domingo, 30 de noviembre de 2008

LA BATALLA DE LAS BARRANCAS MARMÓREAS

-¡Molgork!, ¿qué es eso? ¡Molgork! ¡Ahí en lo alto! Levanta la cabeza, Molgork. Deja tu maldita carga y mira a lo alto.
Una sombra negra y densa comenzó a avanzar sobre el grupo, quitando la luz que guiaba la faena. El frío y la oscuridad lo cubrieron todo y la larga fila se convirtió en un tumulto desordenado. Gritaban desesperadamente y arrojaban los bultos que cargaban sobre las espaldas corriendo sin dirección fija. Uno de los gigantes Mountháhn se acercaba para mirar a todo el grupo y de su enorme nariz se desprendía un viento huracanado y pestilente que hacía volar a todos por los aires. Enormes gotas de transparente mucosidad envolvían los cuerpos de algunos, paralizándolos, no dejándoles hacer más movimientos que los necesarios para morir. Y a veces su potente voz hacía estallar literalmente la cabeza de otros.
Rápidamente Kuringhamm domeñó el pánico y gritando enfervorizado ordenó las filas. No era la primera vez que tenía que comandar el enfrentamiento con los gigantes. Inmediatamente su mente se llenó de las imágenes de aquella antigua batalla en la que vió morir a su padre, Balzharighamm, junto con miles de los suyos, en esa embestida asesina. Recordó los cuerpos destrozados, los miembros desperdigados por toda la aldea: brazos y piernas flotando por los ríos. Se llenó de odio y de coraje y se decidió a no permitir que esos jóvenes pacíficos y trabajadores vivieran lo que él había vivido.
Ordenó a Molgork que reuniera a los más débiles y organizara con ellos la atención de los heridos: debían trasladar a sus camaradas para esconderlos en las cuevas. Y mientras tanto, él mismo haría todo para lograr la defensa de la comunidad.
Kuringhamm trepó por la sagrada superficie blanca de la región del frío para poder planear una estrategia observando todo el campo de batalla desde la altura. Al nivel de los ojos brillantes del coloso Mountháhn, pero a una prudente distancia, cayó en la cuenta de que la única desventaja de esa bestia asesina era la lentitud de sus movimientos. Y conociendo la saña que esa raza demoníaca tuvo históricamente con su pueblo, no le quedó duda alguna de que había que atacar primero; que dar el golpe antes, sería darlo dos veces. Gritó desesperadamente a Molgork para que delegara la protección de los más débiles y crease el flanco que atacaría la pierna derecha del Mountháhn; y, a pesar de verlo aterrado, consideró que nadie sería tan bueno como Galdagom para armar el batallón que embestiría el enorme pié izquierdo. Y desde lo alto se lo ordenó.
-¡Tomen piedras y palos! Busquen todo lo que pueda servir de proyectil… ¡vamos, vamos! ¡Destruiremos a ese monstruo! – Se desesperaba Galdagom, intentando ocultar su temor.
Poseídos por un instinto de supervivencia que siempre estuvo canalizado hacia el trabajo comunitario, todos los individuos se mostraban enérgicos y entusiastas. Sabían que en la figura demencial de la bestia podría estar el fin de la aldea y ese pensamiento era el combustible para avanzar sin dilaciones. Kuringhamm se sintió orgulloso. Vio los rostros de los suyos llenos de una ira que demostraba el honor de pertenecer cada cual al clan de sus antepasados. Vio a los comandados por Molgork con las quijadas apretadas, pletóricos de fuerzas, ordenándose para partir hacia esa columna de carne pestilente que servía de sostén al enemigo. En sus caras encontró la venganza por las guerras de otros tiempos, vio a la dignidad tomar con fuerza las rudimentarias armas que el árido y frío suelo había regalado.
Antes de dar la voz de ataque temió y dudó: no había espacio para fallar en la estrategia de asalto. Quizás sería mejor provocar una retirada general. Pero sabía que hacer aquello era postergar lo inevitable; y era sucumbir a una cobardía que no era digna de su estirpe. Sin embargo, de repente apareció el enorme felino blanco, y Kuringhamm entendió que esta era una señal positiva de los dioses. Entonces bajó rápidamente de la sagrada superficie blanca de la región del frío y llegó hasta el animal, colgándose de uno de sus pelos y, logrando subirse a su lomo. Lo mordió con todas las fuerzas de que fue capaz para provocar que la bestia saltara hasta la plana superficie superior de las barrancas marmóreas y poder desde allí gritar – como gritó – la frase que iniciaría la guerra, como lo había hecho desde hacía centurias:
- ¡Un Leviatán invencible, con el coraje y con la alianza!
Hordas de miles comenzaron a avanzar gritando a viva voz, quemándose la garganta con gruñidos marciales, blandiendo los troncos, las ramas y las piedras. Los jefes de los batallones con igual entrega, avanzando con tanta decisión como el resto del grupo, con el honor en la mirada y caminando con la fuerza de la euforia. Molgork y su batallón hacia la pierna derecha y Galdagom, hacia la izquierda.
Después de una corrida desesperada, los guerreros se apretaban contra el grueso cuero de las botas del Mountháhn y se subían unos a otros para trepar desde allí al coloso. La embestida era violenta y los gritos de guerra se confundían con los de aquellos que se ahogaban en la batahola o eran pisoteados por sus propios congéneres. Los fluidos corporales abundaban y muchos morían sin que ninguno hubiera podido aún despegar del suelo.
Cuando Kuringhamm advirtió que los dos batallones habían ascendido por las piernas del gigante trepando a través de las gruesas costuras de su calzado, sonrió porque sintió que su determinación había sido acertada. Y aún cuando veía a decenas caer durante la ascensión, nada le quitaba la sensación dulce que vivía, en mezcla de altivez, satisfacción de su venganza y regocijo por el triunfo. Sin embargo, su rictus duró lo que dura una burbuja de jabón. Al sentir a esos diminutos seres sobre su piel, el Mountháhn, reflejamente, golpeó con un par de movimientos pesados y torpes de su mano derecha, sus propias piernas, aplastando a la mitad del ejército. El cuerpo de Galdagom fue triturado instantáneamente y, un segundo después, antes de que Kuringhamm pudiera comenzar a lamentarse por esa muerte injusta y violenta, cruzó la vista con la mirada aterrada de Molgork, que caía al vacío estrepitosa e inevitablemente.
Los pocos que se pudieron aferrar a las piernas estaban demasiado malheridos como para seguir peleando: la estrategia de Kuringhamm se pulverizó en segundos. Miles corrían sin rumbo, en círculos, sorteando cadáveres y chocándose los unos a los otros. Intentando escapar, pero aturdidos por la masacre. Torsos, miembros superiores e inferiores sueltos. Cabezas con rostros desfigurados, gritos, llantos, olor a muerte.
El improvisado comandante, desde la distancia de las barrancas marmóreas, no podía reaccionar: el recuerdo de aquél holocausto pasado en que muriera su padre se solapaba con las imágenes que ahora veía. Por eso descendió con esfuerzo hasta el campo de batalla y caminando con decisión y aplomo por entre el caos, elevó su cabeza con mirada inquisidora para darle a entender al monstruo que estaba dispuesto a dirimir la contienda de modo personal.
Temblando de temor, pero no por eso menos decidido, Kuringhamm bajó la mirada al suelo. E inmediatamente observó que la sombra que estaba a su alrededor crecía con lentitud. No tuvo que volver a mirar hacia arriba para darse cuenta de que el Mountháhn estaba elevando su pié, ni para inferir que la reducción súbita de la sombra que vino justo después marcaría su fin: el gigante repitió mil veces sus pisotones en una danza frenética y macabra. Los órganos internos de los que, todavía llorando, daban vueltas por la zona, volaban a cientos de pies del resto del cuerpo. Las voluminosas superficies corporales de los esforzados aldeanos se amontonaban a ras del suelo. El mundo era un grito de dolor.
Con su último aliento, intacta su cabeza para sentir el sufrimiento de un cuerpo aplanado y comprimido, Kuringhamm miró al gigantesco ser que le estaba dando muerte, y de sus grotescos labios escuchó una frase que moriría sin comprender y que tal vez – fue su último pensamiento – le hubiera permitido dar una razón a la incomprensible guerra, al dolor, a ese holocausto sinsentido:
“¡Tge, Bqwsaioypx, rewaolmo, iul boptnesa lo bierpyn tresa was jurtiden ca sa olun, h vasc yui das pote buñesa ju bagt re sa olitee!,… ¡boptnesa lo bierpyn!” * .
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*NdelT: “¡Che, Marquitos, barreme las hormigas de mierda éstas que quedaron en el piso, y hacé que ese gato mugriento se baje de la mesada!,… ¡hormigas de mierda!

miércoles, 19 de noviembre de 2008

7 MARES

En la habitación del fondo, en el placard, dentro de una prolija funda naranja que antes fuera mantel. Allí guardaba mi abuela la Noblex 7 Mares. Botonera, seis bandas, oronda antena telescópica y tapa protectora con elegante mapa de usos horarios. “¡No toque, eh!” Tarde de torta negra, té y pedidos de silencio: “¡Shhh!” El cuerpo reclinado sobre la mesa y la oreja pegada al parlante para encontrar entre interferencias y ruidos molestos el eco de una voz que la transportara de nuevo a su tierra, lejana en el espacio y en el tiempo. El indicador largo recorriendo el dial de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, timoneado con habilidad, con la puntita de la lengua afuera para lograr precisión. Dos centímetros de trayecto podían llevarte de viaje por seis países europeos y dos distantes territorios asiáticos. El asunto requería cuidado y precisión.
- ¡Slishno!, ¡Eto ruski! Noticiero.
En el momento en que se lograba la sintonía no se podía pensar en hacer ni un solo ruidito. Nada. Yo dejaba de jugar: comprendía el ritual y su importancia. Me parecía suficiente fortuna poder ver a mis abuelos escuchar la radio. El crepitar que aparece cuando no se logra sintonía me lo imaginaba como el fluir de un líquido espeso; y las voces que iban apareciendo pálidamente, me traían las imágenes de una persona saliendo de aquella agua turbia y revuelta.
Una vez al mes, mis abuelos viajaban hasta la ciudad vecina para cobrar su jubilación y aprovechaban para quedarse un par de días en lo de la tía Olga. Aunque yo me quedaba en casa con mamá, esos días mis viajes eran más largos. Descubrí que antes de irse, la abuela guardaba la llave del placard dentro de una cajita de música que a su vez ocultaba debajo de un par de medias de nylon hechas un bollo en el cajón de la cómoda. Entonces esperaba con impaciencia la llegada de la noche; que papá se pusiera a ver la tele y mamá a cocinar. Y como si fuera una misión de espionaje, me metía en la habitación de los abuelos y revolvía la cómoda para dar con esa llave. Abría el placard despacito y allí estaba, en su funda naranja, la 7 Mares prohibida. El truco de ponerla bajo una campera de seguro no era tan efectivo como subirla hasta mi cuarto mientras no hubiera cortes publicitarios en la tele. No me dejaban enchufar cosas, pero no tenía forma de conseguir las doce pilas grandes que la radio necesitaba. Con cuidado constataba que se encendiera y corría a apagar la luz.
A oscuras, con la única luz del led indicador de encendido, comenzaba mi aventura. Primero seleccionar la onda adecuada, descartando las que me devolvían palabras que podía entender. Después ponerme cómodo en el piso, acostado boca abajo apoyándome en los codos. Y como si necesitara aún más oscuridad, cerrar los ojos y disponerme a imaginar: entre silbidos de interferencias y truenos de descargas eléctricas, palabras extrañas con entonaciones aún más extrañas. Sonidos que se adivinaban música y desaparecían pisados por una voz en alemán, o en sueco, o en húngaro. La BBC imponiéndose sobre todas las demás, con un inglés tan claro que casi se podía comprender sin saber nada, pero nada, nada de inglés. De pronto silencio abrupto. De pronto, los ensordecedores motores de una nave espacial y tener que tantear rápidamente la perilla del volumen, confundiéndola casi siempre con el regulador de graves que estaba al lado. Buscaba algún misterio, uno cualquiera. Era tan raro todo que seguramente en cualquier momento surgiría algún hecho inexplicable. Y esa sensación me llenaba de un miedo indescriptible, un miedo que me conectaba con la raíz profunda y verdadera del miedo. Que me hacía entender cómo sentían el miedo las personas antes de haber podido dar alguna explicación al amenazante mundo: el miedo que pudo haber sentido un hombre desamparado ante un trueno en el principio de los tiempos. Y esas voces imposibles, lejanas, sonando preocupadas, serias; dándome dimensión de las distancias, de las diferencias, de la inmensidad del mundo y de mi pequeñez.
La luz anaranjada de la mañana se filtraba por entre las cortinas y me acariciaba la cara. Me levantaba dolorido después de varias horas sobre la alfombra. La radio ya no estaba. No me atrevía a preguntar qué había pasado con ella, quién se la había llevado: si no había sido mamá, podría quedar en evidencia. Lo cierto es que todos los meses la Noblex volvía a estar ahí, en su cárcel naranja de tela, esperando mi rescate.

EL HOMBRE INVISIBLE

Parece ser (estas noticias nunca citan fuentes) que un grupo de científicos (que seguro imaginaremos muy parecidos al profesor ese que aparece en Los Simpson) de la Escuela de Ingeniería Electrónica e Informática de la Universidad Purdue (¿en que otro país podría ser que en los Estados Unidos?) ha desarrollado un nuevo diseño teórico (la aclaración de que es teórico anuncia que el invento de seguro no funcionará) que nos pondría en posesión de la tantas veces anhelada invisibilidad*.

La crónica cuenta que el modo de lograrlo supone la construcción de una especie de cepillo de mano (el periodista que realiza la nota seguro da este dato sin haber visto nunca ni siquiera los planos) que al ser pasado por encima de una superficie de color rojo curva la luz alrededor de los objetos cubiertos, a través de un sistema de nanoagujas (es probable que después de leer esta frase hayamos tenido la “sensación de comprender”, pero les aseguro que lo mismo hubiera sido para nosotros que en vez de decir “nanoagujas” hubiera dicho “polineutrones”) que nos hace ver los objetos colocados justo detrás y ocultos a nuestra vista.
Los responsables (¡qué rodeo sinonímico para no volver a decir “científicos”!) advierten que la limitación de la acción del prototipo a los objetos de color rojo será prontamente solucionada (¿qué son ochenta años en la historia de la humanidad?) siendo posible en el futuro aplicarlo a cosas de cualquier color y tamaño. La construcción del adminículo se haría a través de los llamados metamateriales no magnéticos (otra vez no comprenderemos, pero dejaremos pasar el asunto presumiendo que la mención de los materiales a utilizarse no es en todo caso fundamental para la cuestión que se trata).
(Como la nota no tiene remate, y como ya vamos conociendo los recursos que utilizamos en el blog para promover los comentarios, a esta altura se cae de maduro lo que sigue: alusión a la universalidad del deseo de contar con la facultad de la invisibilidad y pregunta consecuente respecto a aplicaciones posibles de tal capacidad.) De seguro estos especialistas están trabajando en este tipo de desarrollos por alguna finalidad militar (Este dato es sabido de modo certero, pero se finge su desconocimiento para dar la impresión de haber realizado una inteligente conjetura). Pero al tiempo están dando forma a una de las más antiguas fantasías humanas: poder tener el poder de pasar inadvertidos entre la gente.
¿Soñaron alguna vez con poder lograr la invisibilidad?, ¿qué sería lo primero que harían si tuvieran esta asombrosa capacidad?
*El dispositivo no permite hacer invisibles las intenciones en los textos (Coloco esta aclaración sin saber si debería hacerlo. Tengo poco sentido para la sutileza en el humor. Por eso me debe gustar Tinelli)
Fuente: http://www.electronicafacil.net

viernes, 14 de noviembre de 2008

CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS ACERCA DEL PASO DEL TIEMPO

Tesis: El paso del tiempo trascendental-imaginativo (no el tiempo "real") está en relación de proporcionalidad con el tiempo vivido. "Sentimos" el paso del tiempo de acuerdo a nuestra edad.
Ejemplo: Para un niño de cinco años de edad, trescientos sesenta y cinco días representan una quinta parte de lo que ha vivido (20%). En cambio, para alguien de cincuenta, ese mismo período tan sólo significa el dos por ciento. Así, el hombre mayor tendrá la sensación de que un año pasa mucho más rápidamente.

Derivaciones: Esto explica el por qué a medida que cumplimos años nos parece que el tiempo pasa más rápido. Del mismo modo, se entiende bajo esta tesis una sensación que abunda en la niñez y va desapareciendo con los años: el aburrimiento. No volvemos nunca a sentir el aburrimiento que sentimos en la infancia.
Conclusiones prácticas: Al realizar planes a largo plazo que involucren a otros, tener en cuenta el modo de percibir el tiempo de los demás. Un plan a diez años puede ser considerado sensato para una persona de mediana edad, pero puede ser sentido como un período interminablemente largo para un niño (tanto, que basta para que acabe su niñez).

Tesis subsidiaria: En el último cuarto de la vida (en consideración de una expectativa promedio de ochenta años), el esquema puede combinarse con un contraste entre el tiempo transcurrido y el que se prevé venidero. De tal forma, los períodos parecerán velocísimos y a la vez, inalcanzables: el tiempo en la vejez se siente fugaz pero lejano.

BAILAR

"!Elevad vuestros corazones, hermanos; arriba, más arriba! !Y no os olvidéis de las piernas, mis buenos

bailarines! !Levantadlas también! !O, mejor aún, tratad de ir de cabeza! También hay en el campo de la

felicidad animales pesados, cojos de nacimiento. Es curioso ver cómo se esfuerzan, igual que un elefante que

tratara de sostenerse sobre su propia cabeza. Pero más vale estar loco de felicidad que loco de dolor; vale

más bailar torpemente que andar cojeando. Aprended de esta sabiduría mía: hasta la peor de las cosas tiene

dos lados buenos. Hasta la peor de las cosas tiene dos buenas piernas para poder bailar. !Aprended, pues, de

mí, hombres superiores, a manteneros rectos sobre vuestras piernas! !Rechazad las caras melancólicas y la

tristeza de la plebe! !Qué tristes me resultan hasta los payasos de la plebe! Pero el presente pertenece a la

plebe."

F. Nietzsche, Así hablaba Zaratustra

Este maravilloso video lo descubrí a través del blog 100volando.net

miércoles, 12 de noviembre de 2008

TE ENCONTRARÉ UNA MAÑANA...

¿Cómo piensan que será morir? No hablo de qué sucede después de la muerte sino del proceso mismo de morir, del momento de ese desgarro aterrador en que se detienen las funciones vitales, en que nos quedamos sin aire, en que nuestro corazón ya no bombea más y nuestra conciencia se desespera por no disponer de las condiciones que la hacen posible.
¿Cómo será ese instante que Borges dice con razón que ya está escrito en cada caso? Me aterra la idea de pasar por ese trámite vital inevitable, de experimentar necesariamente alguna vez una situación de la que no habrá manera de salir ileso, de pasar por un peligro en el que no habrá lugar para escapar.
¿Habrá muertes menos traumáticas que otras? Escuché varias veces decir que morir congelado es como entrar en un sueño placentero, o que al caer de un edificio antes del impacto final se produce un shock que nos quita antes la conciencia. ¿Pero quién puede dar fe de estas declaraciones?
¿Será este miedo algo propio de mi insensatez o un temor universal? Me cuesta pensar cómo lo sobrelleva el resto. Pero para mí no hay razonamiento, ni argumento ni consuelo posible. Y no se trata solamente de temor, sino también de dolor, de compasión por el otro que también morirá, de la inefable sensación de que esa persona hará el imposible paso del ser al no ser, de que ya no habrá más uno mismo.
"Cada vez que considero que me tengo que morir, tiendo la capa en el suelo y no me harto de dormir."
Miguel de Unamuno (Del sentimiento trágico de la vida)

viernes, 7 de noviembre de 2008

martes, 4 de noviembre de 2008

XXX

El Hernani de Víctor Hugo fue el objeto de una enérgica polémica al dar - por vez primera - lugar a lo feo en el mundo del arte. Es fácil advertir entonces el hecho de que aquello que provoca agrado a la percepción se sobrentendió siempre como destinado a la representación artística: la armonía celestial, que nos impacta con su sublimidad y su perfección; la vida, que nos seduce con su compleja simplicidad; el embriagador mundo de los sueños.
Sin embargo, este elevado privilegio es negado de forma inexplicable a la reproducción simbólica de la porción más deseada de la existencia, de la arista más dulce de la vida; del lúbrico espacio de la lascivia, del voluptuoso rincón del deseo. La carne púnica en primer plano, el cuerpo desnudo en toda su magnificencia dinámica, nuestra más pura materialidad en esforzado cumplimiento de su finalidad última y principal; nada de esto es reconocido como formando parte de universo de lo bello.
Pero pornografía es arte. Vértigo de imágenes y ruidos, de la exposición no mediada del roce profundo y venéreo de los órganos. Suntuosa exhibición de la potencia de la vida, de la turgencia de la sangre. Pornografía es arte como son arte los cuerpos. Como es arte la perfección modélica del exterior de los organismos, pero como es arte también la imperfección apetecible que nos conecta con el sentido de la tierra, de lo bajo, de lo sucio que también somos. La imagen, una y mil veces repetida de la explosión de los fluidos, que son la explosión de la fuerza de Eros. El grito sabiamente exagerado que potencia la manifestación del goce, que subraya el carácter dionisiaco y salvaje de ser.
- Mejor que ser testigo es ser protagonista, arguyen algunos y escapan. ¡Ridículos! Creen que se fornica con el cuerpo, cuando la verdad es que con la fantasía se fornica para que haya erotismo y no simplemente sexo. - Es práctica de enfermos, arguyen algunos y escapan. ¡Necios! La única de sus hermanas que no está enferma es precisamente la pornografía, redimida en sí de la mezquindad histérica de las otras artes que siempre ocultan bajo el símbolo.
La pornografía es símbolo generoso y cristalino; transparente. Puro.