lunes, 2 de junio de 2008

¡QUÉ ELEGANCIA LA DE FRANCIA!

Camiseta nueva, pantaloncitos reglamentarios igual que las medias y camiseta adentro del pantaloncito. Hasta botines sin estrenar. Y empieza el partido. Diez treintañeros con poco aire y con pocas piernas ya. Quince minutos para tocar dos veces la pelota y la transpiración dibujando en mi camiseta el mapa de una región volcánica en los primeros días de existencia de un planeta desconocido y hostil. Una media baja imitando un acordeón desinflado y el cordón desatado que piso irremediablemente para tropezar, mirarme el pié y putearlo como si el pobre tuviera la culpa. La respiración arrítmica, olor a transpiración. Escupo porque me ahogo pero la saliva no llega a salir del todo, babeándoseme la perilla. El pelo mojado y duro en la disposición en que se corta más corto en el estilo americano. Gotas de sudor caen por mis patillas trazando un cauce irregular y se encuentran en la papada en un gotón que tarda tanto en caer que parece que no va a hacerlo nunca. Resoplo mirando al techo del tinglado y cuando doy vuelta la cabeza lo veo a aquel otro. Igual de cansado, quizás con menos aire aún – ¡Si hace ocho años que no sale de su oficina! –. Transpira también (¿Cómo no va a transpirar?). Pero transpira prolijamente: un triangulito isósceles de humedad en el medio justo, exacto, de la remera. Le suda la cabeza también. Pero su exceso de aguas no se llega a ver: es absorbido silenciosamente por la bincha que mantiene su cabello compactamente peinado en la misma posición en que lo dejó antes de salir a la cancha. Igual que el pantaloncito, que sigue ahí reteniendo a la camiseta dentro de sí, con apenas un pliegue cayendo abuchonado alrededor de la cintura. Las medias no se bajan, pero si lo hacen parecen hacerlo plegándose sobre sí mismas, como si uno lo hiciera a propósito. Me mira y sonríe. De seguro ha reparado en esa mucosidad que no ha terminado de desprenderse de mi nariz y que la decora como una estalactita a una cueva. Le devuelvo la sonrisa: tampoco él parece poder retener su moqueo. En un gesto automático, y cada uno para hacerse cargo de la mirada ajena, apretamos los dos nuestra fosa nasal contraria y soplando fuerte queremos sacar de un golpe nuestra incomodidad colgante: la mía sale con un coágulo de sangre que me mancha la camiseta. ¿Dónde radica el secreto de la elegancia?, ¿por qué es imposible intentar emular a alguien elegante?. ¿Se trata de algo innato?. Pues nada parece tener que ver el dinero que uno tenga, ni el tiempo de que disponga, ni la preocupación que ponga en conseguirlo. Simplemente algunos son elegantes y otros no podemos serlo. Elegantes para caer, elegantes para comer, para vestir, para accidentarse e incluso para morir, algunos conservan la gracia en cada uno de sus actos. Otros no sabemos ser efectos: cualquier causa, por débil que fuera, genera en nosotros consecuencias desproporcionadas, asimétricas, desordenadas, extendidas en el espacio y en el tiempo mucho más allá de los límites de las fuerzas que las impulsan. Y no se trata tan sólo de torpeza o falta de gracia, pues la falta de elegancia va más allá de las reacciones voluntarias: se respira y se transpira poco elegantemente, se es empujado y se pierde el equilibrio poco elegantemente. Sin elegancia se presentan en nosotros los fenómenos corporales incontrolables y del mismo modo también vivenciamos cada cosa que deliberadamente intentamos hacer. Propongo quitarnos el monóculo, arrojar el bastón, recuperar nuestra posición encorvada al caminar y escupir tranquilos el carozo en la certeza de que caerá fuera del plato. Después de todo, como dijera Pitigrilli, la elegancia quizá sea puramente cuestión de esqueleto.

11 comentarios:

Idea dijo...

JaJa Buenísimo Walter, la respuesta es quizás como decía mi mamá: "lo que natura non da, salamanca non presta."

mamapi dijo...

Dominas con gran maestria, la descripcion de tu relato... maravilla de escritor.

Verdaderamente lo mejor de esta vida es amar y ser amado, el que lo probo.... lo sabe!!
Besos

cacho de pan dijo...

walter: hoy la elegancia clásica ha sufrido una gran pérdida. Uno de sus grandes propulsores, Ives Saint Laurent, ha muerto. Quizás usted tenga razón y de haberse apellidado San Lorenzo no hubiera podido mantener los calcetines en su sitio.

¡Cuántas letritas, qué castigo!
wlxoosvp

Walter L. Doti dijo...

Mire Usted, Don Cacho, que oportuno he estado para hacer este post.
Procuraré quitar el filtro ese de las letritas ni bien sepa cómo.

fede dijo...

Catástrofe climática en Londres: las aguas del Támesis se desbordan e invaden violentamente el estar de la mansión de Sir Hamilton, amenazando con destruir la casa.

Bernard, el octogenario mayordomo, se ve en la obligación de comunicar a Sir Hamilton del contratiempo. Tranquilamente, abre la puerta de la plácida sala de lectura y, sin perder su flema, anuncia:

"Sir Hamilton: el Támesis"

Walter L. Doti dijo...

Jua jua jua! ¡Muy bueno, Fede!

Calderondelabarca dijo...

Noté su prosa medio áspera , cascada.
Le pasó algo en la Garganta ?
Si es así, digale NO la polera y póngase un pañuelo al cuello. Es elegante como una Plantilla Victoriana. Engañe al Esqueleto.

Carolingio dijo...

Es un tema que mucho me traumó, ya que si algo no poseo, es elegancia. En cierto momento de mi vida me dió bronca y traté de impostarla: obviamente no funcionó y como en todos estos casos, a la no-elegancia se sumó el desagradable aspecto de lo impostado. Resultado: algo mucho peor que la primera instancia.

Ahora ya lo asumí. De hecho, me encontré peores falencias con las cuales torturarme.

fede dijo...

Estuve pensando y no estoy seguro de que la elegancia sea algo dado. Es más estoy mucho más cerca de creer que es una impostura, sólo que, como todo artificio, requiere de una gran maestría y talento para no quedar al desnudo. Wilde (cuando no) decía que el secreto del encanto estaba en ser absolutamente artificial sin que fuese notorio. Quizás la elegancia no sea nada más y nada menos que ejercer el buen gusto con un sobrio histrionismo.

Calderondelabarca dijo...

.
Tal vez no viene al caso, pero es ahora o nunca. Y de última , no importa.

Ud. sabe que , por su relato , parece que hubiera jugado toda la vida al fulbo?

Lo saliva Atte :

Calderón

Darth Tater dijo...

Hola,

Te encontré donde Odette y ahora que he leído tus posts impregnados de humor negro he quedado encantada... ¡además Borgiano! Y bueno, pues concuerdo con Fede en cuanto a Wilde... ¡y también me encantó lo de Sir Hamilton!

Saludos desde el nada-elegante-pero-sí-con-mucha-personalidad México, D.F.