lunes, 29 de diciembre de 2008

UNA VEZ RETIRADO DE VENTANILLA NO SE ACEPTAN MÁS RECLAMOS.

Voy a dejar de lado el hecho de que yo, personalmente, jamás me sometería a una práctica que sé de antemano dolorosa. Y no voy a considerar tampoco el desagrado estético que, por lo general, me provoca el resultado de esta extraña costumbre. Estas son cosas personales, en todo caso. Mi rechazo de los tatuajes anclará en un aspecto vinculado a la incapacidad de crecimiento personal.
Quien imprime en su piel una marca simbólica cualquiera, no hace más que ritualizar su dogmatismo. Tatuarse es afirmar de modo artístico una certeza. Y en un mundo que es devenir constante e interminable, creerse poseedor de verdades indubitables – ya sean estéticas, devocionales, éticas, o lo que fuere – parece demasiado imprudente. Una aguja penetrará mi dermis para que un sello visual declare para siempre que yo creo tal o cual cosa, que gusto de esta o aquella cuestión, que adhiero a un pensamiento u otro. Y la consciencia de este rasgo de perennidad no será más que el reflejo de la incapacidad de aceptar los cambios y las modificaciones que son las condiciones de la evolución y el crecimiento.
Cuando actúo regido por principios fijos, cuando supongo que mis preferencias serán eternas, no hago más que poner palos en la rueda de la ampliación de mis terrenos espirituales. Quien, por el contrario, acepta la mutabilidad como el rasgo necesario del mundo, se adapta a gobernarse por ideas, preceptos dúctiles y maleables que pueden ser reemplazados por otros nuevos tantas veces como sea necesario. Y de tal modo no podrá aceptar huellas que lo acompañen mientras viva: sabe que no hay nada tan duradero.
Tatuarse involucra un aspecto religioso, ortodoxo, sumiso del carácter. La verdadera heterodoxia, la rebeldía radical, la no sumisión a estandarte alguno, está en no hacerlo nunca.

domingo, 28 de diciembre de 2008

LA SEMANA INEXISTENTE

Los días que separan a la Navidad de la Noche Vieja no existen.
Son un agujero negro en la memoria de los años. Nadie puede
decir qué hizo durante esa semana en el pasado.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

DEL ARTE DE REGALAR

Tomar la decisión de hacer un regalo es siempre un ejercicio anárquico para el que no parecen existir reglas claras. Podría pensarse entonces que el espacio de libertad en que se mueve esta actividad da lugar a posibilidades todas positivas, como ser la de poder poner en juego la creatividad y el entusiasmo.
Sin embargo, las más de las veces, ir en procura de un presente se convierte en una faena pesada e insoluble que nos obliga a pasearnos de aquí para allá, para terminar adquiriendo algún objeto sin un convencimiento pleno acerca de nuestra decisión. El único esbozo de un criterio para hacer regalos es negativo: está muy mal visto el hecho de obsequiar cosas teniendo en cuenta el gusto del dador. Pero esto nos limita en nuestro hacer, sin otorgarnos una guía real.
Propondré entonces una norma activa para el arte de regalar: la idea tendrá que ver con hacer entrega de aquellos objetos o servicios que típicamente pudieran complacer a los arquetipos ideales que – según nuestro ojo atento – el homenajeado tiene como desideratas en la formación de su persona. Así, por ejemplo, habrá quienes desean ser (aunque este rasgo no tenga nada que ver con su personalidad real actual), digamos, intelectuales. Frente a este tipo de personas tendrá uno que elucubrar qué tipos de objetos estereotipan a quienes dedican sus esfuerzos a las labores del pensamiento: cierto tipo de anteojos, cierta clase de objetos anticuarios, etc. En cambio, si quien será obsequiado es alguien que se queja de su vida abúlica y triste, será posible inferir que tal individuo querrá como deseable una vida hedonista y gozosa y así convendrá buscarle presentes que denoten este aspecto dionisiaco: buenos vinos, alimentos gourmet y otras cosas por el estilo.
Se cumple con lo dicho la prerrogativa de escuchar a los demás, siempre. Escuchar sus deseos y sus frustraciones, prestar la oreja generosamente. De tal modo, al llegar el momento de regalar, el presente ya estará elegido de antemano y su resolución no implicará esfuerzos. Y todos evitaremos recibir más medias y calzoncillos.

domingo, 7 de diciembre de 2008

NO PUDIERON ENCONTRAR A NADIE

- Murió Rey.
-¿¡Cuándo!?
- Recién.
- Me dejás helada.
Enterada de la muerte del perro de su padre, ella se acercó a su antigua casa familiar donde ahora vivía su hermana, con su marido y con su hijo. El patriarca llevaba ya cinco años fallecido y la desaparición de Rey, que había sido entrenado y cuidado por él, fue sentida como la pérdida del último vínculo con un objeto sobre el que aquél tuviera influencia directa.
Llegó y su hermana le abrió la puerta. En el living, sin mediar saludo, le contó cómo había sido todo:
- Empezó a tener como convulsiones. Llamé al veterinario pero al rato lo volví a llamar para suspender: se tiró ahí en la camita y al ratito se quedó duro.
Con las manos en los bolsillos traseros del jean, sin nada para decir, su mirada vacía se escapó hacia el marco de la puerta que llevaba hacia las habitaciones. Apoyada allí, como ajena a la situación, la figura nítida e inesperada de un hombre que empezó a caminar hacia adentro la dejó atónita.
- ¿Viste lo que yo vi? – Dijo a su hermana.

- ¡Sí, era papá!
Corrieron detrás del milagro. Pero los milagros no existen: no pudieron encontrar a nadie. .
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La mujer que me contó la historia que relato (y de que es protagonista) es atea y descreída respecto a cuestiones sobrenaturales. Y, por sobre todas las cosas, es alguien que merece mi absoluta confianza No puedo mencionar haber vivido una experiencia similar, por lo que me costaría creer en ella si no me hubiese llegado de boca de quien me llegara. Pero así las cosas, no dudo que esto ha ocurrido. ¿Han tenido ocasión alguna vez de vivenciar algo similar?, ¿conocen alguna explicación para este tipo de fenómenos?