miércoles, 12 de marzo de 2008

Con las pancartas en el velorio

Entré al bar de la Shell y descubrí a mi mujer en una mesa contra la vidriera. Estaba llorando. Juan Michelis leía los mensajes de los televidentes en TN. -"La casilla está atorada. Son cientos las personas que quieren recordar a Jorge. `Se nos están muriendo los grandes´, dice Alberto de Córdoba. `El dolor es tremendo. Y el recuerdo de Mario viene enseguida a nuestra cabeza.´" La irremediabilidad de la muerte, el dolor profundo que provoca la muerte, la injusticia de la muerte, el sinsentido de la muerte; la bronca, la ira, el llanto, el asco, el espanto, el desgarro: la muerte. La muerte es pequeña, muy pequeña. Sólo se ve cuando está cerca. Cuando está lejos, si se llega a ver, no se siente. La televisión y los medios de comunicación nos acercan a personas que están distantes. Y por eso podemos ver a la muerte cuando los besa, los lame,con lascivia, pequeñita, agarrada del cuello. Y por eso la sentimos. Y lloramos. Aunque nunca hayamos tenido contacto con Jorge Guinzburg. El atanatósofo lleva prismáticos todo el tiempo. Nunca deja de ver a la muerte, por lejos que esté, por mucho que se esconda. El atanatósofo la percibe, la huele, la sabe omnipresente y nunca se distrae, nunca la olvida; la odia. Y no comprende la incapacidad de los otros para caer en la cuenta de su don para la ubicuidad. El atanatósofo advierte de su peligro, de su perseverante inminencia, de su perversa universalidad. Pero sus palabras son mudas y los oídos de los demás, sordos. Y sólo comienzan a escuchar su crujido cuando se acerca. Y sólo la ven cuando la tienen frente a frente. Y sólo allí conocen lo que el atanatósofo siempre supo. Como por un milagro, sus ojos se despejan, sus oídos se agudizan, su olfato describe imágenes: ven, oyen y huelen la única realidad definitiva, total. Las cosas y las personas se vuelven transparentes y la muerte no halla escondites. La apologética atanatosófica es un libro de imágenes para ciegos. Sólo la luz oscura que emana de ataúdes, de cadáveres, del contacto con el dolor, parece permitir la percepción de su contenido. Sólo con esa luz parece la mayoría poder ver lo que los ojos felinos del atanatósofo ven sin poder dejar de ver siempre. El único aspecto positivo de ver la muerte de cerca pudiera ser la consciencia pasajera de su existir. Ver la muerte nos hace más humanos, nos hace más atanatósofos: ver la muerte de cerca nos puede hacer desear ya no volver a verla. Y ese es el momento indicado para que la atanatosofía levante su bandera, despliegue sus pancartas. Para que el mundo vea su blanco sentido, que siempre, paradojalmente, resulta oscuro. Sirva su muerte, Sr. Guinzburg, para evitar que la muerte sea. In Memoriam Jorge Ariel Guinzburg (Buenos Aires, 3 de febrero de 1949 - † 12 de marzo de 2008)

6 comentarios:

fede dijo...

Vivo con cada hombre que vive; muero con cada hombre que muere...
Memento mori... Pienso en el día después de mi muerte, en el día en que no habrá pensamiento, el día en que no habrá nada... Pienso en los que afirman que han aprendido a aceptar la muerte. ¿Cómo pueden aceptar lo inconcebible? Pienso en el dolor de saber que otros hombres, más hombres que yo, ya han muerto... ¿Cómo es ese último instante? Pienso, pero no quiero pensar... Pienso en el que hoy murió, en el que ya no existe... el que ya es nada y para siempre...
Muero con cada hombre que muere.

Luc dijo...

En principio, destaco las hermosas palabras de Fede que me recuerdan a Unamuno y a Donne.
Luego, voy por Gualterio. Sé que su expresión no es distinta que la de Fede, no obstante, en la apologética atanatosófica parece esbozarse un culto de la muerte. Como los presidiarios que le rezan a la Parca. Ambos no la buscan pero la mientan constantemente para alejarla. Eso no se condice lo suficiente con mi ideal de vida, pero bueno... tampoco me gusta aceptar la muerte. Digamos que por momentos la odio, por momentos me resigno y por algunos segunditos la deseo. Pero en el fondo me encantaría que la atanatosofía alcanzase su ansiada superación (Aufhebung) ante la inmortalidad.

Calderondelabarca dijo...

Chicos....por qué no se van a tomar una estricnina con hielo al Cementerio Parque?
No creo que el estudio del misterio más insondable de la Humanidad esté absolutamente agotado...y de los más preparados como Uds esperamos luz y no tantas sombras...

fede dijo...

Luz cuando haya luz, don Calderón... En los días nublados uno debe cruzar las nubes para encontrar el sol. Acuérdese de Colón que puso proa al este, precisamente, porque iba muy, muy al oeste.

Además, nunca me gustó pescar en la pecera del cerebralismo, en donde uno engancha siempre lo que quiere porque primero lo puso ahí. Prefiero el río de mis pasiones, aunque de vez en cuando pique el zapato del desconsuelo.

Sé que estos dos argumentos constituyen una contradicción... Le regalo otra: la afirmación de que este opúsculo sí fue cerebral.

En un día más luminoso:
Yo.

Daniel dijo...

Mi padre decia " solo se vive una vez, pero si se hase bien, con una vez basta".

Nunca entendí del todo porque cuanto mas insignificante es alguien, yo por ejemplo, mas interesado esta en conservar su intrascendente existencia.

Mas que la inmortalidad yo quisiera conocer el secreto de una vida digna de ser vivida; quisiera un instante de eternidad como el que Fausto compro con el alma.

Creo que un lugar apropiado para esconder nuestra vergüenza por una vida insignificante, es el laboratorio donde se busca la receta del supositorio para la inmortalidad

Walter L. Doti dijo...

Una pena, Daniel, que ya no esté su padre para seguir dándole consejos.
Y mi vida es tan insignificante y vergonzosa que necesito algunos miles de años para redimirme.