miércoles, 19 de noviembre de 2008

7 MARES

En la habitación del fondo, en el placard, dentro de una prolija funda naranja que antes fuera mantel. Allí guardaba mi abuela la Noblex 7 Mares. Botonera, seis bandas, oronda antena telescópica y tapa protectora con elegante mapa de usos horarios. “¡No toque, eh!” Tarde de torta negra, té y pedidos de silencio: “¡Shhh!” El cuerpo reclinado sobre la mesa y la oreja pegada al parlante para encontrar entre interferencias y ruidos molestos el eco de una voz que la transportara de nuevo a su tierra, lejana en el espacio y en el tiempo. El indicador largo recorriendo el dial de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, timoneado con habilidad, con la puntita de la lengua afuera para lograr precisión. Dos centímetros de trayecto podían llevarte de viaje por seis países europeos y dos distantes territorios asiáticos. El asunto requería cuidado y precisión.
- ¡Slishno!, ¡Eto ruski! Noticiero.
En el momento en que se lograba la sintonía no se podía pensar en hacer ni un solo ruidito. Nada. Yo dejaba de jugar: comprendía el ritual y su importancia. Me parecía suficiente fortuna poder ver a mis abuelos escuchar la radio. El crepitar que aparece cuando no se logra sintonía me lo imaginaba como el fluir de un líquido espeso; y las voces que iban apareciendo pálidamente, me traían las imágenes de una persona saliendo de aquella agua turbia y revuelta.
Una vez al mes, mis abuelos viajaban hasta la ciudad vecina para cobrar su jubilación y aprovechaban para quedarse un par de días en lo de la tía Olga. Aunque yo me quedaba en casa con mamá, esos días mis viajes eran más largos. Descubrí que antes de irse, la abuela guardaba la llave del placard dentro de una cajita de música que a su vez ocultaba debajo de un par de medias de nylon hechas un bollo en el cajón de la cómoda. Entonces esperaba con impaciencia la llegada de la noche; que papá se pusiera a ver la tele y mamá a cocinar. Y como si fuera una misión de espionaje, me metía en la habitación de los abuelos y revolvía la cómoda para dar con esa llave. Abría el placard despacito y allí estaba, en su funda naranja, la 7 Mares prohibida. El truco de ponerla bajo una campera de seguro no era tan efectivo como subirla hasta mi cuarto mientras no hubiera cortes publicitarios en la tele. No me dejaban enchufar cosas, pero no tenía forma de conseguir las doce pilas grandes que la radio necesitaba. Con cuidado constataba que se encendiera y corría a apagar la luz.
A oscuras, con la única luz del led indicador de encendido, comenzaba mi aventura. Primero seleccionar la onda adecuada, descartando las que me devolvían palabras que podía entender. Después ponerme cómodo en el piso, acostado boca abajo apoyándome en los codos. Y como si necesitara aún más oscuridad, cerrar los ojos y disponerme a imaginar: entre silbidos de interferencias y truenos de descargas eléctricas, palabras extrañas con entonaciones aún más extrañas. Sonidos que se adivinaban música y desaparecían pisados por una voz en alemán, o en sueco, o en húngaro. La BBC imponiéndose sobre todas las demás, con un inglés tan claro que casi se podía comprender sin saber nada, pero nada, nada de inglés. De pronto silencio abrupto. De pronto, los ensordecedores motores de una nave espacial y tener que tantear rápidamente la perilla del volumen, confundiéndola casi siempre con el regulador de graves que estaba al lado. Buscaba algún misterio, uno cualquiera. Era tan raro todo que seguramente en cualquier momento surgiría algún hecho inexplicable. Y esa sensación me llenaba de un miedo indescriptible, un miedo que me conectaba con la raíz profunda y verdadera del miedo. Que me hacía entender cómo sentían el miedo las personas antes de haber podido dar alguna explicación al amenazante mundo: el miedo que pudo haber sentido un hombre desamparado ante un trueno en el principio de los tiempos. Y esas voces imposibles, lejanas, sonando preocupadas, serias; dándome dimensión de las distancias, de las diferencias, de la inmensidad del mundo y de mi pequeñez.
La luz anaranjada de la mañana se filtraba por entre las cortinas y me acariciaba la cara. Me levantaba dolorido después de varias horas sobre la alfombra. La radio ya no estaba. No me atrevía a preguntar qué había pasado con ella, quién se la había llevado: si no había sido mamá, podría quedar en evidencia. Lo cierto es que todos los meses la Noblex volvía a estar ahí, en su cárcel naranja de tela, esperando mi rescate.

19 comentarios:

Idea dijo...

Walter, maravilloso viaje de la memoria a la infancia, esa edad en la que es posible ser feliz sin ser culpable.
¿Cuándo publica sus memorias?

Darth Tater dijo...

... pensar que ahora tenemos el Internet ¡y el Google traductor!...

EGO dijo...

Jo! que bonito. Estar lejos nunca ha sido fácil. Y antes no teníamos esto del internet.
Lindos recuerdos...
Un saludo

Lutsek dijo...

No sé cuánto haya de biográfico. Pero independientemente de eso está conmovedoramente narrado.
Si es verídico quizás sea una buena explicación para su facilidad con los idiomas.

Un abrazo

Anónimo dijo...

Practicabas una actividad que hace poco me enteré que se llama diexismo (distancia x),y que consiste en escuchar emisoras distantes. Se organizan concursos y hasta se forman clubes. Dentro de poco publicaré en mi blog circuitos de radios muy elementales e inventos varios. Un saludo.

Walter L. Doti dijo...

Gracias a todos por los comentarios. Hay en el relato algo de autobiográfico y algo de ficticio. Pero lo cierto es que ayer, motivado por este post, mi papá encontró la dichosa transoceánica y me la llevé para casa. Mis chicos estuvieron felices de poder ponerse al mando de lo que consideraban un aparato prehistórico. Claro que, curados de espanto con el uso de internet, el entretenimieto les duró poco. Al ratito se cansaron de la inefectividad del receptor y uno se fue a ver los comentarios de su blog mientras la otra se puso un DVD de Barbie y pidió que la dejara sola.
El niño que yo fui y los niños que ellos son, no parecen tener mucho en común.


Anónimo: Por favor, cuando tenga su blog, pásese de nuevo así lo linkeamos. ¿Diexismo? Mirá vos...

cacho de pan dijo...

narra usted muy, pero que muy bien, estimado Dotti.
A quién le importa si es real o inventado?

•María Laura• dijo...

Como todo hombre...sos previsible :P
Tenia la sospecha que ibas a acotar algo acerca de "las 4 patas"

Mi viejo hace mil años tb tenia una radio parecida, que mi media hermana bautizó tirando al inodoro.

Consejo: abajo de cada post deberias poner un resumen (para los que no nos gusta leer tanto)jaja

•María Laura• dijo...

Ahora (con el comentario anonimo)me acorde que con una amiga a la noche escuchabamos radios extranjeras...japonesas, chinas, coreanas..o vaya a saber que idioma era.
Me parecia increible poder escuchar, en ese mismo instante, lo que hablaba un tipo en el otro lado del mundo.

Morgenrot dijo...

Mi admirado Walter,

He disfrutado como una niña con el relato, y es que creo que aún tengo mucho de la niña que fuí y también guardo gran memoria de mi infancia.

Me he reído con la ceremonia y el "nada de ruidito" como si lo estuviera viviendo. El tomar las llaves guardadas de la abuela y encender la máquina milagrosa debía ser toda una experiencia; lo del miedo a lo desconocido, pero sin embargo, hacerlo , es muy de niños.

Pienso que tampoco mis niños se parecen mucho a mí cuando era pequeña, con excepción de uno de éllos, el que siempre jugaba sólo, y si no encontraba nada, jugaba con las manos - exactamente igual que yo- . Él tiene ahora dieciocho años, y es que fuí una madre demasiado joven. Ahora estudia Filosofía, lo que siempre le atrajo, como a su madre, aunque yo me decantara por las leyes y estudié derecho.

Su cordial admiradora

Julián dijo...

No me acuerdo mucho. Pero la intención es lo que cuenta, sos un tipo tierno y seguro te va a ir bastante importante en la vida, como esas cosas que se van alcanzando de a poquito y hay gente que se reúne a brindar. No hay que alarmarse, prácticamente es eso nomás, no hay demasiado para ver para los que no quieren ver. Pero sí, te felicito y "cof, cof" Melanie Klein

Fogel dijo...

Walter, coincido con don cacho de pan, tenes uñas pa'guitarrero. Lástima lo que nos cuenta de sus hijos, los mios en cambio, disfrutaron mucho de la gloriosa "siete mares" que guardaba mi madre como una reliquia, la desarmaron integra y ceremoniosamente, pieza por pieza.

Daniel Rico dijo...

Muy bueno Walther.

Cuando yo tenia 11 o 12 años, no me acuerdo bien, escuchaba Radio Moscu de madrugada, claro que transmitian en castellano. Estaba en la banda de onda corta, ¿seguira estando?.
Recuerdo que transmitian las galas del Bolshoy.
De dia no se escuchaba bien, se ve que disminuia la propagacion.

Muchos saludos.

Morocho dijo...

A un amigo le ha inspirado un corto audiovisual de proxima realizacion.
Van a tener que negociar los derechos.

Yo insisto siempre en que Ud debe publicar en el mundo real pero tal vez su futuro este en los guiones...
Que mejor manera de ser inmortal que por medio de lo audiovisual.

Leonardo dijo...

Mi viejo tiene una 7 mares. Desde hace un par de años está sin uso por problemas en los potenciómetros, pero qué linda radio.

Anónimo dijo...

Hermano...lloro como niño sin consuelo mientras leo tu relato. Experiencia muy similar he tenido con la famosa "7 Mares". No puedo parar de llorar...un abrazo!

Emilio Eduardo dijo...

Hoy 3 de Enero, por casualidad encuentro este relato muy bien redactado , que emociona , pero hay algo para corregir , solo son 6 pilas tipo D , y no tiene Led , solo 2 mini-lamparas en los bordes del cuadrante del dial. Tengo el modelo NT-118 , sin FM , que aun funciona a la perfección . Y esta toda original .

Anónimo dijo...

Me compre una usada y es hermosa, agarro muchas estaciones de todo el mundo (bajo determinadas condiciones atmosfericas) y creéme que puedo imaginarme este relato esuchandola. Felicitaciones!

Anónimo dijo...

Tengo una para vender interesados llamar (2284422217 fijo) (olavarria) perfecto estado y funcionamiento.