domingo, 7 de abril de 2013

PERDONAME, POCHO


Tengo una sensación de soledad. No de la soledad que viene acompañada con la calma, sino una soledad que convive con la inquietud, con los nervios. Estoy nervioso y a la vez me siento absolutamente solo. No sé bien por qué. Porque en realidad están todos: los nenes, que ya están mejor, aunque a cada rato les agarra de nuevo el llanto; Ivana, que pasa del escándalo desubicado en una situación tan triste (porque ella también se sentía mal y yo no lo abracé o algo así), a darme todo su apoyo y su amor.  Pero esta sensación me viene como de adentro: me siento solo por adentro; desde adentro. No importa lo que pase fuera de mí. Desde mí, desde mi ahuecado lugar de adentro, me siento como alejado del mundo, distante de lo que me rodea. No incorporado. 
Capaz que tengo que atribuirle este estado a la falta de sueño. Porque me terminé acostando a las tres, tres y pico. Y no pude seguir de largo a la mañana, porque los chicos tienen que ir al colegio igual; a pesar de la tristeza de que se les haya muerto Pocho. Cualquiera que me hubiera visto habría pensado que soy una especie de proteccionista, de esos locos que depositan las ganas de molestar manifestándose en contra de todo mal que se le haga a los animales. Ojo, que en un punto está bien. Pero exageran: porque una cosa es estar en contra de la crueldad gratuita, sin sentido, y otra muy distinta es ponerse a chillar porque la naturaleza es como es. Con ese criterio, no se puede ni siquiera comer carne, porque pobre el animalito. No importa, la cuestión es que había salido a darle de comer al pobre Pocho y lo encontré tirado en el suelo, inmóvil, en una posición rara, demasiado rara como para que se tratara de una simple pose decidida. No me sentí demasiado impactado igualmente, porque ya venía mal. Cada vez peor. Se había quebrado la cadera hacía meses, yo creo que una vez que saltó desesperado para anticiparse a Gulli con el alimento, justo en el mismo momento en que yo abría de golpe la reja que da al jardín y lo empujé en el aire haciéndolo caer mal, con un movimiento torpe. Sin querer, claro. La cosa es que venía deteriorándose, poniéndose cada vez más achacoso. Hasta estaba medio ciego, los ojos estaban en camino de convertírsele en dos bolitas lecheras. Aunque la verdad es que no sé si era  tan viejo. Tenía sus años ya con nosotros; eso seguro. Pero como lo agarramos de la calle no puedo decir exactamente si pasaba o no los doce años. Así que por ahí no era tan extraño verlo así tirado; un poco yo ya me la veía venir.
Lo más impresionante era la patita de adelante. Estaba hinchada y colocada en una posición antinatural. Para mí que se había quebrado al caer. Y puede ser, porque aunque no se lo escuchaba hacer ningún ruido más que el de su lenta respiración, se notaba que estaba muy dolorido. No le podía ver la cara - que había quedado apuntando para el interior de la cucha - más que de costado. Y ese perfil mostraba la misma sonrisa delfinesca de siempre, pero con una tensión antinatural en la mirada, en sus ojos translúcidos que miraban fijo hacia el fondo de su casita. La verdad es que no sabía cómo hacer para levantarlo, porque además de ser un perro enorme y pesado, no quería lastimarlo más. Y además porque estaba todo sucio, manchado con su propia mierda, que había salido negra y sanguinolenta. Así que entré a la casa, nervioso, y busqué y rebusqué entre las porquerías del garaje, sin saber qué cosa quería encontrar, yendo y viniendo mientras revisaba estúpidamente una caja o levantaba alguna cosa para dejarla otra vez al instante en el mismo lugar. Fue Ivana la que entró desde la cocina y me dijo que por qué no lo ponía el plástico ese que había usado Sebastián cuando vino a pintar las piezas y lo entraba. Le pedí unos guantes, igual. Lo alcé y lo puse encima de ese nylon gigante, de esa alfombra berreta que habíamos improvisado. Y lo entré arrastrándolo un poco. Y quedó en el garaje después de pasar su cuerpo cansado - como quien cruza una vía en auto - superando el escaloncito de la parte de abajo del marco de la puerta.
Ivana llamaba a un par de veterinarios mientras yo lo acariciaba con los guantes de goma puestos y le tiraba unos chorritos de agua a ver si abría la boca, que mantenía rígida como si estuviera epiléptico. Ya digo que la verdad es que no puedo decir que me sintiera particularmente conmovido, porque ya me la veía venir. Pero tampoco me causaba ninguna gracia toda esa situación, obviamente. Ese distanciamiento fue lo que permitió que la jugara de sabio, que actuara como un yo-sé-lo-que-hay-qué-hacer; que asumiera esa actitud de ahora-que-todos-se-quedaron-paralizados-yo-me-hago-cargo-de-todo tan propia de mi viejo y tan lejana a mi incapacidad para resolver cualquier problema. Les pedí a todos que se alejaran, que no miraran, que era un momento duro y que iba a ser yo el que lo enfrentara. Me quedé tranquilizando a Pocho tirado yo también en el suelo, sorprendido por la reacción de Gulli, su compañero, que desde el jardín rasgaba la puerta y lloraba como intuyendo que algo andaba mal.
Doscientos pesos después llegó un veterinario a casa. Era suave, le hablaba a Pocho como si se dirigiera a un nene, lo tocaba con gestos de resignación. Me informó que estaba mal, bastante mal. Que el cuadro no era prometedor. Le tomó la temperatura, que estaba muy baja para un perro. Me explicó qué era la bradicardia, qué la respiración basal. Y dijo una serie de palabras que fueron las mismas que le escuché decir al médico jovencito ese en la escalera del Hospital Francés, antes de que operaran a mi hijo del corazón cuando era un bebé. Otra vez la frase maldita: “Su condición es incompatible con la vida”. Pocho se iba a morir.
El veterinario se fue, porque era viernes y porque un perro no es un tipo. Pero me dejó un papelito con la dirección de una clínica para mascotas abierta toda la noche: “Es la única ahora”, me dijo. Tuve que subirlo a la camioneta y fui tan torpe para hacerlo que no quiero contar los detalles. Pero ahí quedó Pocho, en la parte trasera. Y ahí yo manejando, cruzando la ciudad entera mientras cruzábamos también al sábado. Y llegamos, lo bajé a upa como pude. “Cuidado con la cabeza”, me dijo la veterinaria cuando crucé la puerta, que tenía la cortina metálica hasta la mitad. Y lo puse en la camilla: casi no reaccionaba, respiraba profundo y lento, muy lento. La mina me preguntó sarlísticamente: “¿qué pretende Ud. de nosotros?”
-  Saber si se puede hacer algo.
- Pero mire que este perro está muy mal.
- Ya sé.
- Algunos vienen acá pensando que le pasamos un suerito y listo. Pero mire que el suerito no es la panacea, eh.
- Ya sé.
Ella se tomaba su tiempo. Ajustaba la máquina afeitadora como buscando que funcionara perfectamente. No sé para qué. Iba, preparaba una aguja, un medicamento. Lenta. Me enojé. Decidí ya no hablar. No contestarle a esos comentarios vacíos que me hacía. El perro estaba frío, cada vez más. Le tocaba las orejas y estaban tan heladas que se le quedaban erguidas, como un doberman. El bueno de Pocho un doberman. Igual ahí me di cuenta de que era cierto, en realidad era una especie de doberman, un doberman de la calle, aunque demasiado bueno, demasiado tranquilo. Cuando estábamos en casa, medio ciego como estaba, todavía me seguía con la mirada. Pero ahora no. Ya no. La vieja le peló la pata de un modo tan lento que faltaba que cantara como Heidi mientras lo hacía. Yo tenía la esperanza de que si le pasaba el suero rápido levantaría temperatura y la cosa cambiaría. Pero me equivoqué, porque finalmente las gotas empezaron a caer y la manguerita a llenarse y Pocho a recibir la panacea, pero nada. Me agaché y lo abracé, para acompañarlo, para solidarizarme con esa injusticia que estaba padeciendo. Lo acariciaba y le decía palabras de ánimo al oído. “No lo despeluche que me ensucia la camilla”, me dijo la vieja. “¿Y qué le dan de comer?” Le dije que balanceado, porque le dábamos balanceado. Pero no le pude decir la marca, porque en realidad le dábamos cualquier cosa, cualquier marca barata. Recién ahora, los últimos días le habíamos comprado una marca nueva, no excelente, pero mejor que lo que comía hasta ahora. Yo me di cuenta que ella quiso decir que la caída del pelo era una consecuencia de una falta de preocupación con el tema de la comida. Y desde ahí me empezó a atacar con preguntas muy amables.
- ¿Hace cuánto que tiene la verruga esa en el ojo?
- Y… hará un par de meses.   Le mentí.
La verruga llevaba obstruyéndole la vista hacía como dos años. Siempre lo estaba por llevar al veterinario, pero al final siempre lo postergaba por otra cosa. El dinero nunca nos sobraba en casa y por eso siempre decidía que no era el momento. Lo mismo con el tema de la cadera: yo sabía que Pocho estaba sufriendo con eso, lo sabía. Pero también sabía como te fajan los veterinarios y por eso preferí tirarle un ibupirac cada tanto que llevarlo a que lo revisen.
- Lo que no entiendo es por qué no le revisaron la cadera antes. No estamos en el 1900. Hay rayos X, hay más de cuatrocientos profesionales en la ciudad…
No contesté. No podía contestarle nada. Tenía razón. Tenía que haberlo llevado. La mina se dio cuenta de que Pocho no tenía que estar tan mal como estaba. Se dio cuenta de que su estado no respondía a la natural evolución de la vejez. Pocho no estaba tan viejo: estaba descuidado. Yo sabía que estaba sufriendo, pero creí que el dolor de perro era menos que las necesidades nuestras. Un perro no es un tipo. La solución de sus problemas siempre podía esperar. Pero ahora lo veía ahí tirado, con el suero, con las mangueras.  Invadido por la ciencia a través de una sonda infinita que la veterinaria le metía por el pito y sin siquiera fuerzas para quejarse. Pocho se moría; yo lo estaba descubriendo en ese momento, pero Pocho se moría hace meses. Y yo concentrado en mi trabajo, yo decidiendo sobre la prioridad de las cosas, muy convencido.
Se me empezó a arrugar la cara, lo empecé a abrazar más y más fuerte. Él nunca vio una película, por eso su vida se me empezó a proyectar a mí en la cabeza: me acordé cuando llegó a casa, de cuando lo retábamos por hacer pis adentro, de como corrió loco de contento esa vez que lo dejamos suelto en el parque municipal, que hasta parecía que iba riéndose a carcajadas. Me acordé cuando se escapó y como se puso de excitado cuando lo encontramos. Una atrás de otra, vi un collage de sus caras tiernas a través del tiempo. Me acordé de sus ladridos a la noche: él se preocupaba por nuestra seguridad. Él se hubiera jodido la vida por mí o por los chicos. A cambio se llevó un jardín frío y nuestra total indiferencia.
Pocho se quedó en un canil a pasar la noche, con el suero y casi sin reflejos. Puteé cuando me cobró la vieja mucho más de lo que me había dicho al principio: quinientos pesos. Por ahí lo hizo para que me pudiera sentir un poco mejor. Me fui a casa, eran más de las tres de la madrugada. Me tiré un ratito. Antes de llevar a los chicos al cole, sonó el teléfono. El paciente había fallecido. No le dijimos nada a los chicos hasta la tarde. Lloraron mucho. Por eso Ivana propuso que los dos se fueran a la cama grande con ella y yo me vine acá a la pieza del nene.
No estoy solo; la familia está ahí nomás. Pero me siento solo. Es una soledad que me viene de adentro. Por ahí así se sintió Pocho cuando se vio tirado en el jardín, despatarrado y moribundo con medio cuerpo adentro de la cucha. También él estaba manchado de su propia mierda. 





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