sábado, 19 de julio de 2008

LAS LEYES DE LA VIDA

Ser en cada caso un Yo supone la necesidad de que haya, más allá de uno, un No-Yo. Somos en cada caso uno, porque existe un límite entre cada uno de nosotros y el resto de las cosas. Nuestra identidad, entonces, supone nuestro ser individuales, únicos. Para ser lo que somos y no otra cosa, para ser nosotros mismos, debemos estar separados del mundo: nuestra realidad se divide en un adentro propio y un afuera ajeno, hostil, que se presenta como resistencia, como oposición. Y así las cosas, la soledad se da como una condición ontológica, constitutiva, existencial; la soledad es requisito necesario para ser.
Sin embargo, esta pasión, esta condición impuesta, no supone sosiego. Es imposible vivir nuestra mismidad como un letargo plácido, pues la unidad que somos requiere de una constante interacción con el medio para perseverar en su ser. Y allí afuera hay otras unidades vitales, cada una sometida al mismo régimen y a la misma tendencia: sobrevivir. No solamente estamos solos, estamos solos en una guerra sin cuartel en la que fuerzas naturales y orgánicas se disputan la materia en que necesitan manifestarse.
Esta batalla anacoreta sería una faena destinada al fracaso de no existir un mecanismo que controlase la expresión física de los individuos. Hablamos de una institución de origen biológico y desarrollo cultural: la paternidad. El papel del padre supera al del mero progenitor. Ser padre es más que constituirse en causa eficiente de la constitución de un nuevo ser humano. Es otorgar nutrición y cuidado; es una adopción que subsana la soledad constitutiva del ser. El padre se asume como la luz que guía en un mundo de sombras. Proveedor, no sólo nos acerca materia para incrementar nuestra materia; es nuestro escudo ante los avances del mundo, nuestro representante ante las dificultades.
El padre además es oráculo de sus vástagos: responde dudas, desarticula incertidumbres. Entrega su vida por la de sus hijos; sus planes, para desplegar proyectos que no son suyos. Crecemos a la sombra de esa protección constante, sobrevivimos gracias a esa protección – que puede incluso ser encarnada por otros que nuestros antecesores biológicos. Tutor que endereza, que eleva; referencia última en la zozobra. El padre es puerto seguro, costa serena a la que arribar frente a una tormenta. Apoyo desinteresado, nutrido por la fuerza de los genes. Columna, arbotante. Los padres corren varios años a la par de los hijos antes de entregar la posta. Y la posta es una brújula.
Pero la evolución, que no juega el juego de la vida fuera de la edad reproductiva, un día de un golpe deshace la ilusión de la seguridad: mueren los padres y somos devueltos bruscamente al estado de soledad primigenio, al abandono constitutivo que nos es esencial. Y ya no hay control de la expresión física que somos, ni causa eficiente de nuestro ser a la que recurrir. No hay el que nutre, o cuida, o adopta. Ni luz en las sombras, ni provisión de materia. No hay escudo, ni representante, ni oráculo, ni mártir, ni protector, ni tutor, ni encargado. Ni puerto, ni costa, ni apoyo o columna o arbotante. No hay brújula.
Uno pasa a la primera línea del pelotón: lo siguen o lo seguirán los herederos de los cuidados perdidos. Y tiembla de miedo tanteando en la sombra la posibilidad de un puente para que otros no caigan al abismo. Las preguntas vienen ahora desde atrás y las respuestas de ninguna parte. Con mayor o menor fortuna se cuenta ahora con algunas armas, pero se tiene que asumir la sabiduría de saber cuándo y contra qué blandirlas.
La imaginación literaria y cinematográfica creó una estratagema para perpetuar la ilusión de la protección paternal: el tímido Clark Kent, víctima de un prematuro abandono, contaba con un registro completo de la mente de Kal-El, su padre. Así, como un fantasma, a través de una irregular pantalla creada por cristales, el anciano progenitor podía responder a todas las dudas que pudieran surgir a la atribulada mente del joven, aun habiendo desaparecido físicamente desde hacía ya años. Clark Kent podía contar eternamente con su padre: así cualquiera es Superman.

13 comentarios:

cacho de pan dijo...

no lo sé con certeza, pero casi podría asegurar que también superman, en cierto momento, tuvo que desoír o contrariar al padre.

nuestro papá, también virtual, es google: acierta y se equivoca con la misma inevitabilidad.

Fede dijo...

Ojalá todos los padres sean como usted los describe. Y ojalá todos los hijos sean capaces de valorar un buen padre.

Idea dijo...

Walter, sí, todos somos Superman, porque "El padre" si no está presente podemos inventarlo con lo que somos, que es también el puerto seguro al que siempre podremos llegar con sólo cerrar los ojos y recordar. Tal vez haga falta un abrazo, pero yo puedo sentir el calor la ternura cuando apelo a la memoria.

Eugenia dijo...

Cómo me identifico con sus palabras, Walter. Coincido plenamente: el padre debiera ser la brújula, el sostén, el soporte...y cuando se pierde todo eso a uno edad temprana uno se siente verdaderamente perdido al principio, hasta encontrar el camino propio. Y lo peor es que no tenemos la palabra del que nos apoya incondicionalmente, uno está por su cuenta, SOLO.
Y pienso que luego me tocará a mí convertirme en brújula, y la sola idea de que mis hijos se sientan solos, desprotegidos, me aterra: es ahí cuando pienso que sobrevendrá el miedo a la muerte, porque no quisiera que mis hijos pasen por lo mismo: quisiera ser brújula, sostén y apoyo hasta que ellos hayan encontrado su propio camino.
Yo también apelo al recuerdo de mi papá y es un puerto seguro al que recurro siempre...pero cómo hace falta esa mano suya sobre el hombro por última vez, cómo hacen falta esas últimas palabras que no tuve la oportunidad de escuchar.
Expuestas estas razones, creo que queda claro por qué me produjo un poco de envidia cuando vi a Superman.

Besos.

Luc dijo...

Este post casi logra deprimirme... así que

OOOOOOOOSSSSSSSOoooooo!!!

Ahí está, esquivé la depresión. Voy de nuevo.

Mire no sé, los progenitores son muy importantes en los primeros años de vida. Pero luego deberían ser menos importantes, no afectivamente sino en lo vital. Creo que tal como Ud. los describe es una inmensa responsabilidad para quien ocupe tal rol y una dependencia suprema para el hijo.

Brindo por los buenos padres, pero brindo aún con una sonrisa por la humanidad que no necesita un Superman sino que puede contar con un amplio entorno de personas a quién acudir/consultar.

Abrazo

Calderondelabarca dijo...

Lo que Ud. ha descripto son los Padres por antonomasia .
Serían la antípoda de lo que constituiría un estado de total orfandad.
Entre ambos puntos de referencia hay innumerable cantidad de graduaciones en los que encaja cada caso en particular. Me parece que el punto máximo es casi imposible de lograr y responde a una visión idealizada que no observamos en la realidad.
Buenos padres no garantizan buenas personas ; pero aumentan las probabilidades que lo sean. Como Luc , no creo en que deba exigírseles ser un Faro a tiempo completo, sino que tengan la lucidez de distinguir en que etapa de la vida de sus hijos no pueden faltar.

Oliver Twister dijo...

No leí todo el artículo porque me aburrí. Pero quiero que todos sepan que mi papá, así a grandes rasgos, es un buen tipo y le tengo aprecio.

Saludos.

cacho de pan dijo...

la música de hoy, muy marchosa, me gusta...usted está así?

Walter L. Doti dijo...

Yo, Cacho, SOY así.

cacho de pan dijo...

Otra razón más para comprar...si es que sigue en venta.

Un poco de Honestidad dijo...

Walter, pase a saludar nomas, muy bueno el articulo.

saludos

luiS tArrio dijo...

a mI mE gusTa baTman quE nO tiEne padrE, estOy mUy piRuchi?

Humanoide dijo...

Conmovedor el origen de superman.
Ni hablar.