lunes, 12 de agosto de 2013

JIRAFAS

De chico tuve un solo sueño recurrente: yo adoptaba la perspectiva de un bebé y desde afuera de la cuna se asomaba un rostro inefable que me advertía: "¡Cuidado con la jirafa, la jirafa, LA JIRAFA!", de modo cada vez más veloz y con tono cada vez más enojado, despertándome finalmente cuando ni la velocidad de las palabras ni la furia podían ser mayores. Muchos años después un psiquiatra me preguntó con qué relacionaba esa pesadilla y lo primero que me vino a la cabeza fue un cuadrito que había en mi casa en mi primera niñez, en el que se representaba a una jirafa cuyo cuello salía por fuera de los límites del marco. Esa imagen llevaba una leyenda: "Larguísimos años de suerte y alegría". El psiquiatra me hizo advertir que, si lo expresado en la leyenda era un deseo, esto quería decir que los años no solían ser ni largos, ni plagados de suerte y alegría: sólo se desea lo que no se tiene. La jirafa de la que el rostro del sueño me precavía, era entonces ni más ni menos que mi simbolización personal de la muerte.




jueves, 9 de mayo de 2013

¡QUÉ MAL QUE LA ESTOY PASANDO!

Confirmado: Soy el Gastón Gaudio del doctorado en filosofía.


domingo, 7 de abril de 2013

PERDONAME, POCHO


Tengo una sensación de soledad. No de la soledad que viene acompañada con la calma, sino una soledad que convive con la inquietud, con los nervios. Estoy nervioso y a la vez me siento absolutamente solo. No sé bien por qué. Porque en realidad están todos: los nenes, que ya están mejor, aunque a cada rato les agarra de nuevo el llanto; Ivana, que pasa del escándalo desubicado en una situación tan triste (porque ella también se sentía mal y yo no lo abracé o algo así), a darme todo su apoyo y su amor.  Pero esta sensación me viene como de adentro: me siento solo por adentro; desde adentro. No importa lo que pase fuera de mí. Desde mí, desde mi ahuecado lugar de adentro, me siento como alejado del mundo, distante de lo que me rodea. No incorporado. 
Capaz que tengo que atribuirle este estado a la falta de sueño. Porque me terminé acostando a las tres, tres y pico. Y no pude seguir de largo a la mañana, porque los chicos tienen que ir al colegio igual; a pesar de la tristeza de que se les haya muerto Pocho. Cualquiera que me hubiera visto habría pensado que soy una especie de proteccionista, de esos locos que depositan las ganas de molestar manifestándose en contra de todo mal que se le haga a los animales. Ojo, que en un punto está bien. Pero exageran: porque una cosa es estar en contra de la crueldad gratuita, sin sentido, y otra muy distinta es ponerse a chillar porque la naturaleza es como es. Con ese criterio, no se puede ni siquiera comer carne, porque pobre el animalito. No importa, la cuestión es que había salido a darle de comer al pobre Pocho y lo encontré tirado en el suelo, inmóvil, en una posición rara, demasiado rara como para que se tratara de una simple pose decidida. No me sentí demasiado impactado igualmente, porque ya venía mal. Cada vez peor. Se había quebrado la cadera hacía meses, yo creo que una vez que saltó desesperado para anticiparse a Gulli con el alimento, justo en el mismo momento en que yo abría de golpe la reja que da al jardín y lo empujé en el aire haciéndolo caer mal, con un movimiento torpe. Sin querer, claro. La cosa es que venía deteriorándose, poniéndose cada vez más achacoso. Hasta estaba medio ciego, los ojos estaban en camino de convertírsele en dos bolitas lecheras. Aunque la verdad es que no sé si era  tan viejo. Tenía sus años ya con nosotros; eso seguro. Pero como lo agarramos de la calle no puedo decir exactamente si pasaba o no los doce años. Así que por ahí no era tan extraño verlo así tirado; un poco yo ya me la veía venir.
Lo más impresionante era la patita de adelante. Estaba hinchada y colocada en una posición antinatural. Para mí que se había quebrado al caer. Y puede ser, porque aunque no se lo escuchaba hacer ningún ruido más que el de su lenta respiración, se notaba que estaba muy dolorido. No le podía ver la cara - que había quedado apuntando para el interior de la cucha - más que de costado. Y ese perfil mostraba la misma sonrisa delfinesca de siempre, pero con una tensión antinatural en la mirada, en sus ojos translúcidos que miraban fijo hacia el fondo de su casita. La verdad es que no sabía cómo hacer para levantarlo, porque además de ser un perro enorme y pesado, no quería lastimarlo más. Y además porque estaba todo sucio, manchado con su propia mierda, que había salido negra y sanguinolenta. Así que entré a la casa, nervioso, y busqué y rebusqué entre las porquerías del garaje, sin saber qué cosa quería encontrar, yendo y viniendo mientras revisaba estúpidamente una caja o levantaba alguna cosa para dejarla otra vez al instante en el mismo lugar. Fue Ivana la que entró desde la cocina y me dijo que por qué no lo ponía el plástico ese que había usado Sebastián cuando vino a pintar las piezas y lo entraba. Le pedí unos guantes, igual. Lo alcé y lo puse encima de ese nylon gigante, de esa alfombra berreta que habíamos improvisado. Y lo entré arrastrándolo un poco. Y quedó en el garaje después de pasar su cuerpo cansado - como quien cruza una vía en auto - superando el escaloncito de la parte de abajo del marco de la puerta.
Ivana llamaba a un par de veterinarios mientras yo lo acariciaba con los guantes de goma puestos y le tiraba unos chorritos de agua a ver si abría la boca, que mantenía rígida como si estuviera epiléptico. Ya digo que la verdad es que no puedo decir que me sintiera particularmente conmovido, porque ya me la veía venir. Pero tampoco me causaba ninguna gracia toda esa situación, obviamente. Ese distanciamiento fue lo que permitió que la jugara de sabio, que actuara como un yo-sé-lo-que-hay-qué-hacer; que asumiera esa actitud de ahora-que-todos-se-quedaron-paralizados-yo-me-hago-cargo-de-todo tan propia de mi viejo y tan lejana a mi incapacidad para resolver cualquier problema. Les pedí a todos que se alejaran, que no miraran, que era un momento duro y que iba a ser yo el que lo enfrentara. Me quedé tranquilizando a Pocho tirado yo también en el suelo, sorprendido por la reacción de Gulli, su compañero, que desde el jardín rasgaba la puerta y lloraba como intuyendo que algo andaba mal.
Doscientos pesos después llegó un veterinario a casa. Era suave, le hablaba a Pocho como si se dirigiera a un nene, lo tocaba con gestos de resignación. Me informó que estaba mal, bastante mal. Que el cuadro no era prometedor. Le tomó la temperatura, que estaba muy baja para un perro. Me explicó qué era la bradicardia, qué la respiración basal. Y dijo una serie de palabras que fueron las mismas que le escuché decir al médico jovencito ese en la escalera del Hospital Francés, antes de que operaran a mi hijo del corazón cuando era un bebé. Otra vez la frase maldita: “Su condición es incompatible con la vida”. Pocho se iba a morir.
El veterinario se fue, porque era viernes y porque un perro no es un tipo. Pero me dejó un papelito con la dirección de una clínica para mascotas abierta toda la noche: “Es la única ahora”, me dijo. Tuve que subirlo a la camioneta y fui tan torpe para hacerlo que no quiero contar los detalles. Pero ahí quedó Pocho, en la parte trasera. Y ahí yo manejando, cruzando la ciudad entera mientras cruzábamos también al sábado. Y llegamos, lo bajé a upa como pude. “Cuidado con la cabeza”, me dijo la veterinaria cuando crucé la puerta, que tenía la cortina metálica hasta la mitad. Y lo puse en la camilla: casi no reaccionaba, respiraba profundo y lento, muy lento. La mina me preguntó sarlísticamente: “¿qué pretende Ud. de nosotros?”
-  Saber si se puede hacer algo.
- Pero mire que este perro está muy mal.
- Ya sé.
- Algunos vienen acá pensando que le pasamos un suerito y listo. Pero mire que el suerito no es la panacea, eh.
- Ya sé.
Ella se tomaba su tiempo. Ajustaba la máquina afeitadora como buscando que funcionara perfectamente. No sé para qué. Iba, preparaba una aguja, un medicamento. Lenta. Me enojé. Decidí ya no hablar. No contestarle a esos comentarios vacíos que me hacía. El perro estaba frío, cada vez más. Le tocaba las orejas y estaban tan heladas que se le quedaban erguidas, como un doberman. El bueno de Pocho un doberman. Igual ahí me di cuenta de que era cierto, en realidad era una especie de doberman, un doberman de la calle, aunque demasiado bueno, demasiado tranquilo. Cuando estábamos en casa, medio ciego como estaba, todavía me seguía con la mirada. Pero ahora no. Ya no. La vieja le peló la pata de un modo tan lento que faltaba que cantara como Heidi mientras lo hacía. Yo tenía la esperanza de que si le pasaba el suero rápido levantaría temperatura y la cosa cambiaría. Pero me equivoqué, porque finalmente las gotas empezaron a caer y la manguerita a llenarse y Pocho a recibir la panacea, pero nada. Me agaché y lo abracé, para acompañarlo, para solidarizarme con esa injusticia que estaba padeciendo. Lo acariciaba y le decía palabras de ánimo al oído. “No lo despeluche que me ensucia la camilla”, me dijo la vieja. “¿Y qué le dan de comer?” Le dije que balanceado, porque le dábamos balanceado. Pero no le pude decir la marca, porque en realidad le dábamos cualquier cosa, cualquier marca barata. Recién ahora, los últimos días le habíamos comprado una marca nueva, no excelente, pero mejor que lo que comía hasta ahora. Yo me di cuenta que ella quiso decir que la caída del pelo era una consecuencia de una falta de preocupación con el tema de la comida. Y desde ahí me empezó a atacar con preguntas muy amables.
- ¿Hace cuánto que tiene la verruga esa en el ojo?
- Y… hará un par de meses.   Le mentí.
La verruga llevaba obstruyéndole la vista hacía como dos años. Siempre lo estaba por llevar al veterinario, pero al final siempre lo postergaba por otra cosa. El dinero nunca nos sobraba en casa y por eso siempre decidía que no era el momento. Lo mismo con el tema de la cadera: yo sabía que Pocho estaba sufriendo con eso, lo sabía. Pero también sabía como te fajan los veterinarios y por eso preferí tirarle un ibupirac cada tanto que llevarlo a que lo revisen.
- Lo que no entiendo es por qué no le revisaron la cadera antes. No estamos en el 1900. Hay rayos X, hay más de cuatrocientos profesionales en la ciudad…
No contesté. No podía contestarle nada. Tenía razón. Tenía que haberlo llevado. La mina se dio cuenta de que Pocho no tenía que estar tan mal como estaba. Se dio cuenta de que su estado no respondía a la natural evolución de la vejez. Pocho no estaba tan viejo: estaba descuidado. Yo sabía que estaba sufriendo, pero creí que el dolor de perro era menos que las necesidades nuestras. Un perro no es un tipo. La solución de sus problemas siempre podía esperar. Pero ahora lo veía ahí tirado, con el suero, con las mangueras.  Invadido por la ciencia a través de una sonda infinita que la veterinaria le metía por el pito y sin siquiera fuerzas para quejarse. Pocho se moría; yo lo estaba descubriendo en ese momento, pero Pocho se moría hace meses. Y yo concentrado en mi trabajo, yo decidiendo sobre la prioridad de las cosas, muy convencido.
Se me empezó a arrugar la cara, lo empecé a abrazar más y más fuerte. Él nunca vio una película, por eso su vida se me empezó a proyectar a mí en la cabeza: me acordé cuando llegó a casa, de cuando lo retábamos por hacer pis adentro, de como corrió loco de contento esa vez que lo dejamos suelto en el parque municipal, que hasta parecía que iba riéndose a carcajadas. Me acordé cuando se escapó y como se puso de excitado cuando lo encontramos. Una atrás de otra, vi un collage de sus caras tiernas a través del tiempo. Me acordé de sus ladridos a la noche: él se preocupaba por nuestra seguridad. Él se hubiera jodido la vida por mí o por los chicos. A cambio se llevó un jardín frío y nuestra total indiferencia.
Pocho se quedó en un canil a pasar la noche, con el suero y casi sin reflejos. Puteé cuando me cobró la vieja mucho más de lo que me había dicho al principio: quinientos pesos. Por ahí lo hizo para que me pudiera sentir un poco mejor. Me fui a casa, eran más de las tres de la madrugada. Me tiré un ratito. Antes de llevar a los chicos al cole, sonó el teléfono. El paciente había fallecido. No le dijimos nada a los chicos hasta la tarde. Lloraron mucho. Por eso Ivana propuso que los dos se fueran a la cama grande con ella y yo me vine acá a la pieza del nene.
No estoy solo; la familia está ahí nomás. Pero me siento solo. Es una soledad que me viene de adentro. Por ahí así se sintió Pocho cuando se vio tirado en el jardín, despatarrado y moribundo con medio cuerpo adentro de la cucha. También él estaba manchado de su propia mierda. 





lunes, 4 de febrero de 2013

IT´S A WONDERFUL LIFE


Aplausos quiero dar a la humana criatura que, perdida en el laberinto de los efectos y de las causas, va haciendo lo que puede, sin saber bien para qué.

Por hacer el intento de la esperanza, cuando el final ya está cantado.
Por el ingenio, que permite reproducir la sorpresa en un Universo aburridísimo.
Por las que están buenas e igual estudian.
Por el que, contando con las dos cosas en el menú, termina eligiéndola porque estudió.
Por el que se lleva bien con la gorda y eso le basta para salir con ella aunque le dé un toque de vergüenza.
Por el dotado, que igual siente vergüenza en el vestuario.
Por el que no está dotado y dejó su carrera promisoria como futbolista para no pasar vergüenza en los vestuarios.
Por el que se piantó porque se había equivocado de destino, pero nunca dejó de sentirse culpable por su huída.
Por Schopenhauer, que soportó lo de las uvas.
Por la que nunca gozó con él, pero se la banca porque lo ama.
Por la que regaló sexo por piedad.
Por los jugadores brasileños, que gambetean pero también patean al arco.
Por los que nunca estuvieron enamorados, pero son capaces de vivir una vida que no quieren con tal de no lastimarla a ella.
Por los malos que creen que están haciendo el bien.
Por los que se pasaron la vida buscando “el” latiguillo.
Por los shows de televisión que mutiplican por millones las sonrisas.
Por el que se enferma de modo terminal y no le reprocha a los demás su alejamiento.
Por el que no cree que haya que reivindicar nada.
Por el que sabe que la justicia no le devuelve al muerto.
Por el que vuelve a contar cómo fue lo de la fea; una y otra vez, sólo porque sus amigos se lo piden.
Por los amigos que en vez de contarse proezas, se inclinan por exagerar sus miserias.
Por los perdedores que se cansan y deciden que es estúpido hacer siempre lo mismo.
Por el que compra pastillas de menta con la esperanza de que en cualquier momento conquista una mina.
Por las anécdotas del Bambino Veira.
Por aquel que usa peluca y está convencido de que no se nota.
Por el humor, que viró a Cha-Cha-Cha.
Por los que se hacen de Boca, para ganar siempre.
Por los que mueren de Racing, porque creen que hay mérito en la derrota.
Por los que van al Uritorco a esperar el fin del mundo y urden excusas cada vez más creativas al tener que volver sin novedades.
Por los que ante cualquier objeción responden, “¿dónde está escrito?”
Por los que hacen de su cuerpo un templo: sacro, puro y limpio.
Por los que hacen de su cuerpo una fiesta, porque creen en la Libertad.
Por los que saben que lo que importa es el camino y no la meta: porque sin ellos el mundo sería imposible.
Por los que apuntan al resultado: porque sin ellos el mundo sería imposible.
Por la televisión, que multiplica mis ojos en el mundo.
Por el capitalismo, que lleva a una abstracción sencilla una serie de relaciones complejísimas.
Por las doctrinas igualitarias, que intentan corregir los efectos colaterales del capitalismo.
Por las mujeres urgentes, turgentes, hinchadas, groseras, obscenas, prominentes, curvilíneas, sinuosas, explosivas, impactantes, ilimitadas, poderosas, intensas, calóricas, ardorosas, vehementes, exaltadas. Porque así debe ser una mujer.
Por los antidepresivos, sustitutos químicos de reacciones filosóficas.
Por internet, que llegó para nivelar injustos status.
Por el código binario, cifra de que todo es más elemental de lo que parece.
Por los e-books
Por la evolución de la moral sexual, que implica un regreso al origen.
Por los Pin Point Impression, que esconden alguna clave filosófica.
Por las charlas TED.
Por las tangas.
Por el tango.
Por el Porsche absolutamente cromado de Justin Bieber.
Por el peronismo.
Por los aeropuertos.
Por el instinto.
Por Superman.
Por las pruebas de la idealidad del tiempo y del espacio de Kant.
Por la pizza.
Por los ateos que rezan cuando están desesperados.
Por Almodóvar y Woody Allen.
Por la última escena de Toy Story 3, cuando los juguetes se toman de la mano.
Por el pequeño Shakespeare mexicano.
Por la vaca, que se hace asado para reunir amigos.
Por la que se casó con el lindo pero extraña al feo.
Por el que no canta el himno, porque desconfía de todo ritual colectivo.
Por Dale Carnegie, que acaso descifró el Universo.
Por los que mueren por una causa, porque ponen sus ojos en la perspectiva de la humanidad, que es la única
que cuenta. 
Por los que buscan desesperadamente salvar su propio pellejo, porque ponen su mirada en la perspectiva del individuo, que es la única que cuenta.