domingo, 24 de febrero de 2008

"MORTEN, ES EL DIOS DE ANTES"

Mi carácter de gourmet no lo descubrí de golpe y porrazo. Fue algo paulatino. Y nada tuvo que ver el refinamiento del gusto a través de la experimentación culinaria. No. Me fui haciendo "negativamente", por comparación con la incapacidad ajena. Recibiendo recomendaciones de restaurantes que no superarían la aprobación de ninguna institución bromatológica, escuchando descripciones embelesadas de platos sólo atribuíbles a una humillante sencillez gustativa, a una ambición nula de superación personal del arte de comer. Así de a poco me fui dando cuenta de que, no por análisis, sino por mero contraste, me había convertido en un referente válido a la hora de decir qué es bueno y qué no lo es en las obras que resultan de las cocinas. Algo por el estilo con relación a la calificación de la existencia. Muchas veces me he preguntado cuál sería el motivo que llevaría a una importante porción de las personas a considerar la vida como algo apreciable en algún sentido. Pues según surge de los dichos de casi todos cuantos son cuestionados al respecto, este pasaje finito en el que aparecemos sin pedirlo, estaría, con algunos detalles perfectibles, más o menos bien. Frunzo el entrecejo, pongo una cara mezcla de odio y perplejidad, aprieto bien fuerte y al tiempo mandíbula y puños y pregunto al cielo: "¿¡Más o menos bien!?, ¿¡Más o menos bien!?" ¡Más o menos bien, claro!. Exceptuando el detalle de los niños padeciendo cáncer y sufrimientos varios; dejando de lado el sometimiento de nuestro cuerpo a la causalidad física, que arrastra y hace impactar las bolsas de compuestos semilíquidos que somos, unas contra otras, contra objetos contundentes, dibujando en el tiempo una variedad impensable de accidentes; haciendo caso omiso de la ineficaz mecánica de la naturaleza, que no pudo concebir un modo más perverso de suplir de proteínas a las máquinas vitales que disponiendo herramientas como dientes y uñas, para permitir desgarrarlas directamente de la carne de otras máquinas vitales. Sí, es cierto. Salvo todo esto, la vida está más o menos bien. No existen muchos modos de encontrar belleza, se me ocurre, ante una montaña de cadáveres, más que siendo perverso o ciego. Y como no creo que lo que mueva a las personas en general sea la perversidad, habrá que explicar el juicio positivo acerca de esta exhibición de sufrimientos a través de la ceguera. Se pondera la comida de mamá tanto más cuanto menos se ha probado la cocina de autor. Y no sólo por no contar con punto de comparación, sino porque se come sin exigir, sin preguntar y por costumbre. Así gusta la vida: porque no se le exige, no se le pregunta y por costumbre. Hoy la edición de la revista "Viva", que acompaña al gran diario argentino todos los domingos, no atreviéndose a publicar como alguna vez lo hizo el diario crónica "HOY NO PASÓ NADA", presentó una nota titulada "Ser feliz" (material de parrilla orgulloso, pues le llegó el momento de ser tapa). Cincuenta personalidades de la argentina listan cinco acciones que condensarían la fórmula de la felicidad. Doscientas cincuenta respuestas y, sin embargo, la posibilidad de una muestra representativa en sólo cinco: ENAMORARSE; TENER UN HIJO, DEJAR ALGUNA FORMA DE TRASCENDENCIA; VIAJAR A ALGÚN LUGAR EXÓTICO; COMER, BESAR Y REÍRSE MUCHO; Y COMPROMETERSE CON UNA CAUSA NOBLE. Toda esperanza, dice Dolina, es una desilusión. Inevitablemente. Enamorarse, entonces es, más que un acto que procuraría la felicidad, la fórmula segura para la congoja y el dolor. Porque en el futuro siempre está la muerte. La muerte del amor, o de las personas que lo encarnan. Lo mismo para tener un hijo, la proyección de la esperanza por excelencia. Durante toda la vida me cansé de leer y de escuchar que la dicha y la paternidad eran casi sinónimos. Y si bien amo a los míos - o quizás justo por eso - comenzó con su nacimiento mi peor etapa en la vida. Porque el nacimiento de los hijos nos vuelve vulnerables: ellos también pueden morir, son mortales, desde el mismo momento en que nacen y eso parece no ser comprendido por los mentores de la trascendencia, quienes insisten en su convicción no razonada creyendo encontrar elementos de prueba a su favor en el anecdótico hecho de que las estadísticas indican que los padres mueren antes que los hijos. Pero las estadísticas se acaban en el caso. Comer, besar, reirse mucho y viajar son formas del olvido; suspenden la reflexión. Son un engaño de la Voluntad, son la hipnósis de la Voluntad. Son el hierro candente que ciega la verdad del mundo, la verdad de una lucha despiada y perpetua por la materia, sin principio ni fin, sin piedad ni compasión. Olvidamos con el placer de la comida, del sexo, de la risa. Viajamos para comer, tener sexo, y reir. Y el olvido no nos deja rememorar la visión espeluznante que encontramos al correr el telón del mundo. Las bambalinas satánicas que adivinamos cuando velamos el cuerpo sin vida de un ser querido... Queremos el amor de una mujer, la sonrisa de un hijo, el abrazo de un amigo y los traemos a nuestro mundo. Y no recordamos el futuro ineluctable (pues se puede recordar lo que ya está escrito): también ellos se desgarrarán perdiento el aliento, sufrirán dolores inimaginables, verán escurrirse las imágenes de su vida, monstruosamente, indignamente; también ellos yacerán en un ataud algún día, y crecerán sus uñas en sus manos muertas y la tersura de su piel será textura de gusanos. Y no puede ser consuelo pensar que moriremos antes, que nuestros ojos podrían no ver esta pútrida injusticia. Pues sucederá independientemente de nuestra percepción, más allá de nuestro saber, muy a pesar de nuestra inexistencia. Lo de comprometerse con una causa justa es hilarante. ¿Qué lo sería?, ¿Qué sería justo?, ¿lograr que menos gente sufra menos durante menos tiempo? (esa parece ser la fórmula de toda "causa justa". Pero nuestro mundo es tragedia - ¿No se llaman así a las obras donde al final los protagonistas mueren? - Y por mucho que trate uno de mitigar el dolor, la cuota parece ser fija: si no se paga de a poco, se paga toda al final. ¿Es posible hacer compatible la felicidad y la presencia de la muerte? No. A menos que uno sea un perverso, un ciego o un imbécil. Sólo una instancia cuyo poder venciera al morir podría otorgar el permiso para hablar de dichas y placeres. Y desde que no quedan más que sombras frías de un Dios reacio a exhibirse, la vida es un lugar demasiado hostil. La gente se conforma con poco en lo que se relaciona con el buen comer, con lo que debiera ser la vida y Dios, Dios ya no es el de antes. ¿Cómo ser feliz?

2 comentarios:

Luc dijo...

Por un momento pensé que pedían otro ataúd para Juanito. Porque el padre, Morten, Mikkel y el del babero circular lo iban a matar.
Creo que esa escena de "Ordet" de Dreyer aporta una clave: la felicidad está en la creación artística. "Ars longa (aeterna), vita brevis".
En nuestras creaciones artísticas podemos erradicar la muerte, e incluso como hizo Woody Allen en "Como acabar con I. Bergman": matarla. En ellas somos unos demiurgos caprichosos que podemos hacer "in fictio" todo lo que se nos ocurra.

Carolingio dijo...

Coincido con el caballero que me antecede en opinión; en la creación artista reside una de las formas de inmortalidad. Una inmortalidad, vale la pena aclararlo, sin demasiado provecho para el creador…

A la vez creo que el amor es otra forma de eternidad, pero no se me ocurrió (solamente) a mi:

Amar es perderse en el tiempo,
ser espejo entre espejos.
Es idolatría:
endiosar una criatura
y a lo que es temporal llamarlo eterno.
Todas las formas de carne
son hijas del tiempo,
simulacros.
El tiempo es el mal,
el instante
es la caída;
amar es despeñarse:
caer interminablemente,
nuestra pareja
es nuestro abismo.
El abrazo:
jeroglífico de la destrucción.
Lascivia: máscara de la muerte.

O. Paz

Que mejor forma de caer interminablemente (si es que tiene que haber una) que junto a la persona amada?