sábado, 16 de mayo de 2009

EL ERROR DE PREGUNTAR PARA QUÉ

La forma más común de cuestionar cualquier actividad llevada a cabo por el otro suele ser preguntarse (de un modo que implica una clara censura) para qué hace lo que hace. Y nadie se salva de este tipo de señalamientos: desde el hombre de negocios que en la charla de café dispara nuestro pensamiento hacia cuál sería la necesidad de acumular dinero infinitamente, hasta el artista que encerrado el día entero en su atelier nos lleva a tratar de adivinar a qué puerto querrá llegar.
Creo que este modo de evaluar las cosas encierra una profunda trampa. La trampa de creer que existiría algo así como una escala - una gradación - entre los diferentes sentidos que las personas dan a su vida, que haría a unos más importantes que otros. O aún peor; un sentido dado de antemano, un sentido prolija y prudentemente señalado que habría que seguir sin desviarse.
Preguntarse para qué un hombre colecciona latas de cerveza, para qué otro corre a diario por la costa, para qué aquél dedica dieciséis horas a una oficina o éste estudia bibliotecología, es tanto como querer averiguar la finalidad última por la que uno come, duerme o sigue simplemente viviendo. Pero ni se come, ni se duerme ni se sigue viviendo porque haya una meta a la que llegar: el valor de la vida está en sí misma; en la vida entendida como un todo orgánico donde cada parte colabora con la función de la otra sin que haya una pieza privilegiada de la que las otras sean siervas.
Tenemos tan incorporada la creencia de que debería haber una dirección prefijada, que en ciertos momentos la percepción de su ausencia nos golpea hasta la depresión. Y el primer remedio de que echamos mano es la idea de que, aunque seamos ciegos a ello, cada uno de nosotros cumple un rol preciso, una misión en los engranajes de la maquinaria universal. Pero ni hay tal cosa, ni necesitamos de ese expediente para plenificar nuestra existencia.
Si del todo morimos todos - pregunta Unamuno -, ¿para qué todo? Y la respuesta es rotunda: para nada. Pero, lejos de ahogarnos en la desesperanza, esta noticia debería hacernos ver que contamos con una libertad plena, que podemos vivir una existencia fresca, espontánea, oxigenada, enorme, ilimitada. Una vida en la que podemos dedicarnos a acumular divisas, o a pintar infinitos cuadros subsistiendo frugalmente, o a coleccionar latas de cerveza, o a hacer footing por la costa, o a trabajar arduamente sin salir de nuestro bufete o a estudiar bibliotecología, sin que nadie tenga que preguntarnos para qué.
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4 comentarios:

cacho de pan dijo...

Si del todo morimos todos - pregunta Unamuno -, ¿para qué todo? Y la respuesta es rotunda: para nada. Pero, lejos de ahogarnos en la desesperanza, esta noticia debería hacernos ver que contamos con una libertad plena, que podemos vivir una existencia fresca, espontánea, oxigenada, enorme, ilimitada. Una vida en la que podemos dedicarnos a acumular divisas, o a pintar infinitos cuadros subsistiendo frugalmente, o a coleccionar latas de cerveza, o a hacer footing por la costa, o a trabajar arduamente sin salir de nuestro bufete o a estudiar bibliotecología, sin que nadie tenga que preguntarnos para qué...

¡¡¡Pues eso!!! y gracias por la chanson

•Miserable Fan• dijo...

Lindo y esperanzador posteo, querido Walt.
Deberia publicarse en una revista de diario de dominguero jejeje

Luzdeana dijo...

Me vino a la memoria la frase de Emerson,"Cuatro serpientes deslizándose de arriba abajo por una cueva sin ningún motivo aparente. No para comer. No para hacer el amor... Deslizándose, simplemente." O sea, SIENDO.
Nada menos.
Saludos.

Walter L. Doti dijo...

Cacho: no podías haberlo dicho mejor. :)

Miserable: Salió en la VIVA del domingo pasado firmdo por Bucay!!

Luzdeana: Cada quien que nace tiene el Universo entero a su disposición y a algunos les parece poco.