objetos colocados justo detrás y ocultos a nuestra vista.
Los responsables (¡qué rodeo sinonímico para no volver a decir “científicos”!) advierten que la limitación de la acción del prototipo a los objetos de color rojo será prontamente solucionada (¿qué son ochenta años en la historia de la humanidad?) siendo posible en el futuro aplicarlo a cosas de cualquier color y tamaño. La construcción del adminículo se haría a través de los llamados metamateriales no magnéticos (otra vez no comprenderemos, pero dejaremos pasar el asunto presumiendo que la mención de los materiales a utilizarse no es en todo caso fundamental para la cuestión que se trata).
(Como la nota no tiene remate, y como ya vamos conociendo los recursos que utilizamos en el blog para promover los comentarios, a esta altura se cae de maduro lo que sigue: alusión a la universalidad del deseo de contar con la facultad de la invisibilidad y pregunta consecuente respecto a aplicaciones posibles de tal capacidad.) De seguro estos especialistas están trabajando en este tipo de desarrollos por alguna finalidad militar (Este dato es sabido de modo certero, pero se finge su desconocimiento para dar la impresión de haber realizado una inteligente conjetura). Pero al tiempo están dando forma a una de las más antiguas fantasías humanas: poder tener el poder de pasar inadvertidos entre la gente.
¿Soñaron alguna vez con poder lograr la invisibilidad?, ¿qué sería lo primero que harían si tuvieran esta asombrosa capacidad?
*El dispositivo no permite hacer invisibles las intenciones en los textos (Coloco esta aclaración sin saber si debería hacerlo. Tengo poco sentido para la sutileza en el humor. Por eso me debe gustar Tinelli)
Fuente: http://www.electronicafacil.net

viernes, 14 de noviembre de 2008

CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS ACERCA DEL PASO DEL TIEMPO

Tesis: El paso del tiempo trascendental-imaginativo (no el tiempo "real") está en relación de proporcionalidad con el tiempo vivido. "Sentimos" el paso del tiempo de acuerdo a nuestra edad.
Ejemplo: Para un niño de cinco años de edad, trescientos sesenta y cinco días representan una quinta parte de lo que ha vivido (20%). En cambio, para alguien de cincuenta, ese mismo período tan sólo significa el dos por ciento. Así, el hombre mayor tendrá la sensación de que un año pasa mucho más rápidamente.

Derivaciones: Esto explica el por qué a medida que cumplimos años nos parece que el tiempo pasa más rápido. Del mismo modo, se entiende bajo esta tesis una sensación que abunda en la niñez y va desapareciendo con los años: el aburrimiento. No volvemos nunca a sentir el aburrimiento que sentimos en la infancia.
Conclusiones prácticas: Al realizar planes a largo plazo que involucren a otros, tener en cuenta el modo de percibir el tiempo de los demás. Un plan a diez años puede ser considerado sensato para una persona de mediana edad, pero puede ser sentido como un período interminablemente largo para un niño (tanto, que basta para que acabe su niñez).

Tesis subsidiaria: En el último cuarto de la vida (en consideración de una expectativa promedio de ochenta años), el esquema puede combinarse con un contraste entre el tiempo transcurrido y el que se prevé venidero. De tal forma, los períodos parecerán velocísimos y a la vez, inalcanzables: el tiempo en la vejez se siente fugaz pero lejano.

BAILAR

"!Elevad vuestros corazones, hermanos; arriba, más arriba! !Y no os olvidéis de las piernas, mis buenos

bailarines! !Levantadlas también! !O, mejor aún, tratad de ir de cabeza! También hay en el campo de la

felicidad animales pesados, cojos de nacimiento. Es curioso ver cómo se esfuerzan, igual que un elefante que

tratara de sostenerse sobre su propia cabeza. Pero más vale estar loco de felicidad que loco de dolor; vale

más bailar torpemente que andar cojeando. Aprended de esta sabiduría mía: hasta la peor de las cosas tiene

dos lados buenos. Hasta la peor de las cosas tiene dos buenas piernas para poder bailar. !Aprended, pues, de

mí, hombres superiores, a manteneros rectos sobre vuestras piernas! !Rechazad las caras melancólicas y la

tristeza de la plebe! !Qué tristes me resultan hasta los payasos de la plebe! Pero el presente pertenece a la

plebe."

F. Nietzsche, Así hablaba Zaratustra

Este maravilloso video lo descubrí a través del blog 100volando.net

miércoles, 12 de noviembre de 2008

TE ENCONTRARÉ UNA MAÑANA...

¿Cómo piensan que será morir? No hablo de qué sucede después de la muerte sino del proceso mismo de morir, del momento de ese desgarro aterrador en que se detienen las funciones vitales, en que nos quedamos sin aire, en que nuestro corazón ya no bombea más y nuestra conciencia se desespera por no disponer de las condiciones que la hacen posible.
¿Cómo será ese instante que Borges dice con razón que ya está escrito en cada caso? Me aterra la idea de pasar por ese trámite vital inevitable, de experimentar necesariamente alguna vez una situación de la que no habrá manera de salir ileso, de pasar por un peligro en el que no habrá lugar para escapar.
¿Habrá muertes menos traumáticas que otras? Escuché varias veces decir que morir congelado es como entrar en un sueño placentero, o que al caer de un edificio antes del impacto final se produce un shock que nos quita antes la conciencia. ¿Pero quién puede dar fe de estas declaraciones?
¿Será este miedo algo propio de mi insensatez o un temor universal? Me cuesta pensar cómo lo sobrelleva el resto. Pero para mí no hay razonamiento, ni argumento ni consuelo posible. Y no se trata solamente de temor, sino también de dolor, de compasión por el otro que también morirá, de la inefable sensación de que esa persona hará el imposible paso del ser al no ser, de que ya no habrá más uno mismo.
"Cada vez que considero que me tengo que morir, tiendo la capa en el suelo y no me harto de dormir."
Miguel de Unamuno (Del sentimiento trágico de la vida)

viernes, 7 de noviembre de 2008

martes, 4 de noviembre de 2008

XXX

El Hernani de Víctor Hugo fue el objeto de una enérgica polémica al dar - por vez primera - lugar a lo feo en el mundo del arte. Es fácil advertir entonces el hecho de que aquello que provoca agrado a la percepción se sobrentendió siempre como destinado a la representación artística: la armonía celestial, que nos impacta con su sublimidad y su perfección; la vida, que nos seduce con su compleja simplicidad; el embriagador mundo de los sueños.
Sin embargo, este elevado privilegio es negado de forma inexplicable a la reproducción simbólica de la porción más deseada de la existencia, de la arista más dulce de la vida; del lúbrico espacio de la lascivia, del voluptuoso rincón del deseo. La carne púnica en primer plano, el cuerpo desnudo en toda su magnificencia dinámica, nuestra más pura materialidad en esforzado cumplimiento de su finalidad última y principal; nada de esto es reconocido como formando parte de universo de lo bello.
Pero pornografía es arte. Vértigo de imágenes y ruidos, de la exposición no mediada del roce profundo y venéreo de los órganos. Suntuosa exhibición de la potencia de la vida, de la turgencia de la sangre. Pornografía es arte como son arte los cuerpos. Como es arte la perfección modélica del exterior de los organismos, pero como es arte también la imperfección apetecible que nos conecta con el sentido de la tierra, de lo bajo, de lo sucio que también somos. La imagen, una y mil veces repetida de la explosión de los fluidos, que son la explosión de la fuerza de Eros. El grito sabiamente exagerado que potencia la manifestación del goce, que subraya el carácter dionisiaco y salvaje de ser.
- Mejor que ser testigo es ser protagonista, arguyen algunos y escapan. ¡Ridículos! Creen que se fornica con el cuerpo, cuando la verdad es que con la fantasía se fornica para que haya erotismo y no simplemente sexo. - Es práctica de enfermos, arguyen algunos y escapan. ¡Necios! La única de sus hermanas que no está enferma es precisamente la pornografía, redimida en sí de la mezquindad histérica de las otras artes que siempre ocultan bajo el símbolo.
La pornografía es símbolo generoso y cristalino; transparente. Puro.

jueves, 30 de octubre de 2008

NEW KIDS ON THE BLOG

Nuevos blogs que se suman a nuestra comunidad. Visítenlos y apóyenlos. ¡Un link no se le niega a nadie, che!
EL CLUB DE IAN: Con tan sólo cinco años y a dos palabras por minuto Ian Doti ha iniciado el registro audiovisual de su infancia.
UNA MISERABLE FAN: María Laura arrancó bien. Bregando siempre por la brevedad, promete reflexiones interesantes, nuevas perspectivas de opinión. Un blog para nada miserable.
CUENTOS AL CONTADO: Estos cuentos garpan. Fogel es un gran escritor.
ACADEMIA DE FRIKILOSOFÍA: De freak y de filósofo, todos tenemos un poco.
¿Tienen blogs que recomendar?, ¿Saben de nuevos emprendimientos?

martes, 28 de octubre de 2008

DE LAS RAZONES QUE ME HACEN LAMENTAR EL NO HABER CONOCIDO PRIMERO A ALEJANDRO ROZITCHNER QUE A ARTHUR SCHOPENHAUER

Habiendo ya comenzado el profesorado de filosofía me topé una vez con el Otro poema de los dones, de Jorge Luis Borges. Me sorprendió mucho ese verso en que nuestro poeta declaraba sus preferencias filosóficas: "Gracias quiero dar al divino Laberinto de los efectos y de las causas, entre otras cosas, por Schopenhauer, que acaso descifró el universo". Pensé que Borges exageraba. Años más tarde me aboqué a la lectura de El mundo como voluntad y representación, quizás movido por obligaciones académicas: concluí que el “acaso” de aquel verso estaba completamente de más.
Schopenhauer miraba la existencia de frente y mostraba al mundo en su realidad más cruda. Reflejaba la vida sin imponerle modelos diseñados por el deseo ni por la conveniencia. Y sobre esta base estipulaba una ética caracterizada por la prerrogativa de huir de un mundo determinado por la mutabilidad, la contradicción y el caos.
Fosilicé una declaración y se la entregué empaquetada a cada quien con el que hablaba: “Si hubiera descubierto antes a Schopenhauer, de seguro no hubiera continuado con mi carrera”. El genio de Danzig, con su estilo corrosivo, con su incorrección política, con su contundencia a veces caprichosa y sobre todo con su voluntad de dar cuenta de la realidad de modo fidedigno, había dado respuesta a todos los interrogantes que alguna vez me hubieran inclinado por la actividad filosófica. No necesitaba nada más para satisfacer mi deseo de conocimiento.
Pero resultó que instalarme en el schopenhauerianismo fue la ocasión de encontrar una sólida guarida para ejercitar las virtudes del no-ejercitar: la victimización, la visión crítica del mundo, la queja, la seriedad. Las particularidades de los tristes hombres de conocimiento, que tan sólo realizan una estéril descripción de una realidad que juzgan despreciable e insoportable por no tener un sentido preconcebido. El lamento miserable de los pusilánimes e improductivos, de los incapaces de crear direcciones propias para la vida asumiendo la responsabilidad total de las propias decisiones; el sufriente rictus de aquellos que siempre atribuyen las causas de su derrota a factores externos, a instancias trascendentes que conciben como limitantes insalvables para concretar el deseo.
El apellido Schopenhauer todo el tiempo en la boca, exhalado como una nube negra entendida y aceptada como sinónimo de profundidad y sabiduría. Pero un día la aparición de otro apellido raro para anunciar que toda profundidad implica oscuridad; que la mirada desconfiada es neurosis cuando no impostura: Rozitchner.
Alejandro Rozitchner, montado en brioso corcel nietzscheano, encara la batalla contra un prejuicioso y hundido mundo académico que mira escandalizado a uno que se atrevió a levantar la bandera del entusiasmo, del conocimiento como pasión, de la espontaneidad como norma.
Mirado de reojo por los círculos universitarios, crucificado muchas veces por el prejuicio de mediocres hombrecitos sombríos que brillan rellenando páginas inútiles en las que dan cuenta de lo que otros dijeron sobre lo que otros dijeron acerca de porciones intrascendentes de la vida, Rozitchner se atreve a enfrentar al pensamiento oficial del mundo proponiendo evitar la mediación de las autoridades eruditas en la apasionante tarea de conocer.
Asumiendo el destino con todo el peso de su incertidumbre inherente, concibiendo la turbulencia como norma y no como desajuste de una instancia idealizada y falsa, enseña a valorar el cambio incesante, a “plenificar” el devenir que para los débiles es digno de menosprecio. Y así se abre a la riqueza borboteante de la vida, disfrutando el conflicto como manifestación necesaria de esa prodigalidad. Y así logra zafarse de las cadenas del prejuicio apocalíptico que impiden tomar las herramientas que el mundo pone a nuestra mano para ayudarnos a pensarlo.
Rozitchner puede aggionar su pensamiento alejándose de los lugares comunes políticamente correctos que responden a modelos que ya no calzan con una realidad que se escapa a toda intención de constreñirla. Y parte de una plataforma de refrescante realismo, aportando elementos útiles para operar de modo fructífero y afirmativo en todos los aspectos de lo vital.
Muchas veces me cuestioné acerca de mi labor como docente de filosofía. ¿Cómo transmitir a personas en formación una disciplina que en tantas ocasiones adjudiqué a la tarea de individuos infelices? Pues la desiderata docente de A. R. – consecuente con su visión del mundo – me dio la respuesta: la filosofía puede no ser la transmisión de una mirada decadentista de las cosas, sino una oportunidad para contagiar la pasión por desentrañar el nudo de la realidad, para repensar las conclusiones fijadas por una historia de convenciones impensadas, para direccionar la vista hacia la maravillosa experiencia de estar vivos.
Muchos no logran ver la verdadera impronta de este filósofo; siguen atados a la idea de que el valor de un pensador está en relación a su importancia académica. Quizás tenga que recurrir otra vez a Schopenhauer para comprender esta situación y aceptar su idea de que “toda verdad pasa por tres etapas: primero es ridiculizada; segundo, sufre una oposición y tercero, es aceptada como autoevidente”.

lunes, 27 de octubre de 2008

A MI MADRE

Tornasolando el flanco a su sinuoso
paso va el tigre suave como un verso
y la ferocidad pule cual terso
topacio el ojo seco y vigoroso.
Y despereza el músculo alevoso
de los ijares, lánguido y perverso
y se recuesta lento en el disperso
otoño de las hojas. El reposo...
El reposo en la selva silenciosa.
La testa chata entre las garras finas
y el ojo fijo, impávido custodio.
Espía, mientras bate con nerviosa
cola el haz de las férulas vecinas,
en reprimido acecho... así es mi odio.
Enrique Banch. Argentina (1888-1968)

miércoles, 22 de octubre de 2008

¡ÚLTIMO MOMENTO!

CONFIRMADO:
SOY EL JUAN PERUGIA DE LA CARRERA DE FILOSOFÍA.

lunes, 13 de octubre de 2008

SOBRE NARANJAS Y ELEFANTES

De la inagotable producción del también inagotable amigo Albano Bodrio, reproduzco a continuación su laureado ensayo Sobre naranjas y elefantes. ¡Disfrutenlón!

SOBRE NARANJAS Y ELEFANTES
Cansado ya de las constantes disquisiciones referentes a la antigua confusión entre naranjas y elefantes, es justo que marque el punto final de este entuerto. Haré justicia afirmando apodícticamente que, por mucho que insistan algunos autores, no existe parecido – y, por tanto, posibilidad de confusión alguna – entre los dorados cítricos y los aburridos paquidermos.
En primer lugar, excepción hecha de algún daltónico, nadie puede, como parece hoy estar tan en boga, encontrar una similitud cromática entre los dos objetos. La naranja, como su nombre lo indica, es redondamente (y nunca mejor utilizado este término) naranja; y no porque no pueda derivarse el color del nombre genérico del elefante, se argüirá por ello que entonces el elefante sea naranja. No. El elefante, y numerosas estadísticas de importantes universidades de todo el mundo apoyan esta sentencia, es gris. Gris topo. Y no “redondamente gris”. Es substancial dejar bien claro esto último, para que la confusión no lleve a encontrar otra falsa analogía con el consabido cítrico.
No dudamos de la honorabilidad de los miembros de la escuela de Frankfort, pero su afirmación del parecido susomentado en la incapacidad de todo olvido por parte de las naranjas – que las equipararía a los elefantes, en cuanto a memoria se refiere – es por demás equivocada. Nadie discute que las naranjas no puedan olvidar, pero esto no se debe a que posean una retentiva encomiable, sino más bien a su carencia total de funciones mentales.
Otros más audaces aún, infieren del hecho de que algunas naranjas cuenten con innegables ombligos, que se trataría de una extraña especie de mamíferos, y por esta vía arriban a la declaración de la imposibilidad de diferenciarlas de nuestros enormes amigos. Pero esto sería tan caprichoso como decir que las bicicletas caen del cielo sólo porque tienen rayos.
“Las naranjas no temen a los ratones”, reza la vieja sentencia hindú. Es increíble que a occidente le tome tres mil años caer en la cuenta de lo que los orientales supieron vislumbrar en el alba misma de la civilización. Y si podemos tomarlos como autoridad en este campo, habrá que hacer caso también de las Upanisadas cuando afirman “Imposible separar un elefante en gajos”.
Creemos que lo dicho es suficiente para librarnos de uno de los mayores y perjudiciales mitos de la historia. Pero no obstante pecar de insistencia, habré de dar un elemento de juicio más en contra de esta tan triste confusión: es imposible encontrar una naranja con colita.
Albano Bodrio

viernes, 10 de octubre de 2008

DESESTIMACIÓN DE LAS TEORÍAS CONSPIRATIVAS

Imponiéndole a la realidad el esquema según el cual entendemos a nuestro propio yo (como fundamento y causa simple), todo lo que es plural y diverso en su genealogía lo comprendemos como creado por una causa única y simple. Suponemos un demiurgo donde lo que hay en realidad son causas múltiples y nos hacemos la ilusión de la existencia de un fin último que reúna todas las intenciones cuando no hay más que pequeñas acciones dispersas. Ése es el origen de las miradas conspirativas.
Es como creer que hay un Dios creador del mundo y de las especies, que son colocadas allí con una finalidad específica, cuando todo lo que hay son cambios y mutaciones fortuitas que no presumen ningún telos. Al ver las especies animales las creemos fijas, inmutables: no somos capaces de entenderlas como momentos de un proceso mayor de variaciones constantes y nos cuesta hacernos a la idea de que suceden porque suceden, sin ningún para qué. De igual forma nos pasa con los cambios y decisiones políticas y económicas. Habría cerebros preclaros, herederos de antiguas tradiciones de poder para los que cada decisión formaría parte de un sistemático plan general. Pero en rigor, para nuestra desgracia, hay sólo acciones sueltas, trazos más o menos desprolijos que vistos todos juntos, con intención de encontrar un sentido, pueden ser interpretados como un dibujo. Pero si no hay dibujante no hay dibujo. Hay lo que queremos ver.
Por otra parte no puedo comprender la preocupación por el sometimiento. Si fuera verdad que todo está controlado, que estamos encerrados en una matrix, que hay espíritus maquivélicos controlando nuestras existencias, ¿cuál sería el problema? Pensar en quitarnos ese condicionamiento presupone la idea de que existiría algo así como un estado de libertad total posible que podría conquistarse (o reconquistarse). Pero no hay tal cosa. Existir presupone una serie de condicionamientos. Las limitaciones no son aspectos negativos, son condiciones de ser: para poder ser hay que no ser algunas otras cosas.
Las suposiciones de conspiración son a la verdad de los hechos sociales lo que la religión a la dinámica evolutiva.

viernes, 3 de octubre de 2008

LISTADO DE LUGARES COMUNES POLÍTICAMENTE CORRECTOS

La pereza mental se evidencia en la utilización de los lugares comunes. La repetición de comentarios políticamente correctos patentiza la hipocresía. La síntesis: nuestra estúpida falsedad.
1.- Yo soy ateo, pero respeto a los que creen en Dios.
2.- Prácticamente no miro televisión.
3.- A mí no me gusta, pero eso no quiere decir que no esté bueno.
4.- No sólo no soy antisemita, sino que además tengo muchos amigos judíos.
5.- Maradona fue un gran jugador, pero como hombre deja mucho que desear.
6.- Generalmente no miro televisión y si lo hago, me engancho con los documentales de Nacional Geographic o con el canal Encuentro.
7.- No consideren esto un “adiós”, sino un “hasta luego”.
8.- No saben lo difícil que ha sido para el jurado…
9.- Francamente, nunca me interesó el dinero.
10.- Yo viviría leyendo.
11.- Es una pena que hayamos tenido que separarnos. Se había formado un grupo humano maravilloso.
12.- Te envidio… pero, ¡ojo! Sanamente, eh.
13.- No me importa el físico, lo importante es cómo sea por dentro.
14.- Vos te merecés a alguien mejor que yo.

viernes, 19 de septiembre de 2008

COMO BOCINA DE AVIÓN

Dios – decía Voltaire – en su infinita sabiduría, ha colocado la nariz allí donde está para que podamos sostener los anteojos. Sin embargo, no todo en el cuerpo humano parece responder a un criterio de utilidad. No al menos a un criterio de utilidad relacionado con nuestras necesidades adaptativas actuales. El interesante sitio newscientist, en una nota de mayo de este año, nos cuenta acerca de los órganos vestigiales.
Para la señora que no pueda conciliar el sueño por la angustiante intriga acerca de este tema, me apuro a contar que los órganos vestigiales son partes del cuerpo que alguna vez tuvieron una función específica pero ahora son relativa o absolutamente inútiles. Ya sé señora, Ud. está pensando en el apéndice (o en algún otro órgano de su marido). Pero la verdad es que hoy se discute mucho acerca de la supuesta inutilidad de ese molesto generador de cicatrices abdominales.
La cuestión implica inevitablemente una toma de posición respecto al dilema creacionismo-evolucionismo, pues estaría hablando de resabios evolutivos que portamos en nuestra estructura biológica. ¿Y qué es lo que tenemos de más? El sitio menciona cinco partes sin función actual aparente:
ÓRGANO VOMERONASAL: Se trata de un órgano quimoreceptor fundamental para la comunicación química sobre el estado reproductivo del organismo emisor a través de feromonas, que influencia el comportamiento de los otros. Este órgano está presente en toda su plenitud en los roedores y otros mamíferos pero, a pesar de que la mayoría de los humanos posee esta estructura, los científicos no dudan en afirmar que se trata de un remanente biológico sin función alguna.
PIEL DE GALLINA: No se trata en este caso de una estructura anatómica permanente, pero este curioso reflejo que nos surge al exponernos al frío o ante una situación que comporte temor es considerado también vestigial.
PUNTO DE DARWIN: En algunos humanos modernos un pequeño pliegue cutáneo aparece en la parte superior de cada oreja. Se cree que podría tener relación con algún tipo de estructura mayor que colaboraba con la detección de los sonidos distantes.
COXIS: Una estructura que sea objeto de una presión evolutiva reducida puede tomar diferentes formas. Un ejemplo de ello es el coxis humano, un vestigio de los rabos que presentan muchos mamíferos y que los humanos hemos perdido al comenzar a caminar erguidos.
MUELAS DE JUICIO: Los terceros molares son una presencia constante en la mayoría de los primates. Sin embargo, en los Homo sapiens sólo un bajísimo porcentaje los conserva. La reducción rápida del tamaño de nuestros maxilares, debida a la posibilidad de incorporar alimentos más suaves y procesados, ha dejado muy poco espacio para estos morteros óseos.
¿Qué otros órganos o funciones corporales considerarían ustedes vestigiales?, ¿cuáles de los atavismos mencionados creen todavía útiles? Y por último: ¿qué estructura se les ocurre que tendría que venir incorporada a nuestro plano genético?

domingo, 14 de septiembre de 2008

IAN Y POMOMA (PALOMA)

La magia surge cuando te olvidás de la seguridad

sábado, 13 de septiembre de 2008

EL REFLEJO

Era un ritual. Volver del trabajo a mil con la camioneta por la costa, apurado como si llegar a casa me librara de las cadenas de ese trabajo que siempre había deseado y ahora despreciaba. Llegar bajándome de mi asiento de conductor casi antes de terminar de estacionar en la trotadora y poner la llave en la cerradura de la puerta exagerando el ruido como en los efectos especiales de las películas argentinas: para que me escucharan Bautista y Agustín y se pusieran contentos. Para que Paula terminara de poner la mesa apurada y repasara mentalmente la forma que esa noche tendría su lamento cotidiano.
“-¡Hola, hola, hola!”, era mi saludo inevitable. Como un presentador de la televisión, como el conductor del programa de preguntas y respuestas que me sentaba a ver todas las noches después del beso en la cabeza a los nenes, después del pico apurado a Paula, después de sacar de la heladera los potecitos con el queso y el salame, cerrando la puerta con el pié y haciendo el trotecito hasta el sillón del living, sentándome con el torso adelantado hacia la tele para no perder detalle del show.
Ninguno me hablaba; sabían que sería inútil. Me enojaba con facilidad si me interrumpían sus gritos o sus preguntas. Cuando veía La rueda del saber una burbuja deforme aparecía, incluyéndome a mí y a la tele por media hora y todo lo que quedaba alrededor se veía como con un filtro brumoso que aislaba el sonido. Es que al tener mujer e hijos, por grande que sea la casa que en que se viva, ya no quedan lugares para uno; lugares para la intimidad menos comprometedora, espacios para el simple hecho de estar solo. Por eso tuve que forzar ese aislamiento antipático. Porque anticipar las respuestas a las preguntas que definirían quién llegaría a la final semanal del concurso era una especie de tratamiento contra la “compañía crónica” que padecía. Un ratito para estar solo, para volver a encontrarme con aquella esencia de intelectual, de uomo universale, que el trabajo, la familia y las obligaciones habían impedido que se desplegara.
Me acuerdo que cuando era muy chiquito mi hermano me enseñaba a leer con un librito rojo donde el texto se intercalaba con dibujitos para facilitar la comprensión (supongo). A mí no me costaba demasiado avanzar con el cuento, pero a veces me trababa. Mi hermano insistía con la autoridad que tienen los hermanos que son mucho más grandes. Insistía en que volviera a intentarlo. Quería, y me lo repetía a cada momento, que yo fuera el mejor, que leyera más rápido que nadie. Esa impronta de perfeccionismo heredada transitivamente de mi padre, me hizo esforzarme por destacar en el colegio. Sufría cada corrección de las maestras al punto de llorar, de obsesionarme, de no poder olvidar los errores que me hacían ver que había cometido. Hasta hoy recuerdo ese examen en el que, desconocedor de contracciones, puse “de el”, en vez de “del”: la maestra no lo advirtió, pero los cuatro o cinco días que esperé la corrección no pude pegar un ojo, sufriendo porque ella se daría cuenta y me desaprobaría, manchando con negro el historial del que nunca se había sacado menos de nueve, del de la asistencia perfecta, del de los dieces, del de la tarea siempre cumplida.
No voy a negar que al principio mi único estímulo era cumplir con mi obligación, pero de tanto insistir le fui encontrando el gusto a acumular conocimiento: fechas, lugares, batallas, revoluciones, fórmulas matemáticas, filósofos, palabras raras. Leía escuchando los pelotazos en la medianera de los vecinitos que jugaban al fútbol. Trataba de memorizar los apellidos complicados, estaba atento para retener de las charlas de los grandes los datos interesantes que reproduciría forzando el diálogo cuando se diera la ocasión.
Para cuando llegué al secundario estaba preparado para escribir una mini-enciclopedia. Cualquier duda preguntále a Abel. Abel sabe todo, Abel es una computadora, Abel seguro lo conoce. Había tanta información en mi cabeza que se mezclaba con la inteligencia, y ni mis conocidos ni yo podíamos distinguir una de la otra. Cuando me acusaban de traga yo decía que era inteligente, pero la verdad no sé bien qué era. Lo cierto es que inevitablemente el dudoso privilegio de portar la bandera recaía sobre mí, que siempre me elegían como el “representante cultural” de la escuela en esas estúpidas competencias del Ministerio; que si había que ponerle cara a la promesa, esa cara era la mía.
Crecí aceptando el peso de esa responsabilidad; dando por un hecho que mi brillante biografía escolar me hacía dúctil y adaptable, que mi conocimiento era inteligencia, la inteligencia la condición de la supervivencia y que el éxito en la vida dependía de dominar el juego por la conservación personal. Como había conquistado la escuela conquistaría la vida.
Pero el tiempo fue pasando y nada. Año tras año fui constatando que no había lugar para los intelectuales en este mundo. Y desde los veinte hasta los veinticinco sentí un profundo resentimiento contra la mediocridad general de la gente. Contra lo que yo veía como una ceguera para el verdadero talento, para reconocer y apreciar todo mi bagaje de información, todo mi saber. No pude brillar, se fue apagando mi luz. Y mis ojos acusatorios veían a los otros como responsables de ese asesinato. Porque eso sentía, que me habían matado.
Tuve algo de suerte al conseguir ese rutinario trabajo. Cuando nos casamos con Paula, después de tantas entrevistas de las que salía derrumbado, un trabajo con pago mensual, aguinaldo y vacaciones era lo que más deseaba en el mundo. Alguna seguridad, algo. Pero poco tiempo después ya no lo soportaba. La vena, la fibra del intelectual seguía latiendo en mí. La promesa que había sido para mi viejo, para mis profesores y para mí me atormentaba como una cuenta pendiente que no tenía tiempo para saldar. Por eso la necesidad de que nadie me molestara cuando me sentaba a ver la televisión. Por eso mi apuro por llegar a casa, por hacer el trotecito rápido de la cocina al living, por sentarme con el torso adelantado hacia la tele para no perder detalle del único show que premiaba el conocimiento. Era un ritual.
La rueda del saber empezaba siempre en punto. El presentador, como decía mi viejo, “era un señor”. Varios paneles, rondas que iban eliminando uno a uno a los participantes de acuerdo a su cosecha de puntos después de las once preguntas obligatorias y muy tentadores premios. Mi situación económica no era buena y ese no era un detalle menor. Si hubiera vivido en la capital de seguro me hubiera inscripto. Y muy probablemente ganaría porque era un verdadero imbatible. “¡Lisboa!”, “¡En el desierto de Gobi!”, “¡La K.G.B.!”, “¡David Hume!!”, “¡Literatura!”. Con cada acierto un golpecito entusiasta sobre la pierna y una mirada sonriente hacia el costado sin devolución por parte de Bauti. Y en cada final de ronda, un poco de cerveza fría para pasar el queso y el salamín.
No fui consciente ese día de las tres primeras preguntas de la tan promocionada “Gran final en vivo y en directo”. Eran tan sencillas que no podría recordarlas; salieron automáticamente de mi boca. Pero la cuarta no voy a olvidarla jamás. Mi silencio, el del participante y el tic-tac del reloj hicieron que los segundos que me tomé para pensar me resultaran horas.
“¿Cómo se llamó la película que en 1908 filmara Segundo de Chomón a través del recurso del paso de manivela’?”
Casi no podía entender la formulación misma de la pregunta, transpiraba, de reojo veía jugar a los chicos como si fueran protagonistas de una película muda. Jadeaba profundo; no me resignaba porque alguna vez había leído sobre ese personaje en algún lado. Bastaba con que estableciera las relaciones suficientes como para que el dato saltara como un payaso de esos que asustan a los chicos al salir disparados de una caja de regalos. Pensar, había que pensar nada más. Y justo antes del final, como la chispa que dio origen a la vida, surgió al mismo tiempo en mi boca y en la del participante una articulación extraña: - “Hotel eléctrico”, dijimos en un misterioso unísono. Mi sorpresa fue tal por esa sincronía que la fanfarria, el jingle de los ganadores y los fuegos artificiales que salían de la tele los viví en cámara lenta. Por entre las bailarinas que saltaban con un cheque gigante, vi al nuevo rey de La rueda del saber acomodarse sus anteojos de alta graduación y marco de nácar justo iguales a los míos. Lo vi peinar su flequillo hacia la derecha y reír tímidamente como lo hacía yo. Lo vi orgulloso de una proeza de la que yo hubiera estado orgulloso, pero que ahora por primera vez podía ver como la veían los demás: con todo su patetismo y su pretenciosidad, con toda su inutilidad. Lo vi – me vi – y comprendí toda mi vida en un instante. El ganador era yo y mi triunfo era mi fracaso.
Me dio vergüenza ajena – o propia – verme sonrojar cuando la secretaria me dio un beso con rouge. Como un estúpido y asumiendo una culpa inexplicable le mandé un saludo a Paula y a los chicos. –“Que son el amor de mi vida”, dije. El cheque no lo cobré nunca.

MIENTRAS RECUPERO EL ENTUSIASMO...

(Lisandro Aristimuño - Me hice cargo de tu luz)
Cada vez que me sentía mal en el pasado me inundaba una embriagante y sensual tristeza. Una tristeza que me hacía sentir bien - paradójicamente - porque me creaba la fantasía de ser profundo, interesante y comprometido. Pero un día llegó el entusiasmo y esa forma de ver las cosas murió.
Hoy vivo momentos malos. Asisto al comienzo del fin del mundo que conocí hasta ahora, pero de la tristeza no hay rastros: más bien me invade una suerte de anonadamiento. Las ganas de vivir y el dolor dejaron de alternarse en la pista de baile y ahora es turno de la nada.
Por eso no puedo escribir. Y mientras no escribo le dejo mi espacio a otros para que digan por mí.
¿Qué linda canción, no?

sábado, 23 de agosto de 2008

DORMIR

Algunos pequeños movimientos, acomodarse incómodamente previendo la posición en que quedará el cuerpo después de que se relajen los músculos, después de que se afloje la tensión. Cerrar los ojos; comprobar que esa no es la disposición buscada. Buscar otra, desparramarse, volver a abrirlos, acomodar la almohada o lo que sea que sostenga la cabeza. Girar hacia el otro lado.

Los sentidos nacieron para la conservación y los sentidos son la vigilia; abandonarla es abandonar el alerta, exponerse al peligro, a la muerte, a la desaparición. Pero la vigilia permanente sería demasiado ardua; una condena, un sacrificio imposible. La tensión se resuelve con un mecanismo de seducción: el sueño es opio que embriaga y vence, sugestión que debilita la resistencia de nuestras defensas y a la que nos entregamos mansos.
Se sueltan pausadamente las cuerdas que tensan nuestro mundo representado, se corren los nudos de ese plexo ordenado y el universo entero colapsa como una gran carpa de circo a la que se le fueran quitando una a una las estacas, como un viejo disco de vinilo que se detuviera sin la energía que lo impulsa. La realidad se diluye, las formas puras del tiempo y del espacio; las causas se pliegan sobre los efectos y el cuerpo - que también es parte del mundo - se afloja, se vence, se achata sumido en un goce profundo que lo ocupa todo haciendo que no importe nada.
Dormimos en dos dimensiones; la ilusión quiere recrear la tercera perdida: eso es soñar.

ACTITUD PROACTIVA

Diría mi padre: "Los problemas se resuelven en la medida en que se presentan". Somos libres, absolutamente. Tenemos las riendas de nuestro destino. Nos consuela crearnos la ilusión de que hay cosas en nuestra vida que no dependen de nosotros.

miércoles, 20 de agosto de 2008

¡SANTO REMEDIO!

Hay problemas que explotan súbitamente sin darnos tiempo a reaccionar: nada que hacer. Otros se nos han vuelto crónicos sin darnos cuenta: también parece que no hubiera nada que hacer. Error.
Las cuestiones que cargamos sobre la espalda durante años surgen de vicios, de la repetición automatizada y constante de procedimientos que juzgamos necesarios, inevitables, imposibles de ser modificados. La receta que cura esta enfermedad, el freno a esta inercia de reflejos condicionados, radica en un paradójico acto en que la voluntad que se impone sobre sí misma: Se trata de hacer lo que no haríamos de ningún modo.
¡Y santo remedio!

martes, 19 de agosto de 2008

SEÑAL

"Advertido el ruido de tus propios pasos al andar. Esta es la señal de la muerte inminente o de tu desgracia"
Liber Hermetis Trismegisti

lunes, 18 de agosto de 2008

LA SUTIL DIFERENCIA ENTRE UN NERD Y UN ESTUDIOSO

La educación en la Argentina carece de sentido. Digo "sentido", "dirección". Se cree que la preparación académica es una finalidad en sí misma y no un medio para arribar a una meta. Pero dieciocho años en claustros sería demasiado por mero amor al conocimiento. Se estudia para tener una especialización que posibilite el desempeño en una tarea de la que uno va a vivir. Y esto debería estar presente en la mente de los padres, de los alumnos y de los educadores desde el primer día del jardín de infantes. Cada paso debería estar planificado para el arribo a este objetivo. No hablo de alinear los objetivos educativos a determinado proyecto de país – poner el barco en dirección de la preparación técnica, como se hizo en la década del ´60 – sino de desplegar el abanico completo de los intereses humanos pero de una manera realista y provechosa. Pero nadie habla de dinero.
Repito: se estudia para tener una especialización que posibilite el desempeño en una tarea de la que uno va a vivir. Y vuelvo a repetir: pero nadie habla de dinero. El conocimiento es algo impoluto, etéreo, que parece no tener que ser ensuciado con viles referencias al valor metálico. Todas las carreras deberían, en cambio, dedicar al menos un intensivo año a otorgar educación financiera general y específica del desempeño de la tarea para la que preparan. Pero esto no sucede ni siquiera en las carreras que más directamente apuntan a las cuestiones de mercado.

Pero no es este un mal universal. En los países del primer mundo no se ha perdido la especificidad de la tarea de los establecimientos educacionales. Y los estudiantes se toman su formación tan en serio como la vida misma, porque saben que de aquélla dependerá ésta. Por eso no se ridiculiza a quien pone todo su empeño, su energía y su entusiasmo en aprender. Allí se hace un distingo entre el alumno empeñoso y el "nerd". El "nerd" es aquel para quien la existencia se reduce a los libros, que no tiene vida social, que es un imbécil aunque aplicado, un mediocre pero efectivo. Aquí es lo mismo el "traga" que el estudioso. No hay sutilezas semánticas porque educarse carece de todo sentido, exceptuado aquel de la aprobación social del que ha cumplido con la totalidad de una serie de pasos probadamente inútiles. Esta es una señal. Otra la da la existencia de profesores particulares. Si se fuera a la escuela para aprender, si se cursara en la Universidad para adquirir un conocimiento aplicable y no sólo "porque sí", obteniendo el título por el título mismo; si la educación fuera concebida como un medio, se aceptaría la instancia de evaluación con agradecimiento; se fallaría con la mente puesta en que de los errores surgirá el acercamiento a la perfección. Y no podría existir siquiera la idea de un apoyo escolar externo, que evidencia que el objetivo es cumplir con la exigencia social de permanecer en la escuela. La cuenta de las materias no sería negativa "me quedan dos", sino absolutamente positiva "metí veintiocho".

Se dirá que hay una cúpula dirigente que no quiere dar paso al crecimiento económico de la población. Paranoia. Este asunto radica en la médula misma del imaginario social: hay mucho platonismo, mucho cristianismo, mucho prejuicio pobrista, mucha incapacidad para concebir el crecimiento económico como un elemento fundamental para dignificar la vida humana. En vez de forzar la realidad con sistemas políticos carentes de realismo, en vez de gritarle el viento reclamando que es injusto que las cosas sean como son, es mejor aceptar la invariable dinámica del Universo y actuar en consecuencia: no soñar con la meta utópica de la distribución de la riqueza y sí con la mucho más productiva del reparto del acceso a la riqueza: educación (como medio) para todos.

OOPARTs

Un OOPART es el acrónimo para el inglés Out Of Place ARTifac, es decir artefacto fuera de lugar. Hace referencia a ciertos objetos arqueológicos que, encontrados allí donde se encuentran, constituyen un anacronismo. Wikipedia lista 20 objetos que de ninguna manera podían estar donde efectivamente se encontraron.
Un ejemplo son las Calaveras de Cristal de Yucatán y Belice, piezas talladas en cristal de cuarzo y atribuidas a la imposible manufactura de pueblos precolombinos.

Se trata de algo muy interesante, pues da lugar a conjeturas múltiples y variopintas como hipótesis de resolución de los enigmas que generan: desde presencias extraterrestres hasta viajes en el tiempo.

¿Qué OOPART imaginado les gustaría encontrar, dónde y por qué?

domingo, 17 de agosto de 2008

ACLARACIÓN

No es incorrecto decirle "americanos" a los ciudadanos de los Estados Unidos, pues así se llama el país: Estados Unidos de América. Estamos ante un error tendenciosamente extendido. Impugnar el uso del gentilicio argumentando una adjudicación impropia a favor del imperialismo es tan absurdo como hacerlo con "brasileño", dado que esta república se llama oficialmente "Estados Unidos del Brasil" (Lo mismo sucede con México). El continente entero se llama igual que el país del norte.

sábado, 16 de agosto de 2008

HAMLET, THE MILD CIGAR

Una muestra de la clásica campaña publicitaria de cigarrillos "Hamlet": no siempre las cosas salen como uno quisiera. Para esos momentos, "Hamlet, the mild cigar".

LEER

No voy a negar que prefiero ver la película a leer la novela. No voy a negar tampoco el hecho de que, como decía Fontanarrosa, un libro largo me parece una falta de respeto por parte del autor*. Quienes me conocen saben que creo que leer es lento y aburrido; que no hace falta leer para pensar y generar ideas; que la civilización occidental persistirá a pesar de que los jóvenes lean poco. Sin embargo, hay dos aspectos de esta extraña actividad humana que me resultan poderosamente intrigantes, casi obligándome a suponer - como suponen quienes sucumben ante la pereza mental - que son generados por alguna clase de proceso mágico.
En primer lugar, me subyuga la idea de que mi repaso visual y mi interpretación de una lectura pongan en movimiento a un personaje que espera allí, en un letargo eterno, una voluntad ajena que lo anime. En alguna dimensión de la realidad está Don Quijote congelado en una determinada y tal vez incómoda posición sobre su caballo, y el avance de mi vista entre las letras de la novela (que es su vida misma) lo hará comenzar la marcha hacia su amada. Allí están también los agentes de la policía que vinieron a comunicar a K. su infracción a las leyes, aguardando que alguien lea y, como si se tratase de la orden de uno de sus superiores, se les permita seguir adelante con su operativo. Quien lee otorga un hálito vital que pone vidas en marcha: ¿Habrá un lector que lea a los lectores?
El segundo aspecto sorprendente de la lectura hace hincapié en el inverosímil hecho de que los textos sean soportes de transmisión de las emociones. El ámbito de la vida interior, nuestros setimientos, nuestros estados de ánimo, nuestras sensaciones , nuestro dolor, son nuestros en cada caso y parecen haber nacido con el sello de la intransferibilidad. No podemos tocar a alguien y pasarle, por ejemplo, nuestra alegría, ni podemos tampoco extraerle el dolor con una sonda. Sin embargo, un artilugio de fina tecnología, consistente en una serie de manchas de tinta desperdigadas en una hoja de papel contrastante según el patrón de una serie de signos arbitrarios (o convencionales, si se quiere: una convención es una decisión arbitraria tomada por muchos), permite a quien lo labra depositar allí su mundo interior para que pueda ser trasladado por el espacio físico hasta donde otro (u otros) que, tan sólo decodificando esta presentación, podrán entrar en un espacio que la naturaleza diseñara unipersonal.
Leer es volver a dar vida; y escribir, volcarse uno en la espera de que sus emociones sean leidas, sean re-vividas. Este es el aspecto de la práctica literaria que se liga a la inmortalidad: el eterno retorno de lo mismo, de los mismos hechos, de las mismas vivencias, pero cada vez renovado el combustible, renovada la voluntad que los anima.

*Según el gran humorista rosarino, escribir un libro demasiado extenso equivale a que alguien nos dijera: -"Te tengo que contar algo. ¿tenés dos semanas?". Evidentemente, una falta de respeto.

viernes, 8 de agosto de 2008

¡DEPORTES EN EL RECUERDO!

PARA LA PAZ, LA VIDA ETERNA

rECHAZAN EL MUNDO, SU DEVENIR, SU EXUBERANTE PRODIGALIDAD. nO ENTIENDEN, SE EQUIVOCAN: BUSCAN AQUIeTAR EL CONFLICTO, PERO EL MUNDO ES CONFLICTO. bUSCAN DOMAR A LAS BESTIAS, PERO LAS BESTIAS NO SABEN DE CADENAS. BUSCAN LA PAZ, PERO TODO ES GUERRA )pOLEM PARTER PANTOS(
qUIEREN DIBUJAR UN MAPA CON LINEAS RECTAS: QUIEREN CONTENER EL MAR CON LAS MANOS. pROPONEN EL ORDEN, QUE NO ES NADA; LA PERFECCIÓN, QUE NO ES NADA; LA IDEA, QUE NO ES NADA. pROPONEN LA MUERTE, ESCUPEN EN LA CARA A LA VIDA.
mUNDO, DEVENIR, PRODIGALIDAD, CONFLICTO, BESTIAS, GUERRA, IRREGULARIDAD, MOVIMIENTO: vida.
sER, CONTROL, CADENAS, PAZ, LINEAS RECTAS, CONTENCIÓN, ORDEN, PERFECCIÓN, IDEA: muerte.

lunes, 4 de agosto de 2008

5 de agosto de 2021

¡Hola Ian! ¿Viste qué jóvenes que estamos? En este presente nuestro que está siendo registrado por la cámara, vos todavía no has nacido. Estás en la panza de mamá. Pero si todo ha salido como lo planeamos, hoy estarás cumpliendo tus primeros dieciocho años y asistiendo a esta cápsula del tiempo que, muy anticipadamente, te preparamos como regalo.
No sé ni siquiera si yo estaré ahí a tu lado en el momento en que mis palabras vuelvan a hacer vibrar el aire… si estás ahí, viejo Walter, ¡te deseo que se hayan cumplido todos mis sueños! Mamá siempre dice que los 31 de diciembre no hay que desear feliz año nuevo, sino feliz año pasado. Desear que el que se fue haya sido para todos un año inolvidable. Por eso lo mejor que puedo decir en esta ocasión es, no que vayas a tener un cumpleaños feliz, sino que tu vida haya sido feliz hasta ahora. Que esa niñez pasada que va a venir sea digna de nostalgia.
¡Pero, ojo! Nada de reivindicar el pasado. El pasado siempre fue peor, no lo dudes. Vos dirás que digo esto porque no estoy viendo la imagen que tengo en tu presente, con el pelo impesablemente canoso y una panza demasiado abultada para un cuerpo siempre flaco. ¡Te apuesto lo que quieras que todavía tengo muchísimo pelo!. ¿O estoy muerto? Si es así, se daría una situación muy paradójica porque no quiero que esto te traiga tristeza, pero a la vez ¡espero que estés triste! Además, es muy loco porque, contrariando al gran René, del hecho de que ahora esté pensando, no se desprendería mi existencia : “Pienso, luego no existo”. Igual estaría muy feliz si no entendés este chascarrillo filosófico porque esto significaría que no te perdiste como yo en el camino de los infelices.
Me pide tu vieja que te deje un mensaje. No me gusta mucho la idea, porque ante estos pedidos uno se vuelve sentencioso y cursi. Pero bueno, hay que darle un cierre a esto y lo voy a hacer con un consejo que por ahí te suena extraño. Pero no importa, escuchalo lo mismo. Me gustaría que no seas un hombre de principios. Que hayamos podido en estos dieciocho años que vendrán haber logrado que te alejes de la imagen de las personas que se manejan por certezas; que luchan y mueren por certezas. Prefería en cambio que fueras un hombre de ideas, de esas que pueden variarse, cambiarse, abandonarse, recuperarse años después. Y no que mueras por ellas, sino que vivas con ellas. Los principios son demasiado rígidos como para adaptarse a este vertiginoso y exuberante mundo. Casuismo en vez de normas, situacionismo en vez de imperativos, flexibilidad en vez de rigidez: ideas en vez de principios.
Bueno viejo, basta. Ya me puse en predicador. Diría que lo hago porque en definitiva es lo único que te voy a dejar. Pero no, no voy a ser tan afectado: voy a laburar para dejarte tres locales en el centro, dos departamentos y algún fondo de comercio rentable. ¡Esa...!, ¡esa será mi única herencia!
Te queremos mucho, a pesar de lo mucho que nos hiciste renegar en esa adolescencia que todavía no llegó.