martes, 24 de junio de 2008

LA ODISEA

Querida IDEA: Cargados de ansiedad, pasados de vueltas y locos de contentos, el viaje desde Montevideo hasta Colonia lo pasamos llenando el micro de palabras. Y tantas palabras había que tenías que correrlas para poder ver al otro mientras seguías hablando. Por ahí Federico se despachaba con un razonamiento enorme y compacto que flotaba como un bloque por el aire y hacía que la gente empezara a molestarse terriblemente. - ¡Shhh, shhh!, reclamaba el pasaje con el dedo sobre la boca como enfermera. Pero lo peor era que Lucas sacaba cada tanto de la mochila una de esas etimologías pesadas y puntiagudas que caían sobre los respaldos y así ni siquiera podías dormir. Palabras, palabras.Por suerte dejamos las palabras ahí en el micro y a nuestro alrededor sólo había silencios livianos de algodón. Bah, la verdad que no sé si por suerte, porque viendo el aire despejado, mientras nos distraíamos llenando los formularios de embarque, comenzaron a dar vueltas alrededor de nuestras cabezas un montón de miedos de esos chiquitos pero molestos, que te zumban en el oído o hacen vuelos rasantes una y otra vez, oblilgándote a mover la nariz como Mary Poppins y a pasarte las manos sobre la cara como Curly.Probablemente por la luz del enorme y lujoso catamarán, que se reflejaba sobre las calmas aguas del río, los mieditos tse-tse desaparecieron como por arte de magia. Pero, ¡zácate!. Al entrar, todo se llenó de sonrisas relajadas. Sonrisitas, diríamos, que iban y venían de acá para allá, del free-shop a la Play-station, del bufet a los mullidos asientos. Fede se distrajo y ¡púmbate! se le pegó una de esas en la cara.Después a buscar el auto y a encontrar la ruta. ¡Podés creer que no habíamos hecho ni veinte cuadras y chocamos contra una venganza! Increíble. No la vi venir porque avanzaba a mucha velocidad y con la luz apagada: Fede, el hombre fuerte aquel del viaje de ida en el ferry, encarnaba de pronto la profecía aquella de que los últimos habrían de ser los primeros y los primeros, los últimos. Fede, el que desde su sólida biología se riera de mi debilidad constitutiva, pagaba ahora con un malestar estomacal profundo el precio de confiar en una fortaleza fisiológica que, como se ve, era una mera suposición. Dolor, quejidos, gritos, desvanecimiento y un cuadro que habría hecho desear la muerte hasta al más consecuente de los atanatósofos. La venganza impacto fuerte pero se puede decir que este accidente fue una desgracia con suerte (para mí).Confirmando un concepto que alguna vez sostuviera un preclaro, el humor surge cuando se quiebra una inercia en el terreno de una cuestión tabú. Eso explica el último tramo de nuestro trayecto hasta Mar del Plata. No me molestaba tanto la niebla ni el sueño como las enormes y coloridas risas de Lucas, que alimentadas por el estado del otro compañero, comenzaron a salir disparadas en la cabina del coche, rebotando en las ventanas, en el torpedo, en la guantera; pegando en mi cabeza, reproduciéndose, armando un show pirotécnico, que iluminaba el auto desde dentro.Por último, cada uno para su casa. Fede, como un cristo que hubiera podido escaparse de la cruz; Lucas, ahogado en su propia carcajada, con fuegos artificiales saliéndole de la cabeza. Prendí el stereo y arranqué para encontrarme con los míos. En un semáforo me asustó un hombre que me golpeó el vidrio. Era un recuerdo: el recuerdo de todo lo que habíamos vivido. Acepté que subiera. Hablamos. Resultó ser un tipo maravilloso. Le pregunté dónde bajaba pero me dijo que, si lo disculpaba, se iba a quedar instalado allí para siempre. PD: Ah, llegamos bien.

viernes, 20 de junio de 2008

martes, 17 de junio de 2008

PERFECTOS CROMOSOMAS

Somos la materialización de frases que surgen de la combinación de cuatro letras. Un poema extraño donde los versos son instrucciones de autoensamblado. Somos el resultado de órdenes químicas, que indican qué tomar del mundo, en qué proporciones, en qué orden, cuántas veces. Enorme complejidad nacida de enorme simpleza. Somos una construcción detrás de la que se esconde un plano. El secreto de la vida, por el que los Faustos de todos los tiempos vendieron el alma, se puede hoy conseguir por U$S 999,00. www.23andme.com pide una gota de saliva para traducir nuestra cifra genética al inglés, contándonos de dónde venimos, quiénes somos y cuál será nuestro destino biológico. ¿Te atreves, lector, a correr la cortina del tiempo y a descubrir el pasado que cargas invisible y el futuro sólo visto por Dios?

jueves, 12 de junio de 2008

HALUROS DE PLATA Y CILINDROS DE CERA COMO CONSUELOS FRENTE A LA MUERTE

Son gotas que cambian constantemente, pero al ver un arco iris creemos percibir una imagen fija, siempre idéntica a sí misma. Son proteínas que crean carne y huesos y se modifican sin solución de continuidad, pero al ver un cuerpo vivo creemos percibir una unidad sustancial que se mantiene a lo largo del tiempo recibiendo cambios accidentales. Nuestra esencia es el cambio, un constante dejar de ser para seguir siendo. Una sucesión ininterrumpida, mecánica, imparable, inasible. Así, nuestra identidad es mera ilusión, un espejismo que se nos escurre de las manos, un ser que es siendo presente y si se quiere detener o mencionar es ya, irremediablemente, siempre pasado. Bioy lloró nuestra condición efímera y nos regaló como consuelo la ilusión de la posibilidad de una máquina que podía captar y grabar como ondas sutiles todas las sensaciones que de un cuerpo percibimos: así como una radio que emite un concierto, los cuerpos podían para Morel - el inventor imaginario de nuestro escritor - ser entendidos como estaciones difusoras de ondas visuales, auditivas, olfativas, táctiles, gustativas. Al captar todas estas manifestaciones se reproducían completamente las personas mismas: no seríamos más que lo que se puede percibir de nosotros. Lamentablemente, la ficción supera a la realidad. Lo táctil, lo olfativo y lo gustativo no pueden copiarse, no pueden reproducirse, pues en la posibilidad de tener estas sensaciones está implicado el contar con partes de los cuerpos mismos. Oler el perfume que surge del cuello de nuestra amada es incorporar y decodificar moléculas que se desprenden de ella, en fina mezcla con moléculas de su piel. Reconocer a alguien a través del tacto supone una relación directa con su materialidad. El artificio de Bioy es, entonces, imposible: nunca podríamos reproducir todas las sensaciones que obtenemos de una persona sin la persona misma. Pero la humanidad ha pergeñado bálsamos técnicos para doblegar la desaparición, la nada y el olvido. Cuando vemos y cuando oímos no necesitamos quedarnos con partes de las personas mismas: necesitamos sólo el impacto del reflejo de la luz sobre nuestras pupilas y al aire sobre nuestros oídos. No trozos sutiles de materia de los otros, tan sólo el efecto de los otros sobre el mundo. Así la fotografía y la fotografía repetida veinticuatro veces por segundo que es el cine. Así la chance de grabar el ruido, el sonido, las voces, la música. El ingenio ha pasado por su tamiz al tiempo sin poder retener totalmente el oro del presente, pero atrapando entre su malla a la imagen y a la voz. Cuando somos fotografiados algo queda de nosotros, de nuestra corporeidad, de la acción de nuestra voluntad sobre el mundo. Una parte de las que componen cada ahora no vence a la lógica para pasar del ser al no-ser-ya-nunca-más. Es poca cosa. Pero poco es mucho más que nada. Dos que admiramos y que muchos pudimos pensar como definitivamente tragados por el vacío del olvido, quemaron con su luz haluros de plata o labraron surcos sobre un cilindro de cera, para dejar una huella que doblara el brazo a un orden de cosas esquivo a la permanencia, al infinito, a la eternidad… PD: Ver este tipo de testimonios fílmicos y auditivos me hace patentizar la finitud humana, me hace sentir que las figuras del pasado no fueron sólo frías firmas en libros, sino hombres de carne y hueso. Hombres que, como cada uno de nosotros, se encontraron arrojados a la vida sin red ni garantías. Hombres que hubieran querido seguir vivos, hombres que sufrieron el desgarro inevitable que es la muerte. Hombres. Y entonces extiendo el influjo de aquella frase que nos traía Unamuno al iniciar su Del sentimiento trágico de la vida: "Nada de lo humano me es ajeno" no habla ya de mis contemporáneos, no habla de las personas que conozco o que pudiera haber conocido, habla del hombre como una manifestación sempiterna, del hombre que presenció el alba de la cultura al tiempo que de aquel otro aún no nacido que será testigo del fin de los tiempos. Ahora entiendo que son uno y el mismo. Les dejo un link muy impactante. El primer sonido grabado de la historia, la primera huella física de un humano en vida que pudo contra el tiempo: http://www.publico.es/ciencias/063950/primer/sonido/jamas/grabado

lunes, 9 de junio de 2008

EDIPO Y EL ENIGMA

Cuadrúpedo en la aurora, alto en el día y con tres pies errando por en vano ámbito de la tarde, así veía la eterna esfinge a su inconstante hermano, el hombre, y con la tarde un hombre vino que descifró aterrado en el espejo de la monstruosa imagen, el reflejo de su declinación y su destino. Somos Edipo y de un eterno modo la larga y triple bestia somos, todo lo que seremos y lo que hemos sido. Nos aniquilaría ver la ingente forma de nuestro ser; piadosamente Dios nos depara sucesión y olvido. Jorge Luis Borges

LA BELLE FÈRRONIERE

No podía pasar por la entrada que lleva del pasillo a la sala donde se halla, custodiada por un grueso vidriado antireflex, la sonrisa infatigable de la Mona Lisa. Un ejército de japoneses con sus flashes como armas disparaban sobre ella y detenían mi paso. Evitando el tumulto me senté en una butaca y sentí como un rayo su mirada seductora. Desde su ventana eterna de madera, colgada con desprecio ahí afuera, clavó sus ojos en mí y nos enamoramos para siempre.

viernes, 6 de junio de 2008

¿CUANTO MÁS CONOZCO A LA GENTE, MÁS QUIERO A MI PERRO?

No puedo comprender a los que repiten de memoria que creen en Dios pero no en la Iglesia, cuando la Iglesia es una institución de existencia perfectamente probada y Dios una entidad con una participación en el ser absolutamente dudosa,cuando no increíble. De igual modo no puedo dejar de asombrarme de la comparación con los animales para destacar la bestialidad del hombre. "El hombre es perverso y malvado y la naturaleza pura e inmaculada" es el presupuesto detrás de este tipo de trillados llamados a la conciencia. Sin embargo, si hay algo bueno en el mundo, ese algo es el hombre, cuando actúa como hombre. El único ser capaz de bondad, de piedad, de compasión. Salvo la Pantera Rosa o alguno de sus otros amigos animados, no tengo noticias de un representante del reino animal que no exhiba la crudelísima verdad de que este Universo es el campo de batalla de una disputa brutal por la materia. El pez grande se come al chico sin demasiadas contemplaciones, la enredadera consume la savia del árbol que abraza y - como nos hace notar Darwin, dudando con ello de la bondad de Dios - los icneumónidos se alimentan del cuerpo de las orugas vivas. No hay inteligencia alguna en los animales, y cuando los hombres actúan de modo brutal (sobran los ejemplos), lo que hacen es sucumbir a lo que hay en ellos de animal. No sostengo que los seres humanos sean moralmente encomiables. Tan sólo que la inteligencia y la capacidad de establecer una ética son facultades exclusivas de la humanidad. La ética, para serlo, debe ser anti evolucionista. Debe oponerse al perverso sistema de la naturaleza, al que los animales no pueden más que responder de modo automático. No porque sea su culpa. No afirmo eso. Simplemente digo que, quiéranlo o no, son los actores de un teatro insoportable una vez que se posee discernimiento: el Universo. Un contraargumento muy frecuente a mi señalamiento posa la vista en la cuestión de la solidaridad existente entre individuos de una misma especie. Pero, como bien explica Richard Dawkins en EL GEN EGOÍSTA, este tipo de conductas no ilustra el altruismo, sino el egoísmo más cobarde: por selección natural persisten aquellos ejemplares que carecen de una tendencia a violentarse con sus congéneres. Pues, por caso, el león que tiene la inclinación de atacar a otro melenudo especímen, se arriesga a enfrentarse con alguien de fuerzas similares y con ello de morir en su intento asesino. La "amistad" en los animales es hija del temor y por ello, diría el buen Kant, es una actitud COINCIDENTE con el bien, pero no MOTIVADA por el bien. El único ser capaz de verdadera bondad es el hombre; y esto es una cuestión de derecho - que se comprenda - y no, por supuesto, de hecho.

miércoles, 4 de junio de 2008

"¡VICENTE... LA RUSA!"

Regina Spektor. Moscú, 1980. Регина Спектор. El primer corte de su primer disco: Fidelity. Amor es colores.

lunes, 2 de junio de 2008

¡QUÉ ELEGANCIA LA DE FRANCIA!

Camiseta nueva, pantaloncitos reglamentarios igual que las medias y camiseta adentro del pantaloncito. Hasta botines sin estrenar. Y empieza el partido. Diez treintañeros con poco aire y con pocas piernas ya. Quince minutos para tocar dos veces la pelota y la transpiración dibujando en mi camiseta el mapa de una región volcánica en los primeros días de existencia de un planeta desconocido y hostil. Una media baja imitando un acordeón desinflado y el cordón desatado que piso irremediablemente para tropezar, mirarme el pié y putearlo como si el pobre tuviera la culpa. La respiración arrítmica, olor a transpiración. Escupo porque me ahogo pero la saliva no llega a salir del todo, babeándoseme la perilla. El pelo mojado y duro en la disposición en que se corta más corto en el estilo americano. Gotas de sudor caen por mis patillas trazando un cauce irregular y se encuentran en la papada en un gotón que tarda tanto en caer que parece que no va a hacerlo nunca. Resoplo mirando al techo del tinglado y cuando doy vuelta la cabeza lo veo a aquel otro. Igual de cansado, quizás con menos aire aún – ¡Si hace ocho años que no sale de su oficina! –. Transpira también (¿Cómo no va a transpirar?). Pero transpira prolijamente: un triangulito isósceles de humedad en el medio justo, exacto, de la remera. Le suda la cabeza también. Pero su exceso de aguas no se llega a ver: es absorbido silenciosamente por la bincha que mantiene su cabello compactamente peinado en la misma posición en que lo dejó antes de salir a la cancha. Igual que el pantaloncito, que sigue ahí reteniendo a la camiseta dentro de sí, con apenas un pliegue cayendo abuchonado alrededor de la cintura. Las medias no se bajan, pero si lo hacen parecen hacerlo plegándose sobre sí mismas, como si uno lo hiciera a propósito. Me mira y sonríe. De seguro ha reparado en esa mucosidad que no ha terminado de desprenderse de mi nariz y que la decora como una estalactita a una cueva. Le devuelvo la sonrisa: tampoco él parece poder retener su moqueo. En un gesto automático, y cada uno para hacerse cargo de la mirada ajena, apretamos los dos nuestra fosa nasal contraria y soplando fuerte queremos sacar de un golpe nuestra incomodidad colgante: la mía sale con un coágulo de sangre que me mancha la camiseta. ¿Dónde radica el secreto de la elegancia?, ¿por qué es imposible intentar emular a alguien elegante?. ¿Se trata de algo innato?. Pues nada parece tener que ver el dinero que uno tenga, ni el tiempo de que disponga, ni la preocupación que ponga en conseguirlo. Simplemente algunos son elegantes y otros no podemos serlo. Elegantes para caer, elegantes para comer, para vestir, para accidentarse e incluso para morir, algunos conservan la gracia en cada uno de sus actos. Otros no sabemos ser efectos: cualquier causa, por débil que fuera, genera en nosotros consecuencias desproporcionadas, asimétricas, desordenadas, extendidas en el espacio y en el tiempo mucho más allá de los límites de las fuerzas que las impulsan. Y no se trata tan sólo de torpeza o falta de gracia, pues la falta de elegancia va más allá de las reacciones voluntarias: se respira y se transpira poco elegantemente, se es empujado y se pierde el equilibrio poco elegantemente. Sin elegancia se presentan en nosotros los fenómenos corporales incontrolables y del mismo modo también vivenciamos cada cosa que deliberadamente intentamos hacer. Propongo quitarnos el monóculo, arrojar el bastón, recuperar nuestra posición encorvada al caminar y escupir tranquilos el carozo en la certeza de que caerá fuera del plato. Después de todo, como dijera Pitigrilli, la elegancia quizá sea puramente cuestión de esqueleto.