jueves, 27 de marzo de 2008

Voyage, Voyage

Sólo una cosa me provoca más placer que viajar: la sensación del viaje inminente. El que espera desespera, pero cuando la espera se da en un aeropuerto, se convierte en gozo completo. En el aeropuerto el pasado, con todas sus cargas, se borra; el presente se eterniza, porque no se quiere abandonar; y el futuro inminente, plagado de emociones soñadas, es tan denso que no deja ver la luz oscura que siempre ilumina al futuro lejano. El ambiente de las estaciones aéreas es siempre de una tranquilidad, un refinamiento y una seguridad impensables en el mundo real. Todos visten bien, todos se esfuerzan por mostrarse educados y la gran mayoría se siente feliz. Abunda el dinero y quien más, quien menos, todos pueden sucumbir a la tentación de hacer algún gasto que alimente su hedonismo por un rato. Se piensa en lo que viene y - si se olvida el miedo de volar - no puede dejar de esbozarse una sonrisa. Todos en el aeropuerto llevan puesta una sonrisa. ¿Volveré a sentir esa sensación alguna vez?

sábado, 22 de marzo de 2008

PARA EL PUEBLO LO QUE ES DEL PUEBLO

Habida cuenta de la notable merma de visitas en el blog en las últimas jornadas, de los escasos comentarios que se notan casi obligados (los cuales agradezco) y de una denunciada y asumida reiteración de tópicos radicalmente pesimistas que no dejan demasiado lugar al comentario, vaya este demagógico y soberbio PAR DE TETAS. Sin más, saludo a Ustedes con las muestras de mi mayor consideración y respeto.

viernes, 21 de marzo de 2008

NOTICIAS REILUSTRADAS

CLARIN Viernes 21 Marzo 2008 LA FALTA DE CARNE SE EMPEZÓ A SENTIR EN LOS SUPER CHINOS

jueves, 20 de marzo de 2008

LA VIDA COMO OREJA DE SORDO

"Una generación desaparece, otra la sigue para a su vez desaparecer. En vano aguardamos que suceda algo nuevo por lo cual finalmente esta inquietud encuentre su conclusión; todo lo que sucede, sucede sólo con el fin de que nuevamente pueda suceder otra cosa, que a su vez, yendo hacia otra, transcurre en el pasado; así, en el fondo, todo sucede en vano, y en cada obrar, en cada fatiga y trabajo del hombre no hay sino vanidad: todo es vano, ya que es vano todo lo que carece de un verdadero fin." F.W.J. Schelling; Filosophie der Offenbarung, en Sämmtliche Werke

GRAN BAILE EN APOYO A LA INDEPENDENCIA DE GAMBIA

Es un problema de relojería. Las Universidades argentinas atrasan. Basta llegar hasta la esquina de la sede de alguna casa de altos estudios para que, de súbito, las imágenes que empezamos a ver nos sitúen en otro tiempo. Bolso y pulover peruano tan a la moda, banda sonora de novedoso rock sinfónico, comentarios de adoración por lo nuevo del cine:"¡Kubrik es un maestro!". Una chica por allí que juega a ser "La Maga". Un muchachito con la cara sucia de pelos grita la disyuntiva de la liberación o la dependencia. El Che, Paulo Freire, el Mayo Francés, Foucault, Lacan. Tanto fijismo es sospechoso. ¿Que no ha pasado nada en 40 años? La Universidad, pensada como fábrica de libros, funciona como fotocopiadora. Estamos de acuerdo respecto a la validez de todos estos ideales. ¿Pero qué hay de su vigencia? Mirar para atrás impide mirar para adelante (Bueno, no en los animales destinados a ser presas). Es un problema de relojería. Las Universidades argentinas atrasan.

lunes, 17 de marzo de 2008

GORDO MACANUDO

El rey Midas le preguntó al Sileno, qué era preferible por encima de cualquier cosa: "Miserable raza de un día, hijos del azar y de la fatiga, ¿por qué me fuerzas a decirte aquello cuya ignorancia sería para ti lo más valioso? Lo mejor de todo es para ti totalmente inalcanzable: no haber nacido, no ser, ser nada. Lo segundo - morir pronto."

sábado, 15 de marzo de 2008

¡NO TE JUNTES CON ESTA CHUSMA!

Hay un límite infranqueable para la tolerancia y la amplitud que pregonan tener los intelectuales: la música de bailanta y el humor chabacano. Bien pueden aceptar - esgrimiendo relativismo cultural, perspectivismo axiológico o sindiásmica general - que una persona sea lapidada en Medio Oriente por interrumpir el discurso de un lider religioso, o que en la pretensión de controlar la natalidad creciente, las niñas sean arrojadas en depósitos de humanidad excedente en China. Sin embargo, todo tiene coto. Hay una restricción inevitable en el listado a que autoriza el eclecticismo manifiesto. Estoy cansado de enterarme, una y otra vez, que proto señores con polera y anteojitos escuchan "De todo. SALVO bailanta." Me pregunto por qué la amplitud disminuye al chocar con la puerta de Maremoto. Me respondo que debe haber mucho de desprecio social en el asunto, que aceptar que a uno se le mueven solas las piernas al escuchar el "Bombón Asesino" debe dejar muy poco claro al mundo que uno no es de "esos". Creo que ese límite que nos preocupamos por dejar bien subrayado revela lo peor de nosotros. Revela nuestra frivolidad, nuestra hipocresía, nuestra jactancia, nuestro fascismo menos morigerado, nuestra discriminación más cruda. Lo siento igual de ofensivo que cuando se enumeran las penas que habría que aplicar (que la clase media tendría que aplicar) a las clases bajas (a esos "negros de mierda", según decimos todos cuando nos molesta algo que hace alguien no tan bien vestido); igual de ofensivo que cuando nos quejamos de que la Secretaría de Turismo no se preocupó por limitar el ingreso de un turismo "de cuarta". La conciencia no nos permite aceptar estas razones, y nos llena la boca de justificaciones relacionadas con supuestos parámetros artísticos. La que primero llega a mover la lengua habla de que la cumbia "son cuatro acordes" o que las melodías son de una pobreza insoportable. Sin embargo, quizás sean menos los acordes y casi inexistentes los dibujos sobre el ritmo en otros géneros que gozan de mayor prestigio social. Nadie hace salvedades respecto de la música electrónica. Puede que tampoco les guste, pero nadie deja explícito este hecho después de ser cuestionado por sus preferencias. Y no hace falta que se mencione a la bailanta en la pregunta, para que su exclusión aparezca en la respuesta. Creo que los psicólogos llaman a esto "denegación". Yo quisiera que se me respondiera qué clase de música podría ser mejor para bailar en una fiesta de quince, o en año nuevo, o como la banda sonora de un día de mucha alegría, un día en que pudiéramos gozar del hecho mismo de, simplemente, seguir vivos. Si aceptamos la (discutible) hipótesis de que la mayor complejidad es sinónimo de mayor calidad en las artes, quizás en el contraste directo con las armonías que tiene el jazz, o con las melodías de Piazzola, la cumbia salga perdiendo. Pero no me deja de gustar el pan con manteca porque haya descubierto el sexo. Cada cosa debiera ser juzgada en relación a otras de su género, pues así se ponderaría su valor formal. Sería legítimo sostener, por ejemplo, que "Tonta" no es tan divertida como "Qué tendrá el petiso", pero no que "Violeta" no tiene nada que hacer comparada con el "Réquiem" de Mozart. Los géneros son inconmensurables entre sí; y cuando sentimos el impulso de hacer este tipo de mediciones cualitativas, lo que comparamos son los contextos sociales asociados a aquellas expresiones, para dejar bien establecido que no pertenecemos a la chusma. Y por supuesto, no solamente afirmamos nuestra identidad social a través de nuestros desprecios por las manifestaciones culturales de "los otros", también hacemos un esfuerzo por construir nuestro status intelectual en el rechazo de los aspectos donde detectamos que se asentaría la inteligencia. Uno de estos aspectos es el humor. Se supone que la hilaridad es el resultado de una elaboración intelectual y que para que algo cause gracia debe ser fruto de una complejización intelectiva. Las guerras de tortas parecen destruir el supuesto. Tal vez esta falsa hipótesis nazca de una particularidad que el humor comparte con el género policial: se trata de expresiones que requieren sorpresa para lograr efectividad. Así, la repetición es inaceptable y los cerebros dedicados a generar suspenso o risas deben ensayar constantemente nuevos giros y vueltas de tuerca. Pero esto no quiere decir que nuevas formas simples o antiguas fórmulas elementales en nuevas presentaciones no causen gracia o no produzcan intriga. El humor chabacano, por ejemplo, es un caso. Solemos mordernos el labio inferior a la vez que negamos con la cabeza cuando nos hallamos frente a un espectáculo donde abunda el recurso a lo escatológico. Nos quejamos de haber pagado una entrada para ver y escuchar algo tan obvio y poco inteligente. Ponemos cara de odio mientras los otros se descostillan. Pero no queremos ser como los otros: vamos a la Universidad, leemos libros, no vemos T.V. (sólo lo hacemos si hay películas coreanas), tenemos un espíritu crítico y somos más conscientes del mundo donde estamos parados que la plebe, ¿Cómo reírnos de lo mismo que ellos se ríen?, ¿cómo no poner a la vista de todos y de nosotros mismos el hecho de que estamos por encima?. Pero estas vías de consolidación yóica que hacen pié en la cabeza de los otros, en el rechazo de aquello con lo cual no queremos que se nos confunda, no nos permiten más que crear máscaras que ocultan nuestro verdadero rostro: el rostro que se llena de gozo cuando danza pasos alocados en la fiesta de egresados, el rostro del que brota la carcajada caudalosa cuando la vieja pisa la cáscara de banana. Todos coinciden en que para disfrutar lo bueno debe existir lo malo; que para que River exista, debe continuar la historia de Boca y que para haya algo que se llame noche, el cielo debe a veces aclararse. Entonces, para que se recorte un YO, un NO YO deberá demilitarse. Así parece que nos constituiríamos como los que (en cada caso) somos, a partir de separarnos de los que no queremos ser. Sin embargo, hablaría muy bien de nosotros que el patrón de medida de esa distinción tendiera a evitar los fuertes y desagradables componentes clasistas.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Con las pancartas en el velorio

Entré al bar de la Shell y descubrí a mi mujer en una mesa contra la vidriera. Estaba llorando. Juan Michelis leía los mensajes de los televidentes en TN. -"La casilla está atorada. Son cientos las personas que quieren recordar a Jorge. `Se nos están muriendo los grandes´, dice Alberto de Córdoba. `El dolor es tremendo. Y el recuerdo de Mario viene enseguida a nuestra cabeza.´" La irremediabilidad de la muerte, el dolor profundo que provoca la muerte, la injusticia de la muerte, el sinsentido de la muerte; la bronca, la ira, el llanto, el asco, el espanto, el desgarro: la muerte. La muerte es pequeña, muy pequeña. Sólo se ve cuando está cerca. Cuando está lejos, si se llega a ver, no se siente. La televisión y los medios de comunicación nos acercan a personas que están distantes. Y por eso podemos ver a la muerte cuando los besa, los lame,con lascivia, pequeñita, agarrada del cuello. Y por eso la sentimos. Y lloramos. Aunque nunca hayamos tenido contacto con Jorge Guinzburg. El atanatósofo lleva prismáticos todo el tiempo. Nunca deja de ver a la muerte, por lejos que esté, por mucho que se esconda. El atanatósofo la percibe, la huele, la sabe omnipresente y nunca se distrae, nunca la olvida; la odia. Y no comprende la incapacidad de los otros para caer en la cuenta de su don para la ubicuidad. El atanatósofo advierte de su peligro, de su perseverante inminencia, de su perversa universalidad. Pero sus palabras son mudas y los oídos de los demás, sordos. Y sólo comienzan a escuchar su crujido cuando se acerca. Y sólo la ven cuando la tienen frente a frente. Y sólo allí conocen lo que el atanatósofo siempre supo. Como por un milagro, sus ojos se despejan, sus oídos se agudizan, su olfato describe imágenes: ven, oyen y huelen la única realidad definitiva, total. Las cosas y las personas se vuelven transparentes y la muerte no halla escondites. La apologética atanatosófica es un libro de imágenes para ciegos. Sólo la luz oscura que emana de ataúdes, de cadáveres, del contacto con el dolor, parece permitir la percepción de su contenido. Sólo con esa luz parece la mayoría poder ver lo que los ojos felinos del atanatósofo ven sin poder dejar de ver siempre. El único aspecto positivo de ver la muerte de cerca pudiera ser la consciencia pasajera de su existir. Ver la muerte nos hace más humanos, nos hace más atanatósofos: ver la muerte de cerca nos puede hacer desear ya no volver a verla. Y ese es el momento indicado para que la atanatosofía levante su bandera, despliegue sus pancartas. Para que el mundo vea su blanco sentido, que siempre, paradojalmente, resulta oscuro. Sirva su muerte, Sr. Guinzburg, para evitar que la muerte sea. In Memoriam Jorge Ariel Guinzburg (Buenos Aires, 3 de febrero de 1949 - † 12 de marzo de 2008)

lunes, 10 de marzo de 2008

Schopenhauer en la Cruz

Se supone que lo que uno escribe no es uno mismo. Sin embargo, ¿por qué es tan doloroso recibir críticas? Cuando eso me sucede a mí (cosa demasiado frecuente), no sólo me siento herido: me desmoralizo hasta la inacción. ¿Mi presupuesto será entonces erróneo? La cosa es extraña. Cuando uno relee algo que hace mucho ha escrito, no lo siente como propio, no siente que allí está uno. Pero si alguien denosta lo que lleva nuestra firma, no podemos sino percibir en ello un ataque personal. Los estados de ánimo que vienen después de la crítica siguen el derrotero de los cambios que suceden en uno frente a la muerte: negación, ira y depresión pero, finalmente lo que no suele surgir es la aceptación. Yo he sido capaz de abandonar una carrera sólo por el hecho de no recibir una calificación contundentemente positiva. Ni siquiera hablo de un aplazo. Y esto no porque estuviera preocupado por los promedios, sino porque me cuesta concebir que lo que hago no revista carácter de definitivo. ¿Para qué escribir si lo que uno expresa no es todo lo que se puede decir sobre una cuestión? Ya sé, me van a hablar de la imposibilidad del conocimiento absoluto, del perspectivismo, de la finitud humana. Ya sé, ya sé. Pero es justamente eso lo que me molesta. En ocasiones termino de escribir algo en el convencimiento de que si yo leyera lo mismo en algún libro de otro coincidiría plenamente y fin del asunto. Pero no, siempre hay algo más que decir; siempre hay alguien al que la cosa no le viene bien. Supongo que se trata de algo que trasciende a mi persona pues he hecho leer Schopenhauer a algunos amigos y terminan la lectura con cierta decepción. ¡A Schopenhauer! ¡Al tipo que me cambió la vida, al tipo que tiene razón en todo!. Es muy extraño. No logro comprenderlo. No doy con la clave del asunto. El sábado último hice leer a alguien el post "¡Animalito de Dios!", donde cito a Darwin en una carta donde desconfía de la bondad de Dios a causa de la crueldad que ve en la naturaleza. "-Mirá esta frase. ¿Genial, no?", subrayé. "Si vos lo d-cis", masculló mi interlocutor. ¿Cómo que si yo lo digo? ¡Lo dice Darwin! (No se apuren a detectar una falacia donde no la hay. El recurso ilegítimo a la autoridad se da cuando la persona de referencia NO es una autoridad.) La manía de la sospecha, la exigencia de la crítica, nos puede hacer perder la chance de encontrarnos con la verdad. El peligro de desconfiar sistemáticamente de los mesianismos es crucificar un día al Mesías verdadero.

sábado, 8 de marzo de 2008

¡ANIMALITO DE DIOS!

“No puedo persuadirme de que un Dios benevolente y omnipotente haya creado intencionadamente a los icneumónidos, con la intención expresa de que se alimenten de los cuerpos vivos de las orugas” Darwin

jueves, 6 de marzo de 2008

¡Atreyu!, ¡Atreyu!

Pues bien, contrariamente a lo que manifestara en algún post anterior, parece que armar este blog está, lenta y provisionalmente,adquiriendo algún sentido. Me gusta. Está muy bien que algunas personas con vastos territorios espirituales para recorrer se congreguen aquí virtualmente (sobre todo ahora que hay una fémina, para que esto no devenga abierta orgía). Voy a elogiar a mis conbloggers (atentos a este neologismo. No lo volveremos a leer jamás). De esto se trata todo esto. (En una librería de mala muerte. Rodrigo está sentado leyendo el diario en una de las mesas de la cafetería que se enreda con los libros. Llega Walter, sus rulos lo hacen gracioso para los demás y para sí mismo. Él lo sabe por lo que entra esbozando una sonrisa inexplicable para el público) -Rodrigo, ¿cómo andás? (Se dan la mano como adolescentes en los 90´s) -Bárbaro... -¿El almacén? ¿Lo compraste? -Y no, mirá... -Bien, bien. ¡Es lo mejor que te podía pasar! ¡Vos estás para otra cosa! Lucas E. M-----i no habiendo nacido en un mundo de sabios, no aceptando no haber nacido en un mundo de sabios, se empeña en crear uno. Donde es inútil escribir una novela porque para qué, él va y se la escribe. Completa. Hasta el final. La envía a un concurso. E intenta una filosofía donde nadie supone que pueda intentarse una filosofía. Y rompe con el estigma de que en el país sólo puede haber comentadores. Es criticado hasta la desmoralización. Pero, ¿alguien intentó una filosofía? La soberbia del que ni siquiera juega pero señala al que pierde, o al que va perdiendo. Lucas E. M------i es inventor. Inventó que un pasquín puede llevar un número mayor a 3. Inventó que una revista cultural puede ser interesante y puede ser hecha sin soberbia académica y no como un espacio de autocongratulación personal sino como una puerta al aprendizaje y a la sorpresa y no como un lugar de aplicación de lo aprendido en la última materia que sólo para uno es sorpresa, y no como la manifestación de una supuesta incomprensión del mundo que por eso no la sacamos más si total nadie lee nada en esta época sino aprendiendo de los errores sino cambiando todas las veces que hiciera falta sino creando un producto en serio de verdad auténtico. Federiolaapretadamente Fedesehizogenioporquelosadultoslereprochabannoserlo.cuandocreció,advirtióque,apesardelaexigencia,ningunodelosadultosacusadoresloera,einclusotampocopretendíanqueéllofueraverdaderamente.leinsistíansóloparahostigarlo.peroyaeraungenioylosgeniossonlosquelecorrenelveloalarealidadyvenlasbambalinasdelinfierno.asíqueporunajoditadesusmayoresfedecargaparasiempreconelinsoportablepesodelaverdad.todavíacreequeenestetrasladarlapesadamochilahaymérito,perocomienzaadvertirqueno.igualjustificasuposturaconeleganciaysinrazonamientosinválidos,porqueesungenio.perodebeestartristeysinoselenotaesporquelosgeniosbiensimulan.élintuyequeesungenio,peropormomentos,conociendosusfalenciasdesdedentro,piensaqueestáengañandoatodosconestaidea,yseconvenceasímismoysedeprimeportresdías.entoncesmiraaotrosgeniosavercómohacenylosquierecopiar.yloscopiaperfectoporqueesungenio.peroesmejorsuperfección.¡ay!eldíaquelosepa. Conozco una chica que se llama Carolingio. Carolingio es chiquitita. Pero descubrió un método para que no se note. Rápidísimo para ganarle al ojo y a la física se sube a sí misma hasta sesenta y ocho veces y cuando la ves es enorme, enorme, enorme. Carolingio es chiquitita pero le sobra altura. ¡Gracias amigos! Póngale nombre a esta nada, como Atreyu. (Fede y yo estamos intentando escribir "La Historia sin fin").

martes, 4 de marzo de 2008

La mirada as-tu-ta del gorila

Tanto desarrollo actual del marketing, tanto estudio de la publicidad; miles y miles de libros escarbando en los terrenos pétreos del inconsciente para encontrar las raíces del obrar, la capa sedimentaria donde descansan las motivaciones. Y nada, nada tan efectivo como los sistemas propagandísticos que desde los años treinta han inyectado su contenido en los cerebros de nuestros mayores; atravesando cuero cabelludo y hueso, hueso y meninges, hasta derramarse sobre la materia gris, a presión, a presión tan alta que los hace impactar y deformar el interior de las neuronas y modificar ideas y pareceres, apreciaciones, conductas. Uno habla con un señor de edad avanzada y, haya estado de acuerdo o no con los líderes políticos que se asomaban a los balcones del poder en su mocedad, el hombre le pinta a uno la realidad de un país que hoy se nos antoja extraña, alejada, ficticia o imposible. Se habla de la Argentina del mismo modo en que se describirían verbalmente los noticiosos que contaban en el cine los "Sucesos Argentinos", con la misma voz exageradamente nasal, pero sumando una añoranza tanguera, casi recitada; con la mirada perdida y levantando las cejas de un empujón, para que la cabeza caiga al aflojar, amortiguándose un sí leve de afirmación de la época dorada perdida. Escuchamos con aburrimiento el nivel comparativo de nuestras exportaciones en aquellos días, la organización y el orden social que permitían caminar por la calle con seguridad hasta cualquier hora. Una pausa parece acabar el discurso, pero es aire para seguir contando: el respeto, la industria, los ferrocarriles. Algunos ociosos estudiantes de historia extranjeros, muy probablemente para escapar de los rigores a que son sometidos los trabajos académicos que tienen algún tipo de interés genuino para alguien, guiñan el ojo a su compañero de campus y eligen dedicarse a la historia argentina. Estos estudiantes de vocación dictada por la mediocridad, son entrevistados a veces por historiadores locales fascinados por la anécdota de que su miserable pasado sea objeto de interés para alguien de afuera. Entrevistados con adulación. Y en estas entrevistas declaran su incredulidad por el hecho de que un país narrado tan rico y poderoso sea, visto, tan pobre y débil. Entonces justifican sus becas tratando de realizar conjeturas para explicar la declinación de nación tan próspera. Y esculpen nuestras opiniones con estas conjeturas. Pero por miles que sean las tesinas al respecto, ninguna explicación más que una suerte de hipnósis propagandística como la que referimos podría explicar el que millones de personas pudieran añorar una tierra con tan poco para dar. Porque es cierto que están presentes aquí todos los climas, pero ninguno de modo acabado. Así como la calurosa tierra misionera es calentada por el clima subtropical, de igual modo el resto de los climas es también "sub". Y "sub" la producción agrícola-ganadera, superada varias veces por la china, la brasileña, la estadounidense (siempre, en todas las épocas). "Sub" son las industrias; "sub", la cultura, "sub" los paisajes, siempre mucho más lindos "del otro lado" (en Chile, en las cataratas). "Sub" los balnearios veraniegos, cuya canción-bandera los describe con olas, viento y frío de mar. "Sub", nuestro arte; y nuestra filosofía, "sub-cero". ¿Cuándo la Argentina fue grande?, ¿cuándo ocupó el tan mentado cuarto puesto en el orden de las naciones; según qué ranking?; ¿cuando todos los demás países estaban destruídos?. Quizás tanto rotular etiquetas de nada nos haya hecho pensar que teníamos algo. Pero no. No hay nada de que estar orgullosos. Nada. Nada de todo esto, pero mucho menos aún – y este es el punto de esta entrada – de nuestras mujeres. Muy a menudo se escucha decir que las argentinas son las mujeres más lindas del mundo. Es que además del “granero del mundo” seríamos un semillero de beldades universales por todos reconocido. Se cree esto con la misma convicción con que se lamenta por las gestiones políticas que han dilapidado las virtudes de una tierra en la que se tira una semilla y crece una planta. Pero si esta afirmación no es hija de la manipulación panegirista que desde hace décadas realiza el poder para hacernos creer que vivimos en un paraíso; si esta afirmación no es acrítica ni surge impensadamente como surge un cliché, realmente tengo que poner en tela de juicio la capacidad estética de mis compatriotas. Es muy cierto que hay modelos argentinas de gran belleza, tanto en lo que refiere a la armonía de sus rostros, como en cuanto a sus esculpidos cuerpos. Y, aunque me parecería falso y exagerado, la elasticidad de mis criterios para juzgar armonías me permitiría aceptar que alguien dijera que los argentinos contamos con las mejores y más bellas modelos. Modelos, no mujeres. La atrofia del Juicio tal vez tenga que ver con un displicente entrenamiento de la facultad de observación. Fijamos la vista para ver la tele, pero observamos sólo de refilón a la fémina que pasa a nuestro lado, por pudor, por fingida elegancia. Propongo que la silueta que atrae la vista para el lado contrario hacia el que avanzamos sea groseramente observada, seguida incluso. Que no nos dejemos tentar por las imágenes de archivo que evoca el encuentro confuso con una señorita en la calle, sino que evaluemos en función sólo de lo que se da. Una especie de fenomenología estética en la que nos demos “a las mujeres mismas”. Lo que así se descubrirá en promedio es la manifestación regional de un género abundante en redondeces mal ubicadas (pliegues que caen sobre otros pliegues ocultando cicatrices, cesáreas), con serias dificultades nutricionales heredadas, plasmadas en una altura sólo aceptable en la Europa del siglo XVII; con rostros que mezclan insensiblemente un fuerte componente indígena con lo más tosco de los rasgos de las regiones europeas donde la naturaleza es menos generosa para otorgar frutos a sus hijos. Y lo peor: la mujer argentina camina como deshaciéndose, descoordinadamente; avanzando como un zombie, sin que pueda adivinarse en ella ninguna voluntad que la dirija. Está porque está, camina porque va. Y corona el cuadro con una mirada francamente muy, pero muy poco inteligente. (¿En qué se diferencia un gorila a una mujer argentina? En la mirada as-tu-ta del gorila). Con la mujer argentina promedio no puede cruzarse medio diálogo sin que aparezcan, como surge la bailarina de la cajita de música, sus carencias intelectuales. Y estas carencias se encarnan en su rostro, en sus gestos, en sus ademanes. Será cuestión de stock: “es lo que hay”. Será que la Voluntad nos hace ver perlas donde hay mierda. Concluye mi amigo Hernán: “Subite a un colectivo, contá cuantas minas están buenas y el promedio te dará una muestra representativa a nivel país.” Yo, por eso, ando en auto.

sábado, 1 de marzo de 2008