sábado, 28 de febrero de 2009

DE LA CONCATENACIÓN UNIVERSAL DE LOS FENÓMENOS Y EL ALBEDRÍO

No voy a encarar este tema con rigor filosófico ni con precisión científica. Voy a dejar hablar a una anhelante intuición hija del deseo profundo y la ilusión más cándida. Porque si los pregoneros del fatalismo tienen razón no queda mucho más por hacer en esta vida.

Suponer que todo está determinado, que no hay grietas en los sólidos muros del Universo para que se filtre la libertad, es poco más o menos como aceptar resignadamente una condena perpetua. Si los fenómenos se hallaran concatenados entre sí de modo necesario, ya en el primerísimo instante en que se aplicara la fuerza inaugural que pusiera en movimiento la maquinaria cósmica, todo - absolutamente todo – encontraría allí su derrotero y su ley: cada decisión, cada destino personal; el momento de nuestros nacimientos y nuestras muertes, y las de nuestros hijos y las de los hijos de nuestros hijos. El alba y el ocaso de las civilizaciones y el trazo irregular que dibuja en el aire el vuelo de una mariposa. Todo escrito, todo predeterminado y el tiempo como pista en la que se desenvolvería una trama contenida completa en el punto cero y que sólo sería incierta para sus personajes. La causación asumida rigurosamente haría vanos nuestros esfuerzos, vanas nuestras preocupaciones; insustanciales nuestra felicidad y nuestro dolor.

Por eso me resisto caprichosamente al fatalismo y propongo pensar que los actos volitivos pueden escapar a ese influjo. Que cada acción voluntaria - que cada decisión conciente - implica, por su misma condición, la liberación de la cadena que la despierta. Se trata de un sistema mixto, un sistema que combina determinismo y albedrío. Los hechos ejercerían una influencia sobre otros hechos, desencadenando una serie de eventos inseparablemente ligados. Pero al hacer contacto con la conciencia, ésta podría poner freno a la inercia, detener la ficha de dominó y dirigir su caída hacia donde le viniera en gana, generando una nueva secuencia de fenómenos causalmente concatenados que no podrían escapar a su determinación sino hasta que se toparan con una nueva acción volitiva que devolviera el carácter impredecible al mundo.

Bien pudiera preguntarse uno por qué motivo o de qué modo las decisiones concientes se verían exentas de la sucesión de causas y efectos. Pues si el plexo ordenado de relaciones entre sucesos constituye un cosmos – es el cosmos mismo -, e indudablemente, la voluntad psicológica forma parte de ese todo ordenado, sería consecuente inferir que esa parte estuviera sometida a los mismos rigores que el todo del que forma parte: es decir, también nuestras decisiones aparecerían como efectos de alguna causa y, por tanto, determinadas por ella. Pero yo voy a creer que no.

Yo voy a creer que los actos de voluntad surgen de la nada misma; que disparan una nueva cadena causal independiente de aquella que las precediera. Yo voy a creer que cada resolución inaugura una dirección nueva e impensada para el mundo. Que cada vez que alguien decide sobre cualquier nimiedad escribe una página personal e inédita que sorprendería al lector más versado en el arte de la sospecha. Que a cada momento la conciencia empuja una nueva hilera de fichas de dominó con un impulso inédito, naciente, que saca de una galera vacía. Que en cada caso se genera, a partir de ello, un mundo nuevo, tan nuevo como aquel que surgiera de la nada aquella primera vez.

No voy a encarar este tema con rigor filosófico ni con precisión científica. Voy a forzar tanto como haga falta la interpretación de la realidad para sostener la idea de que importa lo que hago, que mi dolor tiene valor y que tiene sentido esforzarme para conseguir mi felicidad.

11 comentarios:

Walter L. Doti dijo...

No entendí.

cacho de pan dijo...

yo tampoco
linda musiquita...

Fede dijo...

Siempre tuve la sensación (o intuición, si usted quiere) de que "determinación o albedrío" es una falsa dicotomía.

Que nuestros hechos estén determinados, no significa que lo estén por alguien o algo, que actúe sobre la compleja trama causal de modo de movernos a su voluntad.

La causalidad no nos obliga a hacer lo que no queremos.

Preocuparse de que nuestra volición esté sometida a la causalidad, equivale a lamentarse de que a uno, por ejemplo, le guste el chocolate por determinaciones psicológicas, culturales e, incluso, genéticas.

Esas determinaciones no sólo nos afectan; nos constituyen. No hay nada detrás de ellas. Salvo que creamos que nacemos con un alma, un algo trascendente y estático, dotado de predilecciones dadas a priori* ¿Un alma? ¿Un conato sustancia individual?

Salvo en casos en que somos forzados por otra conciencia, siempre elegimos qué hacer, ya que elegir no hacer lo que deseamos, es también un acto de omisión de ese conjunto de causalidades que constituyen nuestra identidad.

O mejor dicho: siempre elegimos que deseamos hacer o evitar hacer. Pretender lograrlo siempre, no es pretender albedrío, sino omnipotencia. Y no reniego de ella, solamente hago una distinción.

Hacer lo que uno quiere, no supone, necesariamente, vencer al destino, porque nuestro destino, bien puede ser hacer lo que se nos antoje.

Y ahí estamos a un paso de la paradoja. En fin, que a mi entender, ni la palabra "destino" ni la palabra "albedrío" tienen significado alguno.

Espero ancioso su refutación, de modo de corregir el rumbo o salir, de una vez por todas, de este pantano.

_________
*Espero ser el primer hombre en los últimos 50 años en usar bien este término.

Fogel dijo...

...A mi me parece que ambas alternativas son correctas. En el universo que conocemos, valga la aclaración, todo parece responder a una ley de causa y efecto, nosotros incluidos. Esto me parece tan lógico y facilmente comprobáble que no veo cual sea el problema, a su vez, una nueva causa tiene la facultad de poder modificar el efecto anterior,( más que obvio), por consiguiente opino: "Que todo lo sucedido con anterioridad modifica o incide en nuestro presente y que todo lo que hagámos en nuestro presente modifica indefectiblemente nuestro futuro", y aunque no tengámos la capacidad deductiva y de cálculo necesarias para evaluar todas las posibles combinaciones de este magistral juego, lo único que nos queda es jugar, salir a la cancha y ver que pasa, llegado el caso...¿Qién nos quita lo bailado?

Walter L. Doti dijo...

Walter: Ud. es un salame.

Cacho de pan: Ud. no. :) La musiquita es de Spinetta (interpretada por Catupecu Machu)

Fede: Veamos.
Es cierto lo que afirma: que nuestros hechos estén determinados, no significa que lo estén por algo o por alguien. Y tan cierto es, que nadie se opone a ello. Cuando yo hablo del fatalismo me refiero a que, si todo tiene una razón suficiente, si todo tiene una causa y nada surge de la nada, también lo que creemos una decisión no sería más que un efecto de otras cosas que sucedieron antes.
Ej: Usted, para demostrarme que es libre, me hace ver cómo ahora mueve su mano de acá para allá, suponiendo que esos movimientos los crea Ud. justo antes de realizarlos. Sin embargo, un determinista le diría que ese su movimiento surge de cierta actividad neuronal y que esa actividad neuronal fue una respuesta a un cierto estímulo, mi voz por caso, al tiempo que esa locución mía surgió por una cierta asociación que provocara, digamos, una canción que estaba escuchando; canción que al tiempo llegara a mí gracias a la ampliación que hiciera un cierto aparato de la reproducción de un disco compacto que fuera puesto por un operador de una radio a partir de ver en la TV la cobertura periodística de un accidente musicalizada con esa misma canción. Por ello, todos estos hechos le deberían su existencia a la distracción de un conductor, quien dejara de mirar hacia adelante distraído por la pollera cortísima de una mujer que decidiera su vestuario por despecho, después de ser dejada por su novio, al que agarrara un tiempo atrás in fraganti con una prostituta, que tuvo que salir a hacer la calle porque había sido despedida de su trabajo, etc. etc., etc.
Si remontáramos entonces la cadena de las causas hasta el final, descubriríamos que cada cosa que sucede le debe su existencia, en última instancia, al modo en que se dieran las cosas en el momento mismo del arranque del Universo. Y así podría sostenerse que, con la suficiente previsión, el análisis pormenorizado del despliegue de ese "punto cero" nos podría "contar" la Historia completa.

En este sentido, la causalidad SÍ nos obligaría a hacer lo que no queremos. Es más, no podríamos siquiera hablar de una inadecuación entre nuestros deseos y los hechos porque nuestro deseo sería uno más de esos hechos.

La comparación que hace entre la preocupación por estar determinado por todo tipo de estructuras y el condicionamiento de la volición es, me parece, por lo menos incompleta. Si mis actos (supuestamente) voluntarios estuvieran determinados causalmente, no sólo estaría compelido a gustar del chocolate, sino a comprarlo ahora y no después, a elegir este y no otro. Y del mismo modo estaría escrito el momento mismo y el modo en que diera cada masticada, etc.

Si estamos constituídos - si SOMOS - nuestras mismas determinaciones, entonces no hay lugar para un YO que pueda ejercer la libertad. Entonces realmente NO ELEGIMOS QUÉ HACER ni tampoco QUÉ NO HACER: Todo, absolutamente todo, es destino. (a menos que dé Ud. a "elegir" un sentido trivial según el cual esta palabra significara llevar a cabo lo que está predeterminado). Y todo esto más allá de que los resultados sean como se los ha previsto (Esta salvedad que parece estar implicada cuando Ud. menciona el asunto de la omnipotencia, no tiene ninguna pertinencia en el asunto de que se trata).

Creo, por último, que se equivoca cuando dice que nuestro destino puede consistir en hacer lo que se nos antoja. Si hay destino no hay libre albedrío: ni siquiera podríamos decir que nuestro deseo coincide con lo ya dibujado por la cadena de las causas, porque esto implicaría pensar en que hay un algo o un alguien que desea y observa "desde fuera" cómo las fichas del dominó caen justamente hacia dónde él lo deseaba. Y ese algo o alguien debería subsistir como una esfera pura por entre un mundo de relaciones causales.

Por eso mi solución (un sistema mixto donde la conciencia pudiera parar el efecto de caidas necesariamente consecutivas y determinar el inicio de un nuevo camino desde la nada) es la única forma - la única caprichosa forma - de salvaguardar la libertad personal, de encontrar un fundamento para que la sensación de que podemos tomar decisiones no se evapore en la certeza de que no hay forma de escapar al fatalismo.

Fogel dijo...

Me quedé pensando lo que dice Don Fede, y me reconozco en algo que ya opinaba cuando joven: Que Dios, cómo principio movilizador y fin movilizante, exista, es totalmente lógico. Lo que me parece extremadamente improbable y es suponer que además sea una fuerza consciente de si misma y de sus efectos en el resto de los seres vivos.

Fede dijo...

No entiendo del todo. Lo seguiré pensando.

P dijo...

Para mí, el libre albedrío es una simple implicación, que dice algo parecido a "VOLUNTAD => ACCION".

Donde:

VOLUNTAD = "quiero hacer tal cosa en tal momento"

ACCIÓN = "hago tal cosa en tal momento"

Es un poco más sutil que eso, pero espero transmitir la idea.

El determinismo dice:

DETERMINISMO = "todas las cosas que pasan en el universo en un instante dado están predetermindas por la combinación entre el estado inicial del universo y las leyes que lo rigen".

Lo primero que uno observa es que, si vale DETERMINISMO, entonces el valor de ACCIÓN está fijo.

Si uno se pregunta qué pasa cuando valen el determinismo y el libre albedrío, puede encontrarse con una aparente contradicción. Dijimos que el valor de ACCIÖN está fijo. ¿Qué pasa entonces si cambia VOLUNTAD, y la implicación deja de valer? ¿Será que no hay libre albedrío?

En realidad no es una contradicción, porque la voluntad está dentro del universo, no es algo que venga de afuera.

(Soy mecanicista y escéptico, para mí creer que la voluntad está afuera del universo es como creer en Dios o en un alma inmaterial).

Dado que la voluntad está también adentro del universo, DETERMINISMO fija también el valor de VOLUNTAD, y no hay contradicción.

El libre albedrío no es una ilusión: es cierto que cada uno hace lo que quiere. Lo que no puede modificar es lo que quiere.

(Puede modificar lo que quiere queriendo modificarlo, pero entonces no puede modificar el deseo de modificar lo que quiere, etc.).

Mota dijo...

da ku na suichi

Walter L. Doti dijo...

Fogel: El problema es que no salimos a jugar, sino que somos las fichas de un juego impersonal. Similar a lo que escribiera P. en su "Cómo rompe las palabras": ¿En qué sentido decimos que nuestra vida es "nuestra"?

P.: Me pregunto, ¿Hay que asimilar actual a posible?, ¿es el mundo actual el único posible?, ¿hay un sólo mundo posible y es el que, en cada caso, se efectiviza?, ¿no hay lugar para historias contrafácticas?

Walter L. Doti dijo...

Mota: ¿¿¿???